Hoy, en un momento histórico en el que la Iglesia se adentra en una nueva etapa evangelizadora, que le pide constituirse «en todas las regiones de la tierra en un estado permanente de misión», el Sínodo de los Obispos está llamado, como cualquier otra institución eclesiástica, a convertirse cada vez más en «cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación». Esto escribía el papa Francisco al convocar el itinerario que nos ha traído a Roma para celebrar la primera sesión de la XVI Asamblea del Sínodo de los Obispos. Puedo dar testimonio de que este objetivo ha resonado de forma prioritaria en los diálogos mantenidos en estas cuatro semanas.
En el aula sinodal hemos acogido el drama y la esperanza de muchas Iglesias que evangelizan en medio de guerras, hambrunas y persecuciones, así como los desafíos de la misión en Occidente donde, a veces, cunde el desánimo y se buscan atajos para recuperar la relevancia perdida. Unos y otros hemos reconocido con entusiasmo que la misión es responsabilidad de todos los miembros del pueblo de Dios. Por eso ha brillado el don del Bautismo y hemos escuchado la llamada a revitalizar la iniciación cristiana, para que los bautizados, llamados a la participación plena en la comunión y misión de la Iglesia, respondan desde una renovada acogida de la gracia y la vida en el Espíritu.
La disposición de los participantes del Aula Pablo VI, en 36 mesas redondas —35 de los sinodales y la 36 con el sucesor de Pedro y sus directos colaboradores— asemejaba a la de un banquete de bodas o a los diversos corros de la multiplicación de los panes. Ambas imágenes de resonancias eucarísticas. La Eucaristía es origen y punto culminante de nuestro caminar juntos. La Iglesia-Sínodo es camino de peregrinación y también Mesa que convoca, congrega y envía. La Iglesia sinodal se realiza en la Eucaristía, en ella se entretejen los carismas y se realiza la armonía entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial. Es el Misterio que funda la comunión y es diseño y germen de la misión.
El coloquio entre el pueblo de Dios, el colegio de los Doce y el obispo de Roma es uno de los ejes de la Iglesia sinodal en la Iglesia universal, como en las Iglesias particulares, el que se realiza entre pueblo, presbiterio y obispo. Todos en comunión misionera, cada cual desde la vocación en la que ha sido llamado y en las diversas formas de hacer presente a Cristo resucitado —Cabeza y Cuerpo— en medio del mundo. La sinodalidad pide una íntima y organizada relación entre bautizados y ordenados, sin separación ni nivelación de ministerios y responsabilidades. Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, ha iluminado esta parte esencial del Sínodo de Obispos, que ha acogido la presencia de laicos, varones y mujeres, consagrados y presbíteros como testigos del proceso sinodal, junto a casi 300 obispos. Todos con voz y voto. Cómo articular la sinodalidad del pueblo santo, con la colegialidad de los sucesores de los Doce, todos sub Petro y cum Petro, es uno de los asuntos que seguir discerniendo.
La misión, en la novedad del «cambio de época», vuelve a suscitar la vieja cuestión de la «identidad o relevancia» de la Iglesia en el mundo. El auge de identidades que hay que acoger y de culturas en las que la comunidad cristiana se encarna, da pie a tensiones conocidas, pero vividas como falsos dilemas: ¿verdad o amor? ¿Respeto cuasi sagrado a identidades y culturas o purificación y transfiguración de las mismas? ¿Igualdad de todos en todo o valor de la diferencia recíproca? El método de la conversación en el Espíritu, en ejercicio de escucha y diálogo, ha ayudado a intentar superar la dialéctica de contrarios y entrar en un coloquio entre YO-TÚ-NOSOTROS, siempre en la escucha del Espíritu Santo, en búsqueda de una comunión no uniformadora. La Iglesia, como la Trinidad y la Eucaristía, es un misterio de comunión misionera.
El desafío misionero lo vivimos en cada una de nuestras diócesis. Juntos, siguiendo a Jesús, que es el Camino, estamos llamados a continuar la peregrinación, cultivando y ejercitando la sinodalidad que es, ante todo, espiritualidad, estilo y modo de relacionarnos laicos, pastores y consagrados en esta comunión para la misión que es la Iglesia.







