Biógrafo y experto en el pensamiento de Joseph Ratzinger, Pablo Blanco Sarto (Zaragoza, 1964) recibe hoy —junto a Francesc Torralba— el premio Ratzinger 2023, que la prensa internacional ha rebautizado como «el Nobel de Teología» y que, por segunda vez desde su establecimiento (2011), se viene para España. Profesor en la Universidad de Navarra y autor de siete obras —tres sobre el papa alemán—, atiende a ECCLESIA en profundidad y con humildad, reconociendo que «no es que sea el mejor premio de teología, es que es el único que se entrega», si bien se alegra «porque me confirma en mis tesis» y «alivia la duda de si estaba entendiendo y explicando correctamente el pensamiento de un gigante como Ratzinger».
Lo del Nobel de teología que le entregan este jueves suena muy bien…
Por un lado, me parece un poco hiperbólico —tampoco soy experto en los premios Nobel—, pero es cierto que no hay grandes premios internacionales de teología. Por tanto, no es que sea el mejor premio, es que es el único.
¿Qué supone para usted este reconocimiento?
Es, sin duda, un espaldarazo importante, porque he estado estudiando e interpretando durante muchos años el pensamiento de un gigante como Ratzinger, y siempre te queda un poco la duda de si le estás entendiendo correctamente o si, por el contrario, estás haciendo una sobreinterpretación. En este sentido, el premio me confirma en mis tesis, lo asumo como que aquello que llevo tanto tiempo entendiendo y explicando va en la misma línea de su pensamiento. Por tanto, para mí supone una alegría, y un alivio también.
Tampoco podemos obviar que, si hablamos del único premio de teología que se concede en el ámbito internacional, también es más difícil ganarlo. Y tiene más relevancia, si cabe, porque en anteriores ediciones también le ha sido concedido a personas de otras confesiones, no solo a católicos.
Eso también me hace ilusión, porque he dedicado mucho tiempo al ecumenismo. Tengo una cierta unidad afectiva con los luteranos y, como ellos muchas veces hacen buena teología —aunque, en mi opinión, a partir de presupuestos incompletos—, me parece que le aportan relevancia. Entre ellos hay gente que es buena, buenos trabajadores, buenas personas, y en ese sentido también me alegra que este premio sea un premio abierto. También hay algún premiado judío y personas de otras religiones. Es bonito.
Habla de su interpretación y enseñanza del pensamiento de Joseph Ratzinger. ¿Qué ha desentrañado usted para el mundo y qué le queda todavía por entender de esta obra tan magna?
Aunque he intentado abordar distintos aspectos —quizá más afines con mis intereses o mis líneas de investigación—, me interesa especialmente el tema de la razón en la propuesta que hizo en el discurso de Ratisbona. El discurso en sí mismo era muy audaz: una revisión de la razón moderna. Él presentó una propuesta de razón ampliada, más abierta al mundo de la ética, del arte, de la religión y de los sentimientos. Es una apuesta fuerte que yo creo que, de momento, no ha sido asumida. Se han hecho algunos comentarios, pero no hemos tomado en serio que ese tipo de razón ampliada no solo puede resolver las paradojas de la modernidad, sino que puede también ayudarnos en la posmodernidad. O sea, es una razón que por un lado responde a la flexibilidad que exige la posmodernidad, pero por otro lado es una razón fuerte, que está vinculada a la verdad —Ratzinger siempre entiende la verdad muy unida al amor— y, en ese sentido, yo creo que también es una propuesta para la posmodernidad.
Como biógrafo y experto en Ratzinger, ¿cuál diría que es la mejor manera de introducirse en su pensamiento, un itinerario intelectual para ir aprendiendo estas verdades?
Lo mejor es empezar por las entrevistas —sobre todo con Peter Seewald, pero también con otros periodistas—, porque ahí traduce y destila su pensamiento en términos más sencillos. Eso, al principio, y luego poner al final el Jesús de Nazaret, que es un poco la síntesis de su pensamiento y que no es una obra fácil a primera vista. Yo recomiendo leerla a pequeñas dosis: aprovechando la Cuaresma, leer las tentaciones en el desierto, o, con la Navidad, lo que dice sobre la infancia de Jesús. En definitiva, irlo leyendo poco a poco, pero ir también meditándolo, porque creo que es una obra meditativa. Y luego, entre las entrevistas y el Jesús de Nazaret, lo que uno quiera dependiendo de los propios intereses.
¿Diría que el Jesús de Nazaret es su obra más importante, como síntesis de su pensamiento y trayectoria?
Yo diría que sí. Es significativo que durante su pontificado él no renunciara a seguir escribiendo ese libro. Uno podría pensar que, bueno, bastante tenía que hacer como Papa como para meterse en ese lío. Pero él considera que hablar de Jesucristo en las circunstancias actuales es algo urgente y necesario. Y que parte del ministerio del obispo de Roma, del sucesor de Pedro, es precisamente hablar de Jesucristo. Tiene un valor testimonial muy importante.
Su Introducción al cristianismo es un libro con el que muchas personas aseguran haberse convertido…
Es un libro que marca una época, porque es toda la reflexión que hace en torno a ese cambio de paradigma del año 68, de un pensamiento de Heidegger, más existencialista, al marxismo. Entonces, él hace una reflexión sobre la fe en esas circunstancias, y en esta coyuntura es especialmente significativo. Después vinieron otros libros y reflexiones que completan un poco ese diagnóstico que, claro, hemos de tomar como provisional.
Como biógrafo suyo, ¿qué importancia le concede a los años del nazismo en la formación de su personalidad?
