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20 años de la muerte de san Juan Pablo II, el Papa que cambió la historia

En el vigésimo aniversario de la muerte de san Juan Pablo II hablamos con Valentina Alazraki, veterana periodista en el Vaticano que se subió al avión papal 100 veces con el papa polaco

Cuando se cumplen 20 años de la muerte del papa san Juan Pablo II, en ECCLESIA hemos conversado con Valentina Alazraki, periodista vaticana de Televisa, que trabaja cubriendo la información pontificia desde 1974 y ha sido testigo privilegiada de los últimos pontificados. Valentina fue la primera periodista en ponerle un micrófono al Papa y convirtió en tradición las ruedas de prensa a bordo después de los viajes.

¿Cómo fue tu primer encuentro con él?
Yo empecé como corresponsal haciendo prácticas para Televisa con Pablo VI. Desde el 78 ya me volví, digamos, su corresponsal en el Vaticano. Después de la elección de Juan Pablo II, muy poco tiempo después, el Papa anunció que su primer viaje sería México porque había sido invitado por la Conferencia del Episcopado Latinoamericano por su tercer encuentro, que se iba a celebrar en Puebla, en México. Obviamente yo me inscribí para subirme al avión papal, y dos días antes de iniciar el viaje, me llamó mi jefe, que en ese momento era Jacobo Zabludovsky y me pidió que entrevistara al Papa. Entonces yo le dije que aunque yo fuera novata, tenía muy poca experiencia, tenía 23 años, pero le dije, «mire, los papas no dan entrevistas». Entonces él me contestó, «luego me cuentas cómo resolviste tu problema».

Entonces, claro, no dormí en toda la noche y lo único que se me ocurrió fue ir a casa de un amigo mexicano que tenía un sombrero de charro. Ese día era miércoles, iba a haber audiencia general dentro del aula Pablo VI y al día siguiente, el jueves, saldríamos a México. Entonces me fui con el cámara y nos escondimos detrás de unas plantas que había del lado izquierdo en la entrada del aula. Llegó el coche del Papa, primero se bajó el de protocolo, que era un monseñor francés acostumbrado al estilo del papa Pablo VI, por lo tanto muy muy estirado, muy serio. Y cuando me vio salir del escondite puso una cara de horror que yo pensé que me iban a a quitar la credencial a mí y al cámara. Y finalmente bajó del otro lado Juan Pablo II y me miró con una gran sonrisa como si ver a una pelirroja de veinte pocos años con un sombrero de charro, un micrófono, y el pobre cámara blanco como una sábana puesta, como si fuera muy normal. Eso me dio mucho valor y entonces me acerqué y le di el sombrero. Ese fue mi primer encuentro con el Papa y le puse el micrófono, que también fue la primera vez creo que se le ponía un micrófono así a un Papa, porque no existía eso, no se podía.

Obviamente no fue una entrevista de Pulitzer, sino simplemente cómo se siente en la víspera del viaje, le pedí una bendición para el pueblo de México, en fin, nada relevante como contenido, pero finalmente era algo personal, para tenerlo para mi televisora. Lo mandé a México y mi jefe dijo, «ah, muy divertido. Pero mañana en el avión lo entrevistas de adeveras» y yo dentro de mí pensé, ¿qué significará de adeveras? Porque también sabía que el Papa pasaba a saludar Pablo VI, solía pasar a saludar la prensa, pero era él el que hacía las preguntas, les preguntaba cómo te llamas, de dónde vienes, para quién trabajas, pero los periodistas no le hacían preguntas a él. Bueno, el caso es que al día siguiente me subí al avión con mi cámara y cuando de repente nos avisaron que el Papa venía, me puse de pie y saqué otra vez el micrófono y le hice una pregunta, que cuál era su principal ilusión al ir a México, y él me contestó que era la Virgen de Guadalupe.

Lo que yo no calculé es que todos hicieron lo mismo. Prácticamente todos se levantaron, empezó a pasar y a contestar todas las preguntas en diferentes idiomas porque hablaba muchos idiomas y esa se volvió sin querer la primera rueda de prensa del Papa en un avión. Fue todo porque mi jefe me obligó, no veía yo alternativa.

