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Colecta de Viernes Santo: expresión de la caridad fraterna

Queridos hermanos:

El camino de la Cuaresma avanza y ya estamos a las puertas de la Semana Santa. Las cofradías y hermandades penitenciales de nuestra diócesis se afanan en tener todo a punto para la celebración de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo: los hábitos, los pasos, las flores, las velas, las bandas… Y donde no hay cofrades, no faltan hermanos que se comprometen generosamente para que todo esté listo en las celebraciones y en las procesiones. A todos, muchas gracias por tan valioso servicio.

Este Año Jubilar, las procesiones nos convierten en «peregrinos de esperanza». Caminar físicamente detrás de Jesús con la cruz a cuestas evidencia nuestra condición de peregrinos cargando con la cruz de cada día.

Las procesiones convierten nuestras calles y plazas en una recreación de Jerusalén, de la Vía Dolorosa que conduce del Palacio de Pilato al monte Calvario, donde se desarrollaron los acontecimientos centrales de nuestra fe: la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Y es inevitable que también nuestro pensamiento vuele hasta aquellas “tierras santas” rodeadas en estos días de guerra, violencia y destrucción, como en los tiempos de Jesús.

Desde los primeros siglos cristianos, ha sido una preocupación constante el apoyo y la cercanía de toda la Iglesia con las comunidades cristianas de Tierra Santa. San Pablo recuerda en sus cartas aquel momento en que Bernabé y él recibieron el mandato de anunciar el evangelio a los pueblos gentiles diciendo: “Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir” (Gál 2, 10). En las Iglesias que iba fundando por todo el mundo instituía la colecta para los pobres de Jerusalén (1Cor 16,1-4). Era una iniciativa totalmente libre y espontánea, que expresaba la deuda de sus comunidades con la Iglesia madre de Palestina, de donde les había llegado el don inefable del Evangelio. Tan grande es el valor que Pablo atribuye a este signo de fraternidad que raramente la llama simplemente «colecta». Para él es más bien «servicio», «bendición», «amor», «gracia», incluso «liturgia» (2Cor 9). Todo eso significa la colecta: es culto agradable a Dios y expresión de la caridad fraterna, une el amor alos pobres y el servicio divino.

El Papa Clemente VI en 1342 recuperó está colecta en favor de los Santos Lugares para la Iglesia universal. El Papa San Pablo VI estableció que esta práctica de caridad y comunión se realizarán en todos los templos y oratorios pidiendo también en la oración por la comunidad católica de Tierra Santa, que “ha soportado innumerables adversidades y que ha estado sujeta a amargas vicisitudes… y no es capaz de mantenerse a sí misma y, por lo tanto, necesita nuestra benevolencia y ayuda” (Nobis in animo, 1974). Esta colecta, tradicionalmente, se celebra cada Viernes Santo.

San Pablo decía a sus comunidades, con ocasión de la primera colecta, que contribuyan “como un regalo y no como una exigencia”: “Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 5-7)

En Semana Santa todos nos convertimos por unos días en ciudadanos de Jerusalén. Que cada vez que saquemos y acompañemos a nuestras veneradas imágenes por las calles seamos testigos de devoción por nuestra fe en el Señor, y también de amor por nuestra caridad fraterna. Que, por nuestro testimonio, cuando la gente vea las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su Santísima Madre y de las escenas de la pasión, afloren en su alma los mejores sentimientos y esa paz interior que proviene de la presencia de Dios en nuestras vidas.

Animo a todos a participar en las celebraciones de los misterios centrales de nuestra fe y a crecer en amor fraterno hacia el prójimo, especialmente el más necesitado. Que no nos olvidemos de los santos de Jerusalén. Con mi bendición,

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