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Madrid bajo el resplandor de la estrella de Belén

De todas las fiestas que Madrid celebra a lo largo del año, ninguna transforma la atmósfera de la ciudad de una manera más evidente que la Navidad. Largas avenidas e innumerables calles se engalanan con cientos de millares de luces para marcar la ocasión, hasta el punto de que, si pudiéramos contemplar Madrid desde el espacio durante las horas de la noche, nuestra capital brillaría probablemente el doble que durante el resto del año.

Y esto sucede precisamente la noche más larga del año o, lo que es lo mismo, el día con menos horas de luz solar. Parece como si quisiéramos contrarrestar la oscuridad de la noche más larga encendiendo miles de luces, cada una de ellas simbolizando el nacimiento de una nueva esperanza. Por eso no es casualidad que todos los años se celebre en esta noche tan especial —en esta Nochebuena— el nacimiento en Belén del Niño Jesús, aquel que años después diría de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas» (Juan 8,12).

Evidentemente, la Navidad se celebra en todo el mundo, pero, si se me permite expresar una opinión que difícilmente puede sorprender en un alcalde de Madrid, creo sinceramente que entre esta fiesta y nuestra capital existe una afinidad particular. Es algo fácil de constatar, por ejemplo, al ver las calles del centro de Madrid más concurridas que nunca en Navidad —tanto de madrileños como de miles de españoles que nos visitan—. Y en verdad, el espectáculo de nuestra Plaza Mayor durante las fiestas, la impresionante iluminación de nuestras calles y la especial vibración de la ciudad, así lo demuestran.

Lo cual me lleva a hacer una reflexión: Madrid es ya una de las principales urbes del planeta, una ciudad a la vanguardia en prácticamente todos los campos de la innovación, la investigación científica y el emprendimiento empresarial. Pero que estemos lanzados con confianza a todo lo bueno que el futuro nos deparará no quiere decir que olvidemos nuestra historia, nuestra esencia propia, nuestras tradiciones, nuestro peculiar sabor castizo, único en Europa y en el mundo. Y, en efecto, parte importante de nuestra esencia son las raíces cristianas de nuestra ciudad, raíces vivas como demuestra el entusiasmo con el que los madrileños se lanzan a celebrar no solo la Navidad, sino las fiestas de su patrón, san Isidro, de su patrona, la Almudena, y decenas de romerías, procesiones y devociones repartidas por los 21 distritos durante todo el año.

E incluso diré algo más. Si hoy Madrid es una ciudad en la que viven y conviven en paz personas de prácticamente todas las naciones y religiones del planeta y a todas ellas se las acoge con los brazos abiertos, es, en buena medida, por los valores cristianos que han impregnado durante siglos nuestras costumbres, nuestra manera de ser y, en definitiva, nuestra fisionomía moral como ciudad.

En este sentido, todos recordamos que, entre las imágenes que forman parte de la Navidad, no es la menos importante aquella que nos muestra a la Sagrada Familia —san José y María— buscando posada en Belén… y encontrándose las puertas de todas ellas cerradas. La enseñanza es obvia: quien cierra la puerta al que viene de fuera con buena voluntad, pudiera estar cerrando la puerta a su propia salvación.

Este, y otros muchos valores que encierra la Navidad —familia, paz, piedad, y, por encima de todo, esperanza— son necesarios siempre, pero quizá más que nunca en los tiempos que vivimos, no carentes muchas veces de retos y perplejidades con las que los madrileños de las anteriores generaciones ni siquiera llegaron a soñar.

¿Dónde encontraremos el punto fijo para orientarnos a la hora de hacer frente a todos estos nuevos desafíos? Quizá pueda ayudarnos el símbolo sobre el que, precisamente, gira el cartel de Navidad del Ayuntamiento. Me refiero a la estrella de Belén, una luz que apareció repentinamente en el cielo para guiar en su camino desde lejanas tierras a los tres sabios venidos de oriente.

Quizá también nosotros podamos hacer como ellos que, bajo el resplandor de la estrella y durante un largo camino, supieron mantener la esperanza y llegar a su destino, donde descubrieron el verdadero origen del misterio de la Navidad.

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