Ese fue el primer encuentro y obviamente llega el Papa a México, el Papa se enamoró de México, los mexicanos se enamoraron de él y a partir de ese momento, sin darme cuenta, porque eso lo supe muchos años después, fui como una especie de lazo, de puente entre el Papa y los mexicanos, porque para los mexicanos yo era la mexicana más cercana al Papa y para él pues era la mexicana más cercana a él. Se fue haciendo esta relación y además el Papa fue cinco veces a México y cada vez en el avión yo amenazaba con tirarme si no me recibía en su cabina para darme alguna pequeña declaración, y así se fue haciendo una relación de 26 años y medio.

¿Y cómo era esa relación personal con él? ¿Cómo creció con el tiempo?
El papa Juan Pablo II tenía la combinación de dos elementos muy fuertes. Por un lado, tú sentías que era el Papa, te imponía el carisma, pero por el otro tenía una faceta humana muy fuerte también. Entonces, esa combinación hacía como que fuera algo único, porque al mismo tiempo había ese calor humano, esa sencillez, pero te seguía imponiendo, aunque lo vieras muchísimas veces o lo conocieras, sí sentías que era el Papa.

Al mismo tiempo era una persona muy cariñosa, al principio éramos solo dos mujeres, Paloma Gómez Borrero y yo, todos los demás eran hombres. Entonces, para él fue mucho más fácil identificarnos inmediatamente a nosotras, una española, una mexicana y con nosotras tenía una relación más cercana, decían los compañeros que nos consentía porque nos hacían hacer cosas que a lo mejor, a los compañeros hombres no les hacían hacer y eso fue algo muy bonito.

¿Qué supuso a nivel geopolítico su viaje a Polonia en el 79? ¿Y cómo influyó en la caída del muro de Berlín?
Yo tuve la impresión durante la primera parte de su pontificado, de que estaba siguiendo al líder de los católicos religiosos, desde el mundo católico pero también a un gran líder que iba haciendo historia por el mundo. Como periodista, esa era una experiencia profesional absolutamente extraordinaria porque en muchos momentos teníamos la sensación de ser realmente testigos de la Historia, con mayúsculas.

Te pongo el ejemplo concreto de Polonia. El Papa pudo ir a Polonia porque México lo había invitado finalmente, porque a pesar de que fuera un país con el que la Santa Sede no tenía en ese momento relaciones diplomáticas, y hubiese separación Estado-Iglesia, aunque al principio eran los obispos latinoamericanos los que lo invitaron, al final el presidente de la República aceptó que el Papa fuera. Entonces, el hecho de que un país como México lo aceptara, obligó a los polacos a recibirlo, a invitarlo, porque no querían invitarlo temiendo lo que se venía. De hecho Juan Pablo II siempre decía que le estaba muy agradecido a México porque le había abierto las puertas de Polonia.

Abrirle las puertas de Polonia significó lo que todos sabemos, porque prácticamente con su primera visita él echa las semillas de lo que sería el primer sindicato independiente del este europeo, Solidaridad. Y de ahí empieza esta revolución de terciopelo sin una sola gota de sangre que llevaría a la caída del muro de Berlín. Cuando yo vi en 1989 caer el muro de Berlín, me di cuenta de que la primera piedra de ese muro había caído justamente en el viaje de Juan Pablo II a Polonia, porque cuando nosotros vimos en un país comunista un millón de personas levantando cruces frente al Papa con una nueva libertad, con la idea de que podían manifestar abiertamente su fe, que se sentían orgullosos de ser católicos después de haber vivido la fe como en catacumbas. Ese día, el Papa dijo «espero que el Espíritu Santo sobrevuele la sociedad polaca». Y claro, era un mensaje en teoría espiritual, pero realmente tenía un alcance político impresionante. Y de hecho de ahí nació el movimiento Solidaridad y poco a poco todo lo que sabemos de hasta llegar a la caída del muro de Berlín.

Evidentemente, fue fundamental que su camino coincidiera con el de Mijaíl Gorbachov, porque probablemente el uno sin el otro lo habrían logrado a lo mejor mucho más tarde o de diferente manera. El hecho de que esos dos hombres, por dos caminos diferentes, siguieran un proyecto de alguna manera común, que para el Papa obviamente era una Europa unida desde el Atlántico hasta los Urales, sobre la base de raíces cristianas comunes, y para Gorbachov era una versión política diferente, pero finalmente se unieron esos dos caminos. Y de hecho, Gorbachov siempre reconoció el rol Juan Pablo II en la caída del muro de Berlín. Estar presente en el Vaticano el 1 de diciembre del 89 cuando se el Papa recibió a Mijaíl Gorbachov daba la sensación de ser testigo de la historia. Para mí, a nivel profesional fue una experiencia absolutamente extraordinaria.

