Queridos hermanos:
Este domingo, 1 de junio, es la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que la Iglesia celebra el día de la Ascensión del Señor, aquel día en que subió al cielo y una nube lo ocultó, los apóstoles recibieron la misión de ser sus testigos hasta los confines de la tierra (Hech 1,9s).
El Papa Francisco en su mensaje para esta Jornada nos ponía como lema: «Compartan con mansedumbre la esperanza que hay en sus corazones» (1 Pe 3,16).
Estas palabras resuenan en nuestro tiempo, marcado por tensiones, desconfianza y una sobreabundancia de información que, en no pocas ocasiones, irrita más que ilumina. Como nos recordaba el Papa Francisco, en el mensaje de estas jornadas, en medio de noticias falsas, polarización y sensacionalismo, estamos llamados como cristianos a una comunicación que sane las heridas de nuestra humanidad.
La esperanza —no como consuelo ingenuo, sino como firme virtud— es un don que debemos compartir. Una esperanza que se manifiesta en las oraciones de las madres que esperan el regreso de sus hijos; en el caminar de los padres migrantes que arriesgan todo por amor a su familia; en la sonrisa de los niños que, aún entre los escombros o en los márgenes, siguen creyendo en la vida. Esa esperanza es el testimonio que el mundo necesita ver y oír hoy.
En este contexto, el Papa León XIV, en su primer acto público con periodistas y comunicadores, quiso poner el acento también en esa idea del Mensaje para las Comunicaciones Sociales: la comunicación está llamada a ser un puente, no una trinchera. Sus palabras son una exhortación a desarmar las palabras, a renunciar al paradigma de la confrontación, y a optar por una comunicación que escuche más que grite, que acoja más que excluya.
La libertad de expresión y el periodismo ético –dijo el Papa León XIV– no solo son derechos, sino verdaderas vocaciones de servicio. En un mundo donde la inteligencia artificial y los avances tecnológicos modelan nuevos lenguajes, el progreso nunca ha de perder su centro: el ser humano.
Como Iglesia, estamos llamados a ser testigos y promotores de una comunicación no hostil, una comunicación que pueda ser vehículo del evangelio, una comunicación que construya puentes, sane heridas y difunda una auténtica cultura del cuidado. No se trata de ocultar el mal, sino de construir el futuro, de compartir con mansedumbre, en cada información, la esperanza que el Señor ha puesto en nuestros corazones.
Que el Jubileo de la esperanza que estamos celebrando sea una oportunidad para renovar nuestra manera de comunicar y de comunicarnos en familia, en las redes sociales, en la vida cotidiana.
Rezo por todos los que, con pasión y entrega, trabajan en el mundo de la comunicación. Que su labor, hecha con integridad y esperanza, sea siempre semilla de reconciliación, verdad y vida.
Con mi bendición,







