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Fabrice Hadjadj: «Nadie había hablado de los abusos desde una lectura bíblica»

El pensador francés acaba de visitar nuestro país, donde sus seguidores son legión. Antes de participar en el prestigioso EncuentroMadrid, hizo un hueco en su muy apretada agenda para atender a ECCLESIA en la Universidad de Navarra

Fabrice Hadjadj (Nanterre, 1971) es uno de los filósofos cristianos de mayor éxito internacional. En sus ensayos y piezas teatrales resuenan ecos e influencias de Aristóteles, santo Tomás, Heidegger o Lévinas, ropajes intelectuales adquiridos en su odisea desde lo profundo: del anarquismo nihilista y las tertulias con Houellebecq al encuentro con Jesucristo en la Iglesia de Roma. De ascendencia tunecina, y pese a haber crecido y sido educado en la cultura —que no fe— judía (sus padres eran maoístas), la conversión de Hadjadj tuvo lugar desde el ateísmo militante. En su prolija obra ha pensado con originalidad y atrevimiento una miríada de temas, desde el transhumanismo a la paternidad, pasando por los demonios o la tecnocracia, pero le faltaba uno importante sobre el que lanzarse con singularidad y valentía: su último libro, Lobos disfrazados de corderos (Encuentro), anima a «pensar sobre los abusos en la Iglesia». Miembro del Consejo Pontificio para los Laicos desde 2014, es padre de diez hijos. Y se nota, pues emana paciencia y utiliza un tono muy didáctico, del todo alejado de la estrella literaria en que sin duda se ha convertido.  

Lobos disfrazados de corderos se erige en una aproximación a la herida de los abusos desde la historia de la salvación. ¿Cree posible encuadrar esta lacra en el plan salvífico de Dios?  
Entiendo que uno se podría formular una pregunta similar, por ejemplo, después del terrible terremoto de Lisboa en el siglo XVIII. Hablar de que tragedias así puedan tener un papel providencial sería dar una explicación humana. Lo que está claro es que existe el mal y que, a nuestros ojos, éste permanece como algo incomprensible. Pero, en realidad, el mal siempre es la privación de bien y, por lo tanto, no hay nada que debamos comprender sobre él. 

¿Hablar, por tanto, en términos de Providencia sobre el mal equivaldría, en su opinión, a justificarlo?
Totalmente. Yo no puedo afirmar que haya un plan providencial en el que los abusos o cualquier otro mal encajen o no; lo que sí sabemos, a mayor escala, es que Dios permite el mal para extraer de él un bien. Sin embargo, no podemos convertir esta reflexión en una cuestión moral, porque podría deformarse hasta llegar a alentar el pecado para después afirmar que es un bien. Por ejemplo: si viera a alguien que lleva una vida demasiado agitada, podría romperle una pierna con el propósito de que se abriera a la contemplación. Nadie tiene derecho a hacer eso. Lo que quiero decir es que no podemos imitar a la Providencia en aquello que tiene de oscuro; este es punto oscuro y hay que insistir en ello. Los abusos son injustificables, pero hay que reconocer también que la revelación bíblica nunca deja de hablarnos de abusos.

En el fondo, son otra negligencia trágica en el uso de la libertad…
La Biblia, cabe recordar, no habla de personas que están en las tinieblas y van hacia la luz. No es, al menos de manera primordial, una historia de liberación, sino una historia de libertad y, en consecuencia, de responsabilidad. Es una historia que empieza en la luz, donde Dios nos da su luz, nos la confía y somos sus responsables. Pero sin olvidar que podemos hacer un mal uso de ella, que podemos abusar de los dones de Dios. Esto se ve desde los comienzos, en el jardín del Edén, o después de la huida de Egipto, con los jueces y los reyes de Israel… ¿Y qué es lo que nos dicen constantemente los profetas? Habéis recibido los dones de Dios, a ver qué estáis haciendo con ellos. 