Otro momento histórico fue en el 82 el discurso que dio en Santiago de Compostela sobre Europa. Cuando expresó: «Europa, vuelve a encontrarte. Sé tu misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia». ¿Qué supuso ese discurso? ¿Deberíamos recuperarlo ahora?
Es lo mismo que estábamos hablando antes, tanto en Santiago como en  Częstochowa, todos esos primeros años, el Papa tenía la idea de la importancia de la libertad religiosa, y sobre todo de una Europa que él decía que tenía que respirar con los dos pulmones, el del mundo occidental y la parte oriental. Esa visión de Europa unida obviamente es una visión que todavía hoy está vigente, o debería estarlo. Lo mismo que vimos en el pontificado del papa Benedicto XVI, que también abogaba mucho por esta Europa unida sobre la base de raíces cristianas comunes, que Europa no tiene que olvidarse su alma y no tiene que olvidar sus raíces.

Este discurso no siempre se escuchado y vemos como en muchos países se alejan de esta idea, sobre todo de la parte de la de la de la raíz cristiana común y de que esos países no deberían de olvidar su pasado. Desafortunadamente en la actualidad no se ve siempre reflejado así.

¿Qué impacto ha tenido Juan Pablo II en otros conflictos como diplomático? Por ejemplo, en Irak o Afganistán.
El Papa siempre fue un líder moral, desafortunadamente no siempre su voz fue escuchada, pero sí representaba una figura a nivel moral muy fuerte, sobre todo cuando al también al final de su vida se asomó, me acuerdo, a la ventana de su oficina y decía «háganme caso porque yo he conocido la guerra, yo sé que la guerra nunca es la solución». Y cuando la guerra del Golfo envió prácticamente a todos sus colaboradores a hablar con las diferentes partes involucradas en el conflicto para tratar de evitar que se llegara a la guerra y también esta idea que tenía muy fuerte de que las religiones tienen que trabajar juntas en favor de la paz porque hay más elementos que unen que los que separan. Por eso, la idea de convocar la Jornada de Oración con los líderes de todas las religiones. también a raíz de las Torres Gemelas. Siempre tuvo esta idea de que no se puede instrumentalizar la religión para invocar la violencia o para justificar la violencia.

No podemos olvidar que fue el primer papa que entró en una sinagoga y el primer papa que entró en una mezquita. Tenía muy clara esta idea de esta colaboración a nivel mundial, pero una colaboración sobre base espiritual de las grandes religiones.

El “Papa viajero” realizó 104 viajes fuera de Italia, tú le has acompañado en 100 de ellos. ¿Cómo elegía Juan Pablo II sus destinos?
Por un lado, el Papa recibía un número de invitaciones. Yo creo que su idea siempre era ir a reforzar las comunidades católicas locales, tanto en países donde a lo mejor los católicos eran mayoría, pero a la mejor había problemas para estas mayorías con respecto a los gobiernos, o bien donde hubiesen minorías, aunque fueran muy pocos católicos, el Papa iba como para alentarlos. También visitaba, contrariamente a lo que hace Francisco, los grandes países cristianos, como pueden ser Francia, España, quiero decir, no tenía esta idea de que solo hay que ir a las periferias.

Algunos viajes, como los que que hizo a Europa Oriental, tenían siempre esta idea de la Europa Unida. Viajó prácticamente a todo el continente africano, con la idea de que África se levantara y África hiciera escuchar su voz y no fuera un grupo de naciones oprimidas por naciones que las habían explotado. Entonces iba toda África como para hacer la voz de los que no tenían voz. Pero, por ejemplo, nunca fue a Sudáfrica hasta que desapareció el apartheid. Fue el único país de África que no había querido visitar por el régimen del apartheid. Y cuando se levantó este régimen fue impresionante.  Ver, por ejemplo, a Juan Pablo II entrar en un estadio con Nelson Mandela que había pasado tantos años en la cárcel, era también una imagen muy fuerte en la que también decía, esto es historia, ¿no? Dos líderes así juntos en un estadio después de la caída del apartheid. Entonces, yo creo que también había, por un lado esta idea de reforzar las comunidades locales, reforzar la Iglesia local frente a los gobiernos para favorecer a las comunidades católicas y toda una serie de viajes a África, Asia, también América Latina para dar voz a las naciones también más pequeñas o más marginadas a las que no se les veía futuro.

