Celebramos este domingo la solemnidad de la Ascensión del Señor. Con el regreso de Cristo al cielo se completa su misión en la tierra. El Hijo de Dios se hizo hombre para compartir nuestra vida, nuestros sufrimientos y nuestra muerte y darnos la filiación divina al querer compartir su resurrección. Una vez Cristo subido al cielo, una vez bajado el Espíritu Santo, como celebraremos el próximo domingo, nos toca a nosotros ser testigos de Cristo en este mundo en el que cada vez se le olvida más, se le ignora más e incluso quiere borrarse.
Pero Dios, a pesar de nuestros intentos humanos de negarlo, de querer eliminar su presencia de nuestro día a día, Él sigue presente. 1P 2,5) y de las que decía en la Misa de inicio de su pontificado el papa León XIV: «Todos, en efecto, hemos sido constituidos “piedras vivas”, llamados por nuestro Bautismo a construir el edificio de Dios en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia de las diferencias».
La diversidad y la unidad han sido dos ideas que el papa León nos ha repetido en estos sus primeros días de ministerio. Preservar la unidad pide esfuerzo, pide ser conscientes de que nosotros no lo somos todo, que somos débiles y nos falta la ayuda tanto del Espíritu como el de la misma comunidad cristiana para vivir en plenitud nuestra fe; rebaño guiado por un único pastor, Jesucristo. Nos lo decía también el papa León, Dios nos quiere a todos unidos en una única familia; amor y unidad son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro, la misión que nos ha confiado a todos nosotros.
Estamos llamados por el bautismo a ser testigos de la fe en Cristo muerto y resucitado, en Cristo subido al cielo y en medio de nuestro mundo. Los discípulos se quedaron embobados mirando al cielo, quedaron mirando al cielo pero con los pies en el suelo. Así debemos vivir nuestra fe, debemos mantener bien viva la relación con Dios y al mismo tiempo la relación con nuestros hermanos y hermanas. Quererlos significa llevar la buena nueva allí donde no la conocen, la han olvidado o abandonado la práctica. Es necesario mantener siempre bien firme la esperanza que nos da la fe que profesamos.







