El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal cree que el Papa ofrecerá una nueva síntesis de ese coloquio entre Evangelio y realidad que es la doctrina social para afrontar los nuevos desafíos
Luis Argüello conoce a Robert F. Prevost desde el Sínodo sobre la sinodalidad, aunque con anterioridad ya lo había podido saludar. En el Vaticano trabajaron juntos en los círculos menores, donde el nuevo Papa, explica el arzobispo de Valladolid, hizo una reflexión interesante sobre la sinodalidad desde el punto de vista democrático. La lógica que plantea León XIV es otra, la del Cántico de Filipenses, la de un Dios que se abaja y humilla para ser luego exaltado, actitud que estamos llamados a imitar. Publicamos esta entrevista cuando se cumplen dos meses de la elección de León XIV
—En su carta pastoral tras la elección de León XIV dijo que, viendo su perfil, parecía como si Dios le hubiese estado preparando para ser Papa. Es norteamericano con experiencia en Latinoamérica, conjuga labor pastoral y de gobierno, ha estado en la Curia Romana. Demasiadas coincidencias, ¿no?
—Cuando decimos que en la elección del Papa interviene el Espíritu Santo no quitamos nada a la humanidad, a las decisiones de las personas, pero vemos un discernimiento para descubrir una vocación, una vocación singularísima, como es la de ser obispo de Roma. Desde la mirada de un creyente, esa vocación está desde el inicio, aunque puesta en manos de nuestra libertad, pues no acontece de manera fatal. Leída la vida desde un acontecimiento, en este caso, la elección de un Papa, uno puede pensar que había una vocación, una vocación en círculos concéntricos: a la vida cristiana, a ser agustino, a ser presbítero, a ser obispo y, ahora, obispo de Roma. Y uno se asombra ante la preparación tan singular, tanto desde el punto de vista existencial como intelectual de Robert Prevost, hoy papa León XIV.
—¿Cómo ha vivido usted estos acontecimientos importantes en la vida de la Iglesia?
—Los he querido vivir desde esta perspectiva creyente. Por una parte, ante la realidad de la muerte de una persona, del papa Francisco. Y luego, con todo ese proceso que se ha abierto, de unirnos todos a los cardenales, que son los que tienen esta responsabilidad de responder a la voluntad de Dios. También una emoción singular, porque es la primera vez que vivo un cónclave siendo obispo. El obispo forma parte del colegio de los doce y ese colegio lo preside el obispo de Roma. Además, la experiencia de los dos sínodos, de haber sido secretario general de la Conferencia Episcopal y, ahora, presidente me ha dado la oportunidad de conocer a muchas personas, entre ellos, a muchos cardenales, y, en concreto, al cardenal Prevost. Ver salir al balcón a una persona siempre asombra, pero si es una persona conocida, con la que has compartido trabajos, no cabe duda de que supone una impresión especial y, de alguna manera, también una responsabilidad. Formo parte del colegio que preside León XIV y tengo esta responsabilidad de vivir la llamada fuerte que nos hace a la unidad para ser en medio del mundo fermento y signo de paz. No es tarea para dejársela solo a él.
—Han sido días en los que, en cierto modo, se ha producido un paso de Dios por la historia…
—Todos tenemos esta experiencia. La propia Iglesia, en la forma en la que construye el año litúrgico, reserva tiempos y días especiales para remarcar la presencia divina. Forma parte de la pedagogía de Dios con nosotros. Pero, si se me permite la expresión, creo que hay que purificar la experiencia. Hemos vivido una experiencia del Espíritu, con una acogida de León XIV con alegría por diversas realidades eclesiales y civiles, experimentando la unidad. Estos días hemos estado con los ojos y el corazón puestos en Roma. Hemos visto dos grandes celebraciones en las que la Iglesia ha aparecido como lo que es, signo de la comunión entre todos los pueblos y unión con Dios. Esta experiencia genera alegría, pero no podemos dejar de decir que vivimos en una sociedad marcada por la potencia de los medios de comunicación. Y, en ocasiones, se subraya el papel del Papa de una forma exagerada, como si fuese el superpárroco del mundo. Su papel es importantísimo para la comprensión católica, pero es el obispo de Roma, el que preside en la caridad y la comunión a las Iglesias. No evita nuestros propios discernimientos ni los pasos que tenemos que dar. Siendo estupenda esta experiencia de comunión y unidad, tiene un riesgo: convertir al Papa en un tipo de líder que realmente no es. Es bueno que nuestra admiración por el Pontífice no suponga una dejación de la responsabilidad que tenemos.