Creo que es como un trauma que le afectó incluso en su pensamiento. Por ejemplo, cuando habla de la dictadura del relativismo, estoy seguro de que está evocando esos terribles momentos del nazismo, de cómo cuando se quita toda referencia a la verdad, se pueden manipular los jueces, se puede manipular la cultura, se puede manipular, por supuesto, la política, incluso se intenta manipular la religión, como ocurrió en el nazismo. Entonces, quitar la referencia a la verdad —que, insisto, en Ratzinger siempre está inseparablemente unida al amor y la belleza— puede provocar momentos tan terribles como esa dictadura del nacionalsocialismo.
¿Hasta qué punto cree que Benedicto XVI ha sido juzgado como Papa por una mera cuestión de carácter?
Parece un poco inevitable, pero yo creo que hay que hacer también una lectura más en perspectiva: por ejemplo, el tema de la renuncia no lo hace por timidez o por miedo; más bien lo contrario, porque se enfrenta a todo un modo de hacer de siglos. Ahí se ve también, por un lado, el concepto que tiene del ministerio, como un servicio que se presta durante un determinado tiempo y, después, uno se retira, se echa a un lado y pasa a otro. Y, luego, por otro lado, la convicción que él tiene de que algo que ha decidido en conciencia —en ese sentido, Ratzinger tiene un carácter muy racional, muy reflexivo—, cuando ha tomado esa determinación, la mantiene porque piensa que en conciencia debe hacer eso. Esta es una lectura que todavía quedaría por hacer.
¿Podría interpretarse también como el reconocimiento implícito de una cierta impotencia del pensamiento al entrar en contacto con la realidad del mundo para cambiarlo?
Bueno, creo que en ese sentido Ratzinger es totalmente inductivo. En ese momento hace ya mucho tiempo que no enseñaba o investigaba en una universidad, desde 1977, concretamente. Entonces, tiene claro en primer lugar que conocer la realidad de las cosas nos ayuda a actuar mejor. Como decía Leonardo da Vinci, «un gran amor es hijo de un gran conocimiento». Cuando hay un buen conocimiento, uno prevé actuar del mundo correcto. Pero luego su teología no se ha desarrollado en las aulas universitarias, sino en contacto directo con la realidad pastoral. En este sentido, Ratzinger no es un teórico en el sentido negativo de la palabra, sino que ha tenido esa perspectiva un tanto amplia de la realidad eclesial: un conocimiento en profundidad de los problemas, los desafíos, las posibilidades de evangelización que tiene la Iglesia. No es un conocimiento abstracto, Ratzinger no es una especie de ser deductivo que, a partir de grandes ideas, las intenta aplicar a la realidad. Él explora bastante lo que hay ahí fuera, lo que tenemos en nuestras manos en este momento, y, sobre eso, reflexiona y toma una serie de decisiones. Yo no creo que él fuera al Pontificado con un programa de antemano, dispuesto a imponerlo. Él era bastante circunspecto, miraba a su alrededor y, a partir de eso, a través de la reflexión y la oración, iba tomando sus decisiones.
¿Diría que la renuncia es un fracaso de la acción surgida de esa reflexión?
Yo no lo veo así. La veo como un testimonio, como un ejemplo, como algo que nos debe hacer reflexionar sobre qué es el ministerio. Porque todos tendemos a aferrarnos al cargo, a la poltrona, y nos cuesta dejar paso a los que vienen detrás. Es un desafío para el futuro.
¿Cómo cree que se recordará el pontificado de Benedicto XVI, entre dos papas tan carismáticos como Juan Pablo II y Francisco y también por el tema de la renuncia?
Con más perspectiva que ahora. Quizás como continuación de la reforma que había empezado Juan Pablo II, y como un preludio de la primavera del papa Francisco. Se va a ver mejor la continuidad entre estos tres grandes papas, y, aunque Benedicto XVI ha tenido un pontificado brevepero intenso, se valorará en su justa medida todo lo que ha hecho por la Iglesia.
¿Qué influencia real cree que ha tenido Benedicto XVI en el pontificado de Francisco?
En el mundo de las ideas hay una gran sintonía entre los dos. Yo suelo decir que el Papa Francisco es Benedicto XVI en tuits, en formulaciones breves, rápidas, inmediatas. Benedicto XVI decía que Francisco es el papa de la reforma práctica; yo creo que Benedicto XVI es el papa de la reforma teológica, que nos ha explicado que esta reforma proviene sobre todo de la purificación, como dice el Concilio, y cómo a partir de esa renovación interior puede venir después la reforma de las estructuras. Yo creo que recordar eso nunca está de más.
¿Qué es lo que más se extraña de Benedicto XVI un año después de su muerte?
No quiero ponerme nostálgico. Creo que él estará satisfecho de haber cumplido su misión lo mejor que ha sabido y podido. Si creemos en la comunión de los santos, realmente sus esfuerzos y sufrimientos habrán sido recompensados, y también podemos contar con su ayuda e inspiración, ahora que estará más cerca de Dios y podrá interceder por esa Iglesia que tanto ha amado y por la cual ha dado su vida.
¿Quién cree, desde el panorama teológico actual, que puede ser un futuro Joseph Ratzinger para la Iglesia?
Bueno, a mí me gustaría ser yo mismo (ríe), pero creo que esto es tan exagerado como lo del Nobel… Cualquiera que considere la teología como un servicio que se puede prestar a la Iglesia y como una oportunidad de conocer mejor a Dios y de ayudar a las personas a conocer a Dios. Cualquiera que adquiera ese ethos, esa actitud, puede convertirse en un Ratzinger del futuro, con mayor o menor competencia, con mayor o menor capacidad, porque cada uno hacemos lo que podemos.








