Andrés pasa de los setenta años. Tiene el pelo blanco. Sus arrugas testifican el paso del tiempo y la mirada, aunque algo perdida, denota la quietud de la experiencia. Durante años trabajó en los Altos Hornos y ahora vive con su hija,en una urbanización de extrarradio en Madrid. Echa de menos el País Vasco y sobre todo su gente. «Aquí cada uno va a sus cosas». Todos los días, a eso del mediodía, se sienta cerca de la parada de autobús más cercana a su casa. Al sol en invierno, a la sombra en verano. Desde allí espera pacientemente la llegada de su nieto. Día tras día. «No siempre viene», dice. «A veces se retrasa o no llega». «Así son los chavales», justifica.
Al final de la calle se ve llegar una camioneta verde. Queda otra parada antes, pero Andrés nervioso e ilusionado se levanta y espera su llegada. Ni rastro del nieto. Bajan un montón de chavales, pero nadie se acerca a él. Comienza a andar y vuelve solo hacia su casa.
Es una estampa cotidiana. A Andrés lo veo casi todos los días. A su nieto no lo he visto, pero nunca he dudado de su existencia. Porque Andrés me da testimonio de ello y lo más importante, me muestra lo bello que es la espera. Andrés tiene fe en la llegada de su nieto y yo también, aunque no lo haya visto, porque me transmite la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.
Cada día que lo veo pienso en la importancia de saber esperar, en la necesidad de afrontar las tribulaciones con buena actitud y sobre todo evitar la frustración de no encontrar lo que buscabas. Probablemente, sean necesarios muchos años y muchos golpes para alcanzar ese grado de paciencia. Me da envidia. El hombre de hoy solo busca cuando sabe que algo llega. O aún peor, se piensa que con determinadas actuaciones y de manera autosuficiente podrá conseguir cualquier cosa. Y luego llegan las frustraciones e incluso enferma cuando no consigue lo anhelado. Desespera y la ilusión poco a poco va muriendo. La vida incluso pierde su valor.
No es el caso de aquel que sabe que todo llega. Andrés sabe que su nieto llegará. Si no es hoy, será mañana o pasado. Qué más da. Durante un tiempo lo veía y pensaba que era una perdida de tiempo. Un acto sin valor. Ahora, tras muchos meses viéndolo esperar, me he dado cuenta de lo equivocado que estaba, su vida tiene un valor infinito. Tiene una poderosísima razón para vivir, una razón de ser: su nieto. Aquel que tiene un abuelo que siempre le espera.