—En este tiempo, la Iglesia ha mantenido la marcha…
—La Iglesia ha seguido caminando con la alegría de bautizar, de ofrecer la primera Eucaristía a los jóvenes, de celebrar matrimonios… Y ha seguido viviendo dramas. Para algunos católicos que viven en lugares de singular persecución les ha podido resultar hasta escandaloso que los líderes de sus países estuviesen en el Vaticano y, sin embargo, en la tierra donde ellos están vivan situaciones de tremendas injusticias, de dificultades para anunciar el Evangelio. Es una situación que, expresando la belleza de la Iglesia, muestra el drama de lo que es ser instrumento de la comunión, de la caridad, de la unidad y de la verdad, por utilizar palabras de León XIV.
—¿Qué destacaría de su primera aparición en público?
—En primer lugar, el hecho mismo de llevar el discurso preparado. Pero también la idea de ser signo e instrumento de comunión para que, viviendo en medio del mundo, convertirnos en cauce de reconciliación y de paz. Lo primero que hizo es ofrecer la paz de Jesucristo resucitado y, por tanto, su saludo fue claramente un poner a Jesucristo resucitado en el centro. Y luego, la paz que este nos ofrece, que la puso en diálogo con la Iglesia y con el mundo. Es decir, nos recuerda que lo central es el anuncio de Jesucristo y que la Iglesia tiene la encomienda de anunciar ese saludo de paz siendo signo de comunión en un mundo herido y fracturado.
—Amor y unidad fueron las dos grandes palabras de la homilía de la Misa de inicio del ministerio petrino…
—La Iglesia está llamada a ser levadura y fermento, signo visible de comunión de personas que somos diferentes. Esto es importante en un mundo con tantos conflictos bélicos abiertos. La Iglesia quiere anunciar a Jesucristo a este mundo.
¿No es el amor y la unidad lo que atraía de los primeros cristianos?
—Es la lógica de la Iglesia en la que ha insistido el papa León XIV, en fidelidad con el Concilio Vaticano II. La evangelización del mundo actual, en un proceso de cambio acelerado, pasa por volver a la categoría sacramento. La Iglesia se mira a sí misma como sacramento desde los primeros siglos, pero luego asume otras categorías. El Vaticano II vuelve a proclamar que la Iglesia es sacramento, es decir, signo visible e instrumento concreto. Una Iglesia en camino, que sale a la misión. Esto ha sido el corazón de la llamada sinodalidad, que ha causado algunas perplejidades en el interior de la Iglesia, pero que responde al ser de una Iglesia que camina y anuncia, y que solo puede ser un signo en medio del mundo si es visible la comunión. Ya lo dijo Jesús: seamos uno para que el mundo crea.
—León XIV ya habló de sinodalidad en su primer discurso. ¿Es un apoyo al proceso?
—Veo que estas semanas hay alegría y belleza. También discernimiento. Pero hay algo que es humano y que tiene que ver con atraer al Papa a las posiciones de cada uno. Puede ser en el caso de la sinodalidad o de cualquier otro tema. Hay un riesgo en la interpretación de las palabras y gestos del nuevo Papa para decir «este es de los nuestros», cuando todos somos uno en el uno. Es lo que el Papa afirma, incluso con su propio lema episcopal.
—¿Qué pensó cuando escuchó el nombre elegido: León XIV?
