Bessarión Spyridon Komzias es arzobispo metropolitano ortodoxo de España y Portugal
Con motivo del fallecimiento del papa Francisco y de la inminente elección de su sucesor, quisiera compartir algunas reflexiones que nacen directamente de mi corazón. Primero, como cristiano, y segundo, como obispo cristiano de la Iglesia ortodoxa.
En la experiencia litúrgica de la Iglesia, los domingos posteriores a la Pascua son el Domingo de Tomás y el Domingo de las Santas Mujeres Miroforas. En la experiencia de la Iglesia, ha quedado la expresión «el incrédulo Tomás», pero también en la experiencia litúrgica de la Iglesia se escribe muchas veces «¡Oh, de tu buena incredulidad, Tomás!».
En realidad, la incredulidad de Tomás fue la que confirmó, verificó el testimonio de la verdadera Resurrección de Cristo. Porque, el propio Tomás, alegando su incredulidad, tocó el costado atravesado por la lanza del soldado cuando Cristo estaba en la cruz. Y al tocar Tomás el costado de Cristo, en ese momento percibió, sintió, el misterio vivo de la Resurrección de Cristo.
El domingo siguiente, para nosotros los ortodoxos, está dedicado a las mujeres Miroforas, quienes decidieron, muy de madrugada después de la fiesta del sábado de Pascua, ir y perfumar a Cristo, como era la costumbre de los judíos.
No tuvieron miedo. Decidieron ir a cumplir con su deber.
La lectura evangélica nos describe que ellas encontraron la cueva abierta, con la gran piedra removida, y que junto a la tumba de Cristo estaba sentado el Ángel resplandeciente, diciéndoles: «¿Por qué buscáis al vivo entre los muertos?»
Creo, personalmente, que la vida del Papa Francisco osciló entre estas dos situaciones. Por un lado, la incredulidad de muchas personas respecto a la persona misma de Cristo, pero también respecto a la existencia, el servicio y la misión de la Iglesia en el mundo.
El mismo Papa demostró, con su sencilla, accesible, expuesta, humana y amable personalidad, que cualquiera puede tocar a Cristo.
No solo puede tocar a Cristo, sino que puede tocar la herida de Cristo, que es precisamente lo que sana al Hombre.
En la himnografía ortodoxa, tenemos esta hermosa expresión: que Cristo vino para salvar «la Gran Herida», es decir, al hombre.
El papa Francisco, con su sencillez, intentó también, con su modo, tocar a los heridos, creyendo que así mismo, como testimonio, puede confirmar que el Cristo resucitado puede abrazar a todos y sanarlos, siempre que todos tengan la buena duda, la buena incredulidad y la disposición de acercarse a la Iglesia.
El segundo ejemplo de las mujeres Miroforas es que también el Papa intentó, a su manera, dar su propio perfume, el testimonio de la Iglesia cristiana. Su propio aroma, considero y creo, que es tan simple como hermoso. Considero que la sonrisa que acompaña continuamente las fotos o videos que se han difundido durante todo este tiempo, con motivo de su fallecimiento, es el mejor perfume que se puede ofrecer. No solo a la Iglesia cristiana, sino a todas las comunidades eclesiásticas y a toda la humanidad.
El Papa Francisco logró ofrecer a la humanidad su sonrisa, sonrisa la cual fue su propio aroma.
Oramos, por lo tanto, todos los ortodoxos, y también yo, como obispo ortodoxo que sirve en España y Portugal, para que Dios ilumine en primer lugar a los electores y elijan a una persona que tenga la capacidad de certificar el milagro de la resurrección de Cristo y que también pueda ofrecer su propio aroma, continuando la tradición que el mismo papa Francisco dejó con su vida. Deseo que el rostro sonriente del papa Francisco encuentre descanso en el abrazo de nuestro Dios, que es la fuente de la vida, de la paz, de la alegría y del amor.