¿Diría que no confiamos lo suficiente en la Escritura para afrontar los problemas de nuestro mundo?
Es posible que olvidar estas cuestiones que están meridianamente claras en la Biblia haya facilitado los abusos y, si cabe, que estos nos hayan conmocionado con más fuerza. Como cristiano, soy consciente de mi propio pecado. Ni puedo ni voy a ponerme en la posición de juez contra nadie. Pero hubo un momento en que me di cuenta de que, con todo lo que se había hablado sobre los abusos, había un discurso que nadie había mantenido hasta entonces: pensar respecto a los abusos en la Iglesia. Por eso, hay un juego de palabras en el subtítulo de Lobos disfrazados de corderos, Pensar sobre los abusos en la Iglesia: se refiere no solo a pensar sobre los abusos en el seno de la Iglesia, sino a pensarlos en y desde la Iglesia. Llegados a este punto, para mí era esencial abordar la cuestión desde la enseñanza bíblica. Existen, pues, lecturas diferentes que se pueden hacer a partir de los abusos: una lectura periodística, una sociológica o, simplemente, quedarnos atrapados en la indignación o en la negación de los mismos. Pero también lo que propone este libro: a partir de una lectura bíblica, preguntarme yo mismo qué me dicen a mí estos abusos, reflexionar sobre el momento en que yo mismo caigo en un abuso de lo que he recibido de Dios. 

¿Cómo encontró el tono y pulso para evitar caer, por un lado, en la condena o simpatía con el abusador, y, por el otro, en la frialdad de quien se parapeta tras la objetividad del analista?
Yo no había previsto escribir este libro, no tenía ninguna inclinación por el tema de los abusos. Simplemente, me encontré un día con el autor de uno de los libros importantes sobre los hermanos Philippe; también tengo muchos amigos que eran miembros de la comunidad de San Juan y, de algún modo, discípulos del hermano Marie-Dominique… y ha sido un poco por accidente, me he interesado por este asunto por determinadas casualidades. He leído textos sobre ellos y lo que más me llamó la atención fue el misterio dramático que encerraban estas historias, no las leí ni con afán de condenar ni para justificarlos; me sumergí en sus historias como un autor de teatro que se interesa por la complejidad de sus personajes. El padre Marie-Dominique Philippe, por ejemplo, tiene una vasta obra sobre Teología y cuestiones espirituales, pero, para mí, la complejidad de su personaje era mucho más interesante que sus libros. Me encontré ante un personaje de novela, cuya historia tenía incluso más fuerza que cualquier ficción literaria, y por eso me interesó. Desde luego, no tenía ninguna fascinación por los abusos ni deseo alguno de señalar con el dedo a hombres que habían caído. 

La Iglesia, lamentablemente, no es ajena a lo que usted llama paradigma tecnoeconómico, es decir, el recurso a externalizar los problemas y buscar soluciones técnicas a los mismos. ¿Nota usted una cierta ansiedad en el seno de la comunidad católica por el hecho de que no se pueda encontrar una solución a los abusos ni un protocolo que nos proteja de ellos en el futuro?
La Iglesia puede y debe dar una respuesta a los abusos, pero, desde luego, no una solución. ¿Qué podría suponer una solución o una prevención total, como la que se pide? No solo supondría aniquilar la libertad humana que siempre es capaz de pecar, sino también el fin de la evangelización, la posibilidad de que un sacerdote se encontrara con un joven o con una mujer. Habría también que prohibir el secreto de confesión para incluir testigos… Evidentemente, nada de esto es posible, pero hay que ser conscientes de que este no es el único problema para el que no hay una solución. Pedir una solución sería, en el fondo, negar la posibilidad misma que Dios ha elegido para salvarnos. Él ha decidido salvarnos a través de la Encarnación y esto es de una generosidad inimaginable. Podría habernos salvado sin contar con nosotros, sin hacernos responsables. Podría haber hecho que escuchásemos voces en nuestra cabeza que nos dieran indicaciones, pero Él ha querido que haya hombres que sean su voz en el mundo y el canal de su gracia a través de los sacramentos. Pero esto conlleva un riesgo: que estos hombres, instrumentos de la salvación, pueden también abusar y pervertir este regalo. 

Es muy potente su asociación entre Encarnación y abusos…
La Encarnación es la condición de posibilidad del abuso, pero, evidentemente, el abuso no es lo que busca la Encarnación. Sí, en cambio, mostrar la generosidad divina que confía al hombre la participación en la salvación. Por eso es por lo que le decía que nunca habrá solución para los abusos, porque la confianza se puede quebrar. Pero esto nos dice algo sobre la esencia del cristianismo: que no es tecnócrata ni totalitario, no nos ofrece recetas automáticas; el cristianismo es fundamentalmente dramático, conlleva el riesgo de la generosidad, como un padre confía a su hijo el cuidado de la casa, y el hijo manifiesta una grandeza cuando cumple. Si el padre no hubiera confiado en él, el hijo no habría crecido ni se habría sentido responsable. Ahora bien, el hijo también puede organizar orgías con drogas y alcohol aprovechando la casa vacía…

