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Papa Gemelli

El papa Francisco desde el Gemelli: «Siento en el corazón la bendición que se esconde dentro de la fragilidad»

Reitera su llamamiento en favor de la paz: «Desde aquí la guerra parece aún más absurda»

Nueva jornada del papa Francisco en el hospital. De nuevo, pasó una buena noche y pudo descansar. Al despertarse, desayunó, tomó café y leyó los periódicos. Más tarde, recibió la visita del secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, y del sustituto de la Secretaría de Estado, Edgar Peña Parra.

Aunque no pudo dirigir el rezo del ángelus, el Vaticano sí hizo pública su reflexión en torno al Evangelio, así como su reiterada llamada a la paz. No faltaron tampoco las referencia a su convalecencia.

«Siento en el corazón la bendición que se esconde dentro de la fragilidad, porque precisamente en estos momentos aprendemos aún más a confiar en el Señor; al mismo tiempo, doy gracias a Dios porque me da la oportunidad de compartir en el cuerpo y en el espíritu la condición de tantos enfermos y personas que sufren», confiesa el Pontífice.

También da las gracias a todos por las oraciones en todo el mundo: «Siento vuestro afecto y vuestra cercanía y, en este momento particular, me siento como llevado y sostenido por todo el Pueblo de Dios». Un agradecimiento que hace extensivo a las personas que lo cuidan en el hospital, médicos y trabajadores sanitarios.

Al final de su texto, Francisco reitera la necesidad de rezar por la paz: «Desde aquí la guerra parece aún más absurda. Rezamos por la atormentada Ucrania, por Palestina, Israel, Líbano, Myanmar, Sudán, Kivu».

¿Cómo miro a otras personas?

Al hilo del Evangelio, el de la viga en el ojo, Francisco destaca dos cuestiones: la vista y el gusto. En primer lugar, señala la importancia de «entrenar los ojos para observar bien el mundo y juzgar con caridad al prójimo». «Solo con la mirada de cuidado, no de condena, la corrección fraterna puede ser una virtud. ¡Porque si no es fraterna, no es corrección!».

En relación con el gusto, el Papa explica que los frutos que vienen del hombre se muestra, por ejemplo, a través de las palabras. «Los malos frutos son las palabras violentas, falsas, vulgares; los buenos son las palabras justas y honestas que dan sabor a nuestros diálogos».

«Y entonces podemos preguntarnos: ¿yo cómo miro a las otras personas, que son mis hermanos y hermanas? ¿Y cómo me siento mirado por ellos? ¿Mis palabras tienen un buen gusto, o están empapadas de amargura y de vanidad?», concluye.

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