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Pentecostés

Después de la Ascensión, el Señor Jesús envió desde el seno del Padre al Espíritu Santo, el cumplimento de la promesa del Padre, arras y anticipo del Reino de los cielos. Desde entonces, la Iglesia es signo e instrumento del reino prometido en la medida en que está animada por el Espíritu, que es su germen, su semilla en el mundo.

La forma que el Reino tiene de crecer por medio de la Iglesia no es formando una sociedad paralela, aparte del mundo, con unos pocos separados de los demás, sino que actúa como levadura, haciendo fermentar el mundo con los valores del Reino. Un mundo al que Dios Padre quiso tanto que le entregó a su propio Hijo. No se trata de conquistar espacios públicos, sino de descubrir la mano de Dios en la autonomía de la realidad creada, el amor de Dios que lo llena todo.

Por eso, en la fiesta de Pentecostés, la Iglesia celebra el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, cuyo lema este año es: “Testigos de esperanza en el mundo”. No podía ser de otra manera en este Jubileo de la Encarnación, que nos sitúa como peregrinos que caminan en medio de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con la misión de convertir los signos de los tiempos en razones de esperanza.

San Pablo puso como modelo de esperanza a nuestro padre en la fe, Abrahán: “Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia” (Rom 4,18). Es más, la promesa que recibió fue universal: «En ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra» (Gén 12,3; cf. 18,18; 28,14). No podía entrar en los cálculos humanos que siendo ya anciano y su mujer estéril tuviese descendencia. Sin embargo, esperó apoyado en la promesa de Dios, que llegaría a ser una mediación para que la salvación de Dios llegase a todos los pueblos.

En esta sociedad occidental, secular y secularizada, anciana de años y resistente a la semilla del evangelio, podemos caer en la tentación de perder la esperanza en que el evangelio es para todos, y crear nuestros propios espacios separados, renunciando a la presencia testimonial y fecunda de los ambientes donde nos movemos y existimos con el resto de la humanidad. Si nos encerramos en la privacidad de nuestras conciencias y de nuestras comunidades, renunciando al impulso misionero al mundo entero, defraudaremos el amor de Dios que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Todos esperamos, tenemos deseos en la vida, aunque muchas veces se vean contrariados, y nos lleven a desesperar, a mirar el futuro con pesimismo. Esas expectativas frustradas que dependen solo de nosotros y de nuestras fuerzas no son capaces de acabar con los deseos infinitos de bien, de paz, de felicidad para todos. Y de decepción en decepción, nos invita a abrirnos a la promesa divina. Hay cosas que no se construyen desde abajo, sino que vienen de arriba, como don y no como logro, como gracia y no como mérito. La esperanza en Dios activa nuestra espera y nos impulsa a luchar incluso por aquello que parece imposible a los ojos de los hombres.

Se trata de ser semilla, levadura en el ambiente en que vivimos y trabajamos, nos relacionamos y nos comprometemos, pensando y viviendo como Cristo vivió. La Buena Noticia del evangelio es para el mundo entero en las ciudades y los pueblos, en las familias y en los barrios… Allá donde hay vida, hay esperanza.

Con mi bendición,

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