Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

‘Lobos disfrazados de corderos’, de Fabrice Hadjadj: pensar sobre los abusos en la Iglesia

Juan Cerezo Soler es secretario técnico de la Biblioteca de Autores Cristianos (BAC)

Arrancando de un caso muy concreto de abusos en el seno de la Iglesia francesa, Fabrice Hadjadj ofrece, sin salirse un punto de su línea habitual, un análisis que no se contenta con dolerse sentimentalmente por las víctimas ni con sumarse a la lapidación de los culpables. Lobos disfrazados de corderos (Encuentro) viene a hacer, desde la fe, una lectura de aquel acontecimiento —que fue el de Jean Vanier y los hermanos Philippe— aunque bien podría valer para cualquiera de los abusos eclesiásticos que, cada cierto tiempo, copan los titulares de medio mundo. ¿Y cómo indagar en tales abusos y presentarlos en toda su sordidez sin tomar partido, sin perder la frialdad objetiva que se exige al analista y merced a la cual su alegato no se convierta en un grito más que en medio del linchamiento? Pues declarando, de primeras, el barro que compartimos con el abusador, que no existen villanos químicamente puros y que se pueden juzgar unos actos, pero no desde una atalaya moral sino con «la solidaridad de los bajos fondos» (p. 8). De esta clave inicial emana la segunda, pues sabiendo esto, uno entiende que no conviene apresurarse en la ejecución del criminal una vez se hace público su escarnio, pero tampoco en la alabanza al virtuoso, que siempre está en riesgo de despeñarse del altar que le erigimos y no debe este, por tanto, ser demasiado elevado. Por su propio bien y por el nuestro. Asentado esto, bien se puede avanzar en la búsqueda de la voz de Dios, que también late en medio del escándalo y que nos recuerda, una y otra vez, que al principio de libertad le sigue casi siempre un misterio de iniquidad (2 Tes 2,7).

Un mundo que consume vorazmente «testimonios» y «hagiografías» distorsionadas, no como ecos de la acción de Dios sino como historias de superación bonitas y edificantes, se halla finalmente sin respuestas ante estos lobos —que podemos ser cualquiera— y no es en ese baño de sales pseudoliterario donde se tiene que buscar la luz, sino en la Sagrada Escritura. Ahí es, precisamente, donde acude el autor. La Biblia ofrece un género de respuesta muy particular, previo a la pregunta, que no tiene miramientos con el lector y que, por supuesto, ni propone soluciones técnicas inmediatas al problema ni guías para la correcta prevención de futuros casos. Y, sin embargo, salvo eso, contiene todo lo demás: desde la serpiente que tienta adoptando el tono de un verdadero guía espiritual hasta el constructor del arca que salva el mundo para terminar borracho perdido en presencia de sus hijos; hay llamadas de atención sobre el religioso que es rico en ofrendas pero seco en obras, sobre los falsos profetas, así como sobre los profetas verdaderos que caen en la ignominia; reyes aclamados en público y asesinos en privado o sabios que lo saben todo menos lo idólatras que terminarán siendo. No hay un solo espacio de la condición humana que quede sin iluminar en el Antiguo Testamento. Y ese es el recorrido que nos sugiere Hadjadj: no un comentario escriturístico al uso, detallado, exhaustivo o académico, sino una lectura del abuso, de nuestra naturaleza abusiva, a la luz de la Sagrada Escritura, no tanto —insistamos— para juzgar a los actores como para reconocerse en ellos, casi como en un juego de espejos, previniéndose con Santiago (1,23-24) de parecerse «al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era». Porque si algo puede extraerse del abuso es que al endiosiamento le sigue la soberbia, y de ahí la caída; que no hay tanto que temer por el abusador descubierto, que ya muerde el polvo, como por nosotros, «que podemos pensar que el desastre se limita a su grupo» (p. 80) y que no tenemos nada que ver con él. 

Pero no es ahí, en ese lugar de reconocimiento, donde termina su lectura. No suele Hadjadj contentarse solo con elaborar un diagnóstico que, aunque elocuente, poco o nada consuele al que aún precisa respuestas. No se limita el escritor a pensar la cuestión y a presentarla en buen estilo, sino que ahonda en ella hasta llegar al punto en que la letra toca la vida, o lo que es lo mismo, en que el Verbo se hace carne. Sin eso, esta no sería más que otra de tantas elucubraciones sesudas sobre el asunto, quizá con una prosa algo más aseada, pero inútil en todo caso para el que ha sido aplastado por la tragedia. Nos recuerda, hacia el final, que naturaleza tan envilecida, tan enfangada y podrida como la humana recibe, no obstante, una y otra vez, la mirada misericordiosa de su Dios, de su Hacedor, que llega a asumirla y a entrar de pleno en ella, abrazándola aunque ello le suponga insertarse en un linaje de asesinos e idólatras. Dios practica sobre la humanidad una misericordia que va más allá de la simple compasión sentimental y que entra a través de las rendijas de la herida de la víctima, claro, pero también del que no es víctima, del que se erige como juez e incluso —y hay que decirlo— del propio verdugo. Es una zona de la misericordia a la que solo Dios puede llegar, únicamente posible para aquel que ha conocido en sus carnes, como víctima inocente que fue, el peor de los maltratos, para el que ha tocado con su presencia el rincón más oscuro y frío del infierno y que, regresando, testimonia con su cuerpo que es Él, y no la muerte, quien cierra con broche maestro toda nuestra historia.  

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now