A Juan Pablo II le debemos la creación de la Jornada Mundial de la Juventud. ¿Por qué ponía este énfasis en los jóvenes? ¿Qué significaban para él?
Lo de crear las Jornadas Mundiales de la Juventud fue una de sus grandes profecías, digamos, de una de sus grandes intuiciones, porque hasta ese momento la Iglesia no se dirigía a los jóvenes y él apostó por los jóvenes. Sus colaboradores no estaban para nada convencidos cuando él les dijo que quería hacer una reunión de jóvenes, primero a nivel diocesano y luego a nivel mundial, porque no veían cómo los jóvenes se podían sentir atraídos por un papa, porque no antes no había esa relación entre un papa y la juventud.

Cuando empezó con las primeras jornadas y se empiezan a ver poco a poco a millones de jóvenes de todo el mundo, realmente se dan cuenta de que el Papa había ganado la apuesta, porque para él la juventud obviamente representaba el presente, pero sobre todo el futuro, tanto de la Iglesia como de la sociedad, del mundo. Para él era absolutamente normal y obvio invertir en el futuro, en la juventud. Y creo que él tenía un alma muy joven, incluso cuando tenía muchos años y estaba enfermo, cada vez que iba a una reunión de jóvenes, era como si cargara baterías y si esa juventud un poquito le llegara a él.

De hecho, en el último encuentro en Canadá, me acuerdo que dijo que había convocado la próxima jornada en Alemania y él dijo, «Cristo estará con ustedes», porque él sabía que ya no iba a llegar a esa jornada. Estaba muy mal, pero luego se veía renacer, llegaba muy cansado, pero el contacto con los jóvenes le daba mucho ánimo, mucha fuerza.

Y yo creo que los jóvenes lograron establecer una relación con él porque sentían la autenticidad del Papa entre lo que decía, lo que hacía, cómo actuaba. No era un Papa que buscaba el aplauso en el sentido de que les dijera que sí a todo, al contrario, ponía muchos nos Pero yo creo que al final del día, el joven también necesita alguien que le sepa decir no a muchas cosas y no que acepten todo lo que hace, por su bien. Entonces, yo creo que tenía la autoridad moral y como modelo era un modelo que a los jóvenes les gustaba por su coherencia, su entrega y seguramente por lo que transmitía con su fe.

Quería pedirte una valoración de las catequesis de la Teología del Cuerpo, que han tenido muchísima importancia después. Duraron 9 años. ¿Cómo se gestó esto? ¿Qué importancia ha tenido?
Todavía hoy tiene una importancia extraordinaria porque no ha habido, digamos, después de esas catequesis ningún Papa abordó ese tema con esa profundidad, ese realismo y de una forma tan organizada, que pudo dar para tantas catequesis. Yo creo que es la visión de un hombre que fue un joven que tuvo amigas, que iba de excursión con jóvenes, que hablaba mucho con los jóvenes, hombres y mujeres. Con los libros que escribió tenía conocimiento del amor, de lo que es el amor. Y veía la belleza del amor, incluso del amor conyugal, del amor físico y tenía una gran admiración también por la mujer, por lo que él siempre llamaba el genio femenino.

Era una visión muy realista, en positivo,  también de todo lo que es la sexualidad y la riqueza del hombre y de la mujer y la complementariedad. Fue una visión muy moderna y la verdad, no creo que se haya superado hasta la fecha una visión así tan clara y positiva de la sexualidad y de la relación hombre y mujer, como en esas catequesis.

