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500 jóvenes rebeldes con causa

Siempre es contagioso, saludablemente contagioso, estar con jóvenes sanos. No me refiero a la salud corporal únicamente, sino a la salud moral, esa que tiene horizontes largos, que cree en la belleza de las cosas y en la bondad de las personas, que cree en un Dios que los ama y acompaña. Jóvenes capaces de asomarse a la vida sin fruncir el ceño, ni mirar distraídos para otro lado, que no se inhiben ante las provocaciones de tantas cosas de toda índole que sufren el desajuste de todo desamparo por no estar en su sitio.

Y este regalo de estar con ellos nos sucede a cuantos tenemos contacto con adolescentes y jóvenes que están ensayando su desembarco en la sociedad adulta hacia la que caminan con sus pocos años, con sus estudios y entusiasmos, con sus temores y certezas, con su generosidad y su convicción cristiana. Lo podemos comprobar quienes por vocación nos dedicamos a ellos: padres y madres, educadores, catequistas, religiosas, sacerdotes. Es un don inmerecido recibido en ese acompañamiento precioso y respetuoso.

El primer sábado del mes de mayo, hay una cita clásica en este rincón de Asturias con su hermosura natural, su historia identitaria y su trasfondo creyente: Covadonga. Se inicia el mes dedicado a María, nuestra querida Santina, y hacemos una marcha desde la preciosa villa de Cangas de Onís, que fue capital de la España reconquistada. Nos adentramos en los bosques durante esos casi once kilómetros de ascensión hasta el Santuario de la Virgen. Todo un espectáculo de enorme belleza: los caminos que serpentean la foresta, los rayos de sol que se filtran entre las hojas del boscaje con su fronda, el murmullo del río con su agua cantarina y fresca al bajar buscando la mar, el concierto de los pájaros de todo color que se completa con los vientos que mueven las ramas de los árboles.

Pero si ya es bello el paisaje, hay una belleza superior y más amable: la mirada de estos chicos y chicas, el pálpito de sus corazones jóvenes capaces de imaginar un mundo más parecido al sueño de Dios sobre él y más distante de las frecuentes pesadillas de nuestras violentas pretensiones, nuestros enjuagues mentirosos, nuestros acuerdos rancios que esconden trampas inconfesables. Esa mirada pura de un corazón abierto, es la que con mochila a la espalda se ha vuelto a cruzar con mis ojos llenándome de alegría y de esperanza. Más de quinientos jóvenes subiendo por esas veredas montañeras hacia una casa habitada y encendida que, con forma de santa cueva en la hendidura de la roca, custodia la Santina de Covadonga, imagen de nuestra Señora que desde el cielo nos acompaña en todos los vaivenes de las idas y venidas en la vida cotidiana.

Acompañar es sinónimo de la palabra educar. Y la verdadera educación, que viene del latín “educere”, significa precisamente ese acompañamiento que no es suplencia, ni domesticación, ni proyección que clona al otro haciéndole una marioneta de los caprichos o intereses de su mentor. Es muy fácil frivolizar y pervertir a una generación joven, que al final se acaba destruyendo, cuando se la engaña en nombre de una emancipación tramposa para poder manipular su conciencia, esclavizar su libertad y tergiversar la naturaleza de hombre o mujer desde las ideologías más tóxicas que acaban arrancando esa bondad, belleza y verdad que se nos dio por parte de quien nos creó y nos llamó a la vida.

Por este motivo, un año más, puedo dar gracias por el inmenso e inmerecido regalo de acompañar a estos cientos de jóvenes caminando con ellos hacia ese punto de partida de la reconquista de lo que vale la pena cuidar y acrecentar como personas, como ciudadanos y como cristianos. Covadonga palpitó con tantos jóvenes que abrieron el corazón a la esperanza, viviendo con alegría su edad, cuidando la pureza de sus vidas y nutriendo la fe valiente de su identidad cristiana. Son los “rebeldes” frente a un mundo a la deriva, rebeldes con la causa más verdadera que no engaña ni defrauda.

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