Hablando de padres e hijos: ¿le parece que esta búsqueda de recetas mágicas está poniendo en entredicho el instinto paterno y la naturalidad en las familias?
Lo primero de todo, un padre no es un experto. La misión del padre no es la de impedir que su hijo viva, que el hijo arriesgue su vida persiguiendo sus ideales. Y, por lo tanto, tratar de evitar que se dirija a un futuro que escapa al control de los padres. Estamos rodeados de un cierto número de ideologías y de una mentalidad tecnológica, y, por tanto, también es peligroso para un padre pensar que su paternidad es también una tecnología, es decir, buscar el método automático para que el hijo esté protegido de los peligros de este mundo. Las cuestiones pedagógicas han invadido la vida familiar y nos pasamos el tiempo leyendo manuales de qué hacer con nuestros hijos, etc. Esto da idea de que el niño debe ser el centro de la familia, cuando es también importante que vea a su padre haciendo cosas por su cuenta. 

¿Qué influencia cree que está teniendo sobre la paternidad el acoso y derribo de la cultura woke a la masculinidad tradicional?
Con el wokismo existe un peligro, y es simplemente el de proponer una contraideología. Decirle a tu hijo que el wokismo es malo, que la transexualidad es mala… y acabar teniendo una actitud defensiva y reaccionaria. A mi modo de ver, el wokismo está animado por una desesperanza, una desesperación. No se trata ni de una ideología de izquierdas ni libertaria; simplemente es el resentimiento contra el hombre blanco responsable de la colonización porque el proyecto progresista occidental ha fracasado. No hay progreso, y además nos encontramos ante una crisis que podría llevar a la desaparición a la especie humana. Así, parece que hemos llegado a un punto en el que ya no hay reglas y en el que cada uno puede decir y hacer lo que quiera. En este contexto, lo primero que debe comunicar un padre a su hijo es una esperanza, no una lucha contra las ideologías. Darle esperanza a tu hijo es decirle que es bueno que exista, que es, como afirma el papa Francisco, una misión en esta tierra. El wokismo, la desesperanza y las tinieblas son estupendos, porque son la prueba de que estos padres y estos hijos están aquí para llevar una luz. La figura del padre debe subrayar e insistir en esta esperanza que es heroica. Hannah Arendt dice que cada nacimiento es un nuevo comienzo y que el padre debe estar ahí para transmitir un legado, afirmar que estar en el mundo es un bien y lanzar al hijo a la aventura de la existencia. 

Teniendo en cuenta esto, la sentencia de que el padre tiene que dar la espalda a sus hijos es cuando menos provocativa…
El padre no debe estar solo volcado hacia los hijos. Cuando digo que el padre debe darle la espalda a sus hijos pienso en la misma escena en que Cristo nos da la espalda a nosotros y nos dice: «Sígueme». En mi libro Ser padre con san José también evoco estos cuadros en los que san José trabaja la madera y el niño Jesús se dedica a ver cómo trabaja su padre. Cristo, en el Evangelio de san Juan, dice que «el Padre me enseña todo lo que hace». Es fundamental que el padre haga cosas por su cuenta y vea su vida también como una misión. De la misma forma que uno no puede estar todo el día con el móvil y decirle a su hijo que tiene que leer, debe mostrarle que hay que leer leyendo, y decirle alguna vez: «Deja de molestarme».

Hablando de pantallas y tras haber escrito sobre los demonios, ¿diría que la falta de atención es hoy en día el arma más poderosa del diablo para alejarnos de Dios? 
Diría que gracias a los aparatos electrónicos, el demonio ya ni tiene necesidad siquiera de venir a tentarnos. Nuestra atención esta tan fracturada y fragmentada que somos incapaces de recogernos y resistir. El demonio, no lo olvidemos, se manifiesta allí donde no hay aparatos: en el desierto, donde están los monjes, que son quienes verdaderamente libran un combate directo con el demonio. Evidentemente, nosotros también tenemos un combate que luchar contra los móviles, y no es menos cierto que estos aparatos facilitan la tarea del demonio. Sin embargo, hay que tener cuidado siempre, porque no hay lugar en el mundo que esté resguardado del maligno. Cuando logremos acabar con esta adicción a la tecnología solo habremos logrado estar en la situación de los monjes del desierto. Nuestra única ventaja es que, entonces, podremos decir que empieza el verdadero combate. 

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