Otro hecho muy significativo de su pontificado fue el atentado que sufrió en el 81. ¿Cómo lo viviste tú? ¿Cómo vivisteis los periodistas esa historia? Tanto el atentado en sí como luego el que fuera a la cárcel a perdonar al que intentó matarle
El día del atentado fue uno de los peores días de mi vida a nivel informativo, en ese momento debes de pensar que no había celulares, no había internet, no había prácticamente nada. Yo recuerdo que mi jefe abrió el canal, interrumpieron las transmisiones y yo estuve 5 horas en un teléfono desde la oficina con mi jefe que no hacía más que preguntarme cómo está el Papa. Y él estaba en el quirófano y obviamente no teníamos absolutamente ninguna información porque en esa época no había nada, ni siquiera alguien que pudiera salir y poner un tweet o comunicar algo. Fue una verdadera pesadilla porque a nivel informativo se estaba a oscuras total, hasta que ya acabó la intervención pública que duró más de 5 horas fue cuando empezamos a conocer algún detalle. Lo recuerdo como una pesadilla terrible por la falta de información por un lado y por el otro también el mundo se detuvo en esas horas porque es que hasta ese momento era impensable que atacaran al Papa en su casa, porque a lo mejor cuando está. Por un lado había esta idea de algo suspendido ahí terrible, que tú realmente no sabías si el Papa estaba muerto, si no estaba muerto, en qué condiciones, y por otra parte pues a nivel profesional, algo terrible porque no había absolutamente un dato cierto que contar.

Otra cosa es que pocos días después del atentado, no me acuerdo si dos o tres días, por primera vez vimos a un papa en una cama de hospital. Eso no se había visto nunca. Yo creo que el tema de la salud del Papa que siempre fue un tabú en el Vaticano, se rompió ese día cuando el Papa aceptó que se le hiciera una fotografía, él en cama con la bata.  Eso también fue algo impresionante y pocos días después se le escuchó a través de Radio Vaticana su voz muy muy débil y muy frágil, pero perdonando al que lo atacó y luego ya lo visitó en la cárcel. Nunca se supo lo que se dijeron, pero ese gesto, las fotos que están ahí. Es como una encíclica, el ir a hablar con el hombre que intentó matarte. Lo único que se logró saber es que él le seguía preguntando al Papa que qué era lo del tercer secreto de Fátima, porque él había disparado para matarle y que era un matón de primera y que no entendía cómo se había salvado. Es lo único que supimos de ese encuentro, pero por lo que supimos, nunca el atentador le pidió perdón al Papa por intentar asesinarlo.

¿Qué podemos aprender de cómo vivió la enfermedad y el sufrimiento los últimos años?
Yo diría que la primera parte de pontificado, como te decía antes, a nivel profesional fue una experiencia extraordinaria, yo creo que bastante única e irrepetible, pero más enriquecedor aún, creo que fue la última parte del pontificado cuando la salud del Papa empieza a debilitarse, porque empezamos a ver poco a poco cómo le temblaba una mano, luego la otra mano, luego se le caía la baba y él todo lo vivía bajo reflectores, como para hacernos ver que en la vida hay momentos buenos, hay momentos malos, hay juventud, hay la edad de ser ancianos, tener discapacidades. Lo que lo que me impresionó mucho fue, por un lado, que a pesar de que al final se había convertido en una persona con mucha discapacidad, en una silla de ruedas, con un rostro rígido por el parkinson que ya le había quitado la sonrisa, no se podía casi mover, muy encorvado, pero seguía transmitiendo una fuerza enorme. De hecho, su último viaje fue a al santuario mariano de Lourdes, donde los enfermos van a buscar un milagro de curación. Y todos los enfermos que estaban ahí nos decían primero, que estaban mucho menos graves que el Papa, es decir, estaban mejor que el Papa. Y nos decían que a pesar de sus condiciones, el Papa les daba mucha fuerza y les transmitía mucha esperanza.

Yo creo que el secreto de todo esto era lo que él decía, que a él no se le podía describir o explicar por lo que era por fuera, sino por lo que era por dentro, lo que tenía dentro. Y creo que tenía una fe muy especial, muy fuerte, unida a una fortaleza extraordinaria, una entrega hasta el final y eso lo vimos porque tres días antes de morir, era miércoles día de la audiencia general, y había mucha gente en la plaza, porque para ir a la audiencia general se reserva con meses de antelación y no podían imaginarse que el Papa estaría agonizando. Él se asomó pocos segundos, con la cánula de la alimentación por vena, sin poder hablar, trató dar una bendición, que ni siquiera podía. Esta última imagen habla de todo esto, de la entrega hasta el final de esta fuerza que tenía y de este deseo del Papa de alguna manera de agradecer a las personas que se encontraban en la plaza y de despedirse.

Fue una experiencia muy muy fuerte seguirlo paso a paso porque fue como un viacrucis y esta idea yo creo que le venía de ser una persona muy mística, este misticismo polaco. Él decía que Jesús no se había bajado de la cruz y que él tampoco se bajaría y esa imagen del viernes santo, por ejemplo, una foto que sale él de espaldas, abrazado a un crucifijo también es una imagen muy muy fuerte.