—Por una parte, pensé en León XIII, pero también en el hermano León, discípulo de san Francisco. Porque Francisco tuvo una singular relación con el hermano León. Además, con la figura de Francisco se vivió una gran explosión carismática y la siguiente generación tuvo que pasar de ese momento a otro más institucional. Es la reflexión que yo hice. Pero el Papa ha dejado claro que la elección del nombre tiene que ver con León XIII y con concretar elementos fuertes del Concilio Vaticano II y del papa Francisco. Vivimos en un cambio de época que abraza todo el final de la modernidad. La Iglesia genera la doctrina social de la Iglesia como una iluminación de los primeros tramos de este cambio de época. Y ahora nos toca vivir el tramo final, con el desafío de esta nueva revolución industrial que es la inteligencia artificial. Así como la Iglesia ha ido dando pasos al abordar la situación de los trabajadores, de la propiedad privada, de las relaciones internacionales, de la paz y del desarrollo de los pueblos, poniendo en juego la cuestión antropológica, quizás León XIV piense en la necesidad de una nueva síntesis de ese coloquio entre Evangelio y realidad, que es la doctrina social. Seguramente, desde los nuevos desafíos, haga una relectura de todo lo que está ocurriendo. Por otra parte, es agustino y una de las características de san Agustín es el planteamiento de asuntos permanentes y siempre nuevos en la vida de la Iglesia. Su comentario a la Carta a los Romanos es sobre la relación entre naturaleza y gracia, que se hace experiencia vital en las Confesiones. Desde ahí, propone un anuncio que lleva a la conversión y a una relectura de la vida. Y en La Ciudad de Dios iluminó una manera de entender las relaciones entre Iglesia y sociedad. Son grandes asuntos del pensamiento de san Agustín que seguro impulsará León XIV.
—Usted ha insistido en que no podemos dejar toda la carga sobre los hombros del Papa, que los cristianos tenemos nuestra responsabilidad. ¿Qué quiere decir?
—Hay una mirada que está influida por el mundo político, acostumbrado a los liderazgos. Es la de poner la esperanza en un líder, hasta el punto de que las propias democracias viven una problemática particular por el exceso de liderazgos y que descarga de sus responsabilidades a cuerpos intermedios y ciudadanos. No digo que esto nos pase con el Papa, pero nos contamina y podemos pensar que tiene que ser el Papa, la Curia Romana o los obispos los que solucionen todos los asuntos. Lo decisivo, y volvemos a las Confesiones, no es que san Agustín tuviera una capacidad profunda para comentar la Carta a los Romanos, sino que vivió la experiencia personal de lo que significa acoger la gracia de Dios.
—¿Cómo ha sido su relación con Robert Prevost?
—Cuando yo era rector del Seminario, él estuvo en un aniversario del Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid. Allí nos saludamos. Pero cuando le conocí de verdad fue en la primera sesión del Sínodo sobre la sinodalidad, en octubre de 2023. La víspera fue creado cardenal junto a José Cobo, arzobispo de Madrid. Él eligió los grupos de lengua española y coincidimos en un círculo menor. Todos hablamos y escuchamos. Me llamó la atención un comentario que hizo sobre la lectura de la sinodalidad desde un punto de vista democrático, en el sentido de reparto de poder. Mencionó el Cántico de Filipenses, que se reza los sábados en las vísperas, y señaló que debemos entrar en las claves que el Señor nos ofrece: la humildad, la obediencia, la pobreza, el sacrificio y el servicio. Fue una honda lectura espiritual de las relaciones en la Iglesia, marcadas por el propio testimonio de Jesús, con su encarnación y con lo que significa la cruz. El hecho de seguir conviviendo en el Sínodo nos dio la oportunidad de mantener algunos encuentros y de hablar de otras cuestiones de la Iglesia en España, sobre todo, relativas a problemáticas del nombramiento de obispos o de otro estilo, propias del Dicasterio para los Obispos, que es el cauce normal de relación de las diócesis y de abordaje de las problemáticas diocesanas.
—¿Qué retos va a tener León XIV en España?
—He visto entre los obispos una experiencia de alegría y también la llamada a la comunión misionera. Se reabre el deseo de una visita del Papa a España, con todo lo que eso puede significar. Y hay una cierta expectativa sobre otros asuntos que están encima de la mesa de la Iglesia española y también universal, que es la cuestión del camino sinodal, la formación de los seminarios, la situación de algunas diócesis y la posibilidad de remodelación territorial… El camino sigue, pero es cierto que, como hemos visto en la propia experiencia de la Iglesia, cada Papa tiene un aroma, en fidelidad al Evangelio y al Concilio Vaticano II, y sus propios subrayados.
—¿Se impulsará con el nuevo Papa la causa de beatificación de Isabel la Católica?
—Como obispo, sacerdote y misionero ha tenido una experiencia fuerte en Hispanoamérica y, especialmente, en Perú. En ese sentido, puede tener