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Colegios mayores cristianos: educación que acoge y acompaña

Tienes 18 años o estás a punto de cumplirlos. Acabas de examinarte de la EBAU —la selectividad— y has vivido el último verano antes de «hacerte mayor». En septiembre, tu vida va a cambiar por completo. Dejas tu ciudad, donde has vivido siempre, te mudas a Madrid, o a cualquier otra ciudad universitaria. Nuevos estudios, nuevos amigos, nuevas responsabilidades. Tienes 18 años y ya eres mayor de edad, pero todavía inmaduro. Necesitas un acompañamiento, un seguimiento de tus estudios, una propuesta cultural, un lugar en el que crecer, en el que te puedan corregir cuando lo necesites, un lugar al que pertenecer, en definitiva, una casa en la que no estar solo. Eso es un colegio mayor.

Eduardo pasó por esa situación hace tres años. Ahora empieza su cuarto curso y, aunque es un año en el que muchos ya se van a un piso o de Erasmus, él, junto a varios amigos, ha decidido quedarse en el Colegio Mayor Pío XII. No quería renunciar a la vida que le proporciona o, en su caso, a poder jugar en tres equipos deportivos a la vez. Sobre esta cuestión de la madurez, Eduardo se reconoce perfectamente. No es el mismo chico que llegó a Madrid con 18 años. En el colegio mayor ha aprendido, fundamentalmente, dos cosas: por un lado, la gestión de su tiempo y sus asuntos. «Puedes hacer lo que quieras, pero debes empezar a ver que tienes una responsabilidad con tu familia, con tus estudios. Tengo que saber acatar esas responsabilidades, estoy en una edad en la que tengo que saber gestionarme lo que tengo que hacer», explica.

Por otro lado, el interés por el mundo que le rodea. «Vienen a dar muchas charlas de geopolítica, por ejemplo. El colegio mayor te va haciendo sacar un interés con esas conferencias por ciertos aspectos que, cuando vienes de estar en casa, no veías. Compruebas que ciertos chavales empiezan a interesarse por diversos temas. Vienen, escuchan y empiezan a culturizarse un poco en ese sentido».

A esas charlas, como al resto de actividades, no es obligatorio asistir. Pedro Sainz de Baranda, el director de este colegio mayor, insiste mucho en las ventajas de no imponer nada a los colegiales. Es mucho más bonito y educativo que elijan hacerlo ellos, porque perciben un bien en lo que se les propone. Toda la actividad del Pío XII se desarrolla en torno al lema Por el bien común. Una revolución en un mundo cada vez más individualizado. Ese lema se concreta en cuatro pilares: el esfuerzo y el estudio, la inversión del tiempo libre, la educación, la solidaridad y… «Esos puntos suspensivos —señala el director del centro— son la fe. Pero a mí no me gusta imponer, creo que hay más fe y más cristianismo incitándoles a un voluntariado mensual, a esa deportividad, a dar la mano cuando se pierde, a un grupo de fe atractivo».

A una conclusión muy parecida han llegado en el Colegio Mayor Juan XXIII Roncalli. Una de sus subdirectoras, Marta de la Torriente, explica que «nuestro deseo siempre es que se puedan encontrar con el Señor a través de lo que hacemos». Y eso lo permeabiliza todo, desde actividades culturales, deportivas, hasta el acompañamiento más cercano.

El voluntariado es una de las actividades del Colegio Mayor Juan XXIII Roncalli.

Es llamativo que en los dos centros lo que se busca en los colegiales no es la excelencia académica, sino la variedad. Pedro insiste en que «lo que busco es que haya variedad, de toda la geografía española, de todas las carreras, ver cómo han sido sus vidas, si son muy familiares. A mí me derriten cuando me hablan de sus abuelos». Por su parte, en el Roncalli, «lo que más valoramos en la entrevista es la pasión por vivir». «Que tengan una pasión en la vida y que esta pueda generar un cambio en la sociedad, sea cual sea el ámbito de estudios a los que se dedique» indica De la Torriente.

Reconocer los errores

En ese camino de madurez, los colegiales aprenden también a reconocer sus errores. Para el director del Pío XII, el mayor fracaso es tener que expulsar a alguien. Pero él mismo se sorprende de que, muchas veces, son los propios chavales los que se imponen castigos. Por ejemplo, uno que contesta mal al cocinero, propone él mismo pasar dos semanas fregando los platos con él. O dos que se han peleado y que pasan a compartir habitación el resto del curso. A Marta le sorprende que, después de una falta, a las niñas —como las llama cariñosamente— lo que más les duele es la imagen que luego tienes tú de ellas. Cuando a ti ya se te ha olvidado lo que han hecho, siguen avergonzadas ante ti. 

Sin colegiales no hay colegios mayores. Son ellos los protagonistas de todas las actividades, no solo porque están pensadas para ellos, sino porque en muchas ocasiones son ellos las que las organizan. En el Pío XII al inicio de cada curso se eligen delegados por actividades, se les da un presupuesto anual y entre ellos tienen que decidir a qué lo van a destinar. Así toman conciencia de lo que cuesta traer a un invitado, comprar un balón de fútbol o pagar unas entradas. 

Como si estuvieran en su casa —porque están en su casa—, proponen qué cosas les interesa. Y también son cuidados. Ninguno de los dos centros cierra por la noche, los colegiales pueden llegar a la hora que quieran. Los chicos del Pío XII firman al llegar, eso sí. Las del Roncalli, cuenta la subdirectora, «tienen un control de entradas y salidas sin límite de horario, de haber cualquier emergencia, siempre estamos pendientes y disponibles para que sientan que no están solas en Madrid».

En ambos casos, las novatadas están totalmente prohibidas y castigadas. Pero casi no hace falta, porque sugieren formas de integrarse al inicio de cada curso mucho más interesantes que los chavales en seguida reconocen. Convivencias juntos y junto con otros colegios, actividades en la naturaleza, juego en equipo, cervezas. Cuando quieres darte cuenta estás en casa.

Son solo dos ejemplos de la imprescindible labor de los colegios mayores y residencias universitarias de ideario cristiano, como ha quedado de relieve en el panel Construyendo juntos con carismas diversos, organizado en el marco del Congreso La Iglesia en la educación. Presencia y Compromiso. Una educación que acoge y acompaña y que planta una semilla en aquellos que pueden cambiar el mundo. 

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