Has participado en los testimonios de la causa de beatificación y has entrevistado a las mujeres que se han curado con milagros atribuidos a Juan Pablo II. ¿Qué ha significado para ti participar en este proceso?
Yo fui llamada a atestiguar,  fui una de los testigos en la causa de beatificación y canonización y cuando me llegó la carta para decirme que iba a ser testigo, la verdad fue una emoción enorme. Al mismo tiempo yo decía, ¿yo qué puedo contar con respecto a tanta gente que realmente estuvo viviendo con él? colaboradores, etcétera. Pero finalmente yo creo que como periodista y como periodista de televisión pues uno tiende a observar mucho más que a lo mejor las personas que estaban a su lado todo el tiempo, porque claro, tienes una perspectiva y una visión diferente.  Me hicieron más de 130 preguntas y hay algo que luego quedó en el documento final que fue lo que les conté sobre la forma que tenía Juan Pablo II de relacionarse y de mirar a las mujeres. Era muy llamativo porque era una mirada muy limpia, muy transparente, de un hombre que seguramente apreciaba la belleza femenina, pero la apreciaba como habría apreciado una flor, un amanecer, un atardecer, como algo de la naturaleza.

Y de hecho, cuando íbamos a África y había misas y en el momento del ofertorio había muchachitas con sus falditas de paja, los pezones apenas cubiertos, nosotros veíamos que todo el sequito papal no se sentía a gusto, no sabían para dónde mirar, mientras que el Papa las las veía subir hacia el altar con una mirada extraordinaria, como hubiese mirado unas flores. Esa mirada creo que le venía de su experiencia en los teatros, de tener amigas, de ir de excursión con muchos jóvenes, creo que le venía de esa experiencia personal en Polonia.

Eso fue algo que luego quedó en el documento final. Estuve en la oficina de la postulación varios años al lado del postulador a raíz de que fui testigo, para escribir un libro sobre la beatificación, que eso lo hice sola y un libro sobre la canonización que hice con él y me dio la posibilidad de leer todos los testimonios con dos condiciones: primero, que nunca diría quién había dicho qué y segundo, que en el curso de la causa no podía revelar lo que sabía.

Eso me valió, por ejemplo, en el caso de Floribeth Mora, la mujer por la que fue santo, para que yo pudiera viajar con el postulador seis meses a Costa Rica, seis meses antes de que se aprobara el milagro. La pude entrevistar y guardé la entrevista y obviamente después de que se aprobó el milagro ya pude sacar esa entrevista.

Con la francesa Marie Simon Pierre, también tuve la posibilidad de ir a Francia, estar con ella en el hospital de niños donde ella trabajaba y tener acceso a toda su historia y sobre todo que era una mujer y que también tenía parkinson y se curó justo unos meses después de la muerte de Juan Pablo II.

Son ejemplos muy singulares e impresionantes desde el punto de vista de cómo a veces Dios pues también obra, hace milagros a través de personas que tienen una simbología, porque en este caso era una mujer, tenía parkinson y trabajaba en un hospital de recién nacidos. Creo que había muchas ideas relacionadas con el pontificado y con la vida de Juan Pablo II.

¿Qué ecos quedan hoy de ese pontificado?
En el corazón de la gente queda un recuerdo muy fuerte. Siento, sin embargo, que muchas veces en la vida de la Iglesia, se tiende más a vivir el presente, orientados hacia el futuro y a veces se deja un poco de lado la herencia del pasado. Pero creo que eso es una tendencia del mundo en general, de la Iglesia y del mundo. De nuestro mundo también. Y a veces creo que habría que profundizar más y recordar más también todo el legado teológico, espiritual, de testimonio que dio Juan Pablo II, porque creo que también para las jóvenes generaciones sería una referencia importante. Hubo todo una generación que se llamó la generación de Juan Pablo II y creo que para toda esa generación, su imagen y su recuerdo sigue siendo indeleble, sobre todo a nivel de corazón. Quizás no tanto en la manifestación de la vida cotidiana, pero eso también creo que es un poco normal porque, como dicen en italiano, cuando muere un papa se hace otro papa y la vida continúa. Pero creo que sería bonito poder recordarlo, seguir recordándolo y profundizar sobre muchas de sus enseñanzas.

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