Carlos Izquierdo Yusta es vicario general de la archidiócesis de Burgos y delegado de Cultura
En el mes de febrero pasado, el teólogo italiano Pierangelo Sequeri abrió un debate en el periódico Avvenire sobre la relación entre los católicos y la cultura. En su intervención, insistía en la fattica de los católicos italianos actuales para expresar el tesoro de la fe, acumulado durante tanto tiempo, en el lenguaje de la cultura contemporánea. Más aún, en su análisis sentenciaba que la vida cristiana, otras veces tan sugerente, ahora no lograba combatir la fuerza del nihilismo que devora el alma humana y la sumerge en la desesperanza ante la falta de horizonte. Su sentencia era contundente: de momento no se ve que nada cambie, tan solo «mucha moral, poca comunidad y cero cultura». La expresión ha suscitado numerosas reacciones, prueba de ello es que el debate continúa en el mismo periódico a día de hoy (el último artículo es del sociólogo Pierpaolo Donati, el pasado 14 de diciembre).
Salvando la distancia con Italia, donde este tipo de debates sobre temas religiosos actuales son siempre interesantes y funcionan sin caer en la polarización, me pregunto hasta qué punto esa autoacusación nos afecta. Más aún, cuando en una entrevista al presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, en febrero de 2024, se lamentaba en primera persona de que la Iglesia (italiana) insiste demasiado en la letra, pero no sabemos explicar el espíritu. Aun trabajando mucho, resulta poco atractiva y alejada de las elecciones de las personas, en un contexto individualista y nihilista.
La relación de la fe con la cultura es difícil explicarla mejor de como lo hizo Juan Pablo II: «Una fe que no termina en cultura es una fe no acogida plenamente, no pensada internamente ni vivida con fidelidad». En nuestra archidiócesis, hemos vivido recientemente el VIII Centenario de la Catedral, con más de 500 actividades, muchas de ellas culturales y de alto nivel. Sin duda, el aspecto más positivo ha sido el trabajo conjunto de toda la sociedad burgalesa. Recientemente, lo recordaba Pablo González Tornel, director del Museo de Bellas Artes de Valencia, quien quedaba sorprendido no solo por la presencia de instituciones políticas, sociales, empresariales, militares, culturales, etc. de todos los signos en un acto cultural, sino por la naturalidad con la que discurría la inauguración de la exposición sobre Sorolla que acoge estos días la renovada Sala Beato Valentín Palencia de la catedral. Entre pasillos, elogiaba que la seo, espacio religioso, hubiera logrado esta unidad en torno a la cultura y que dicha unidad continuara en un evento abierto a todos.
Al cerrar el balance de 2024, recogemos números elogiosos de eventos culturales realizados por toda la archidiócesis: apertura de los templos en Semana Santa y verano con más de 120 voluntarios culturales, conciertos, conferencias y representaciones teatrales en muchos de nuestros pueblos, con presencia activa de las comunidades parroquiales —sirvan de ejemplo representaciones históricas como El Cronicón de Oña o Juana la Loca, las procesiones o representaciones de la Pasión en Semana Santa o los belenes vivientes—. Todas ellas mueven un número ingente de voluntarios, a menudo jóvenes, muy identificados con el arte que expresan.
A esta larga lista podemos añadir las jornadas de formación o de cursos en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, orientados a capacitar al creyente para escuchar y entender mejor los problemas e inquietudes de hoy. Y no digamos el esfuerzo por la conservación del patrimonio cultural.
Estos esfuerzos culturales merecen una reflexión en el marco del Jubileo y de ser candidatos a Capital Europea de la Cultura. Cultura y creación van unidas, cultura y encuentro son el signo del Reino de Dios. ¿Hasta qué punto la calidad de esa cultura que generamos responde a una fe pensada y vivida con fidelidad? ¿Hasta qué punto el encuentro en la creación permite atisbar la novedad de la vida cristiana y su respuesta al nihilismo o la falta de esperanza?
La Noche de Arte y Oración (NAO) cumplirá cuatro ediciones viajando a Aranda de Duero; las Jornadas Ciencia y Cristianismo sumarán trece; Diálogos en la Catedral seguirá afrontando temas de actualidad en clave humanista; el Museo del Retablo acogerá el cuarto programa Museo Sonoro con Artista en Residencia y el II Simposio sobre el Retablo Iberoamericano en colaboración con la Universidad de Burgos; seguirá la III Edición del Festival Música y Teología. Por otra parte, apuestas como la creación de la Fundación Ars Burgensis o la remodelación de la Sala Beato Valentín Palencia, ya citada, por parte del Cabildo de la Catedral, muestran que muchas de las iniciativas anteriores tendrán un soporte estructural y profesional. Son apuestas que responden a sinergias previas, producto del tesoro de la fe del que somos depositarios y agentes activos.
Todas ellas, y otras que vendrán a lo largo de 2025, con motivo de los 950 años del traslado de la sede aucense a Burgos, serán una oportunidad para hacer más significativa la vida cristiana de los creyentes burgaleses tanto en sus comunidades como en la plaza pública. Algunas de ellas, sobre todo las de carácter artístico, están protagonizadas por creadores de inspiración cristiana, pero ya lejos de una experiencia de fe y de comunidad creyente. Dicen que la belleza salvará al mundo y que el arte es el lenguaje de Dios, pues hagámoslo efectivo.






