El día 26 de enero, la Iglesia celebra el VI Domingo de la Palabra de Dios. La celebración tiene como objetivo poner a la Palabra divina en el centro de nuestra atención pues en ella está el tesoro de la verdad de Dios, del hombre, del sentido de la vida. Se encuentra también el mapa que nos indica el camino para llegar a la meta que es, a nivel personal, la santificación, la identificación con Cristo y, a nivel comunitario y social, el Reino de Dios. Y, en fin, se encuentra también la vida, puesto que la Palabra nos regenera personal y comunitariamente.
Teniendo en cuenta que el tema propuesto por el Papa Francisco para el Jubileo 2025 es la esperanza, se ha elegido como lema para el Domingo de la Palabra una frase tomada del salmo 119: “Espero en tu Palabra”. En la Bula de convocatoria del Jubileo Spes non confundit, el Santo Padre nos invita a buscar precisamente en la Palabra razones para la esperanza (cf. 1). Acerquémonos, pues, a ella para encontrar a aquél que es de fiar, a aquel en el que hemos puesto nuestra esperanza como la pusieron los discípulos de primera hora y un centurión romano.
Son bastante los pasajes bíblicos en que se advierte la conexión entre Palabra de Dios y esperanza. Quizá el más significativo lo encontramos en el evangelio de s. Lucas. En él se nos narra cómo en una ocasión, después que Jesús hubiera estado hablando a la gente agolpada en torno a Él desde la barca de Simón, le pidió al cabeza de los apóstoles que remara mar adentro y lanzara las redes para pescar. La respuesta de Pedro fue significativa. Efectivamente, habían pasado la noche pescando y no habían logrado ninguna pieza, sin embargo, confiando en el poder del Señor y, sobre todo, confiando en su generosa disposición a ayudar al necesitado, le respondió: “En tu palabra, echaré las redes” (Lc 5, 5). La pesca fue tan abundante, que las redes “comenzaban a reventarse” (Lc 5, 6).
Por su parte, el evangelista s. Juan nos presenta un momento de crisis en la relación de Jesús con sus discípulos. Se había presentado en la sinagoga de Cafarnaún como el pan de vida. Los oyentes habían quedado estupefactos al oírle decir que, el que lo comiera, tendría vida eterna. Ante la dureza del mensaje, muchos lo abandonaron. Desde la decepción, Jesús se dirigió a los Doce para preguntarles: “¿También vosotros queréis iros”? La respuesta de Pedro fue decidida: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes Palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).
La confianza en aquel que pronuncia una palabra poderosa se extendió más allá del reducido círculo de los Doce. El hecho tuvo lugar también en Cafarnaún. Allí, un centurión romano que tenía un criado al que valoraba y quería, salió al paso de Jesús para confesarle que su sirviente estaba paralítico y padecía unos dolores muy fuertes. Jesús, movido por la compasión, se mostró disponible para acercarse a su casa: “Voy yo a curarlo” (Mt 8, 7). Pero el centurión, lleno de humildad, le replicó: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano” (Mt 8, 8).
En definitiva, la Palabra de Jesucristo suscitaba esperanza en todo el que lo conocía por provenir de alguien de fiar: nunca hizo una promesa que incumpliera, nunca dijo una Palabra que no surtiera su efecto, nunca propuso un reto que no afrontara. Por ello, tanto sus discípulos más cercanos como el grupo de los Doce, como los más alejados -el centurión romano es una muestra- todos confiaban en su palabra y, en definitiva, en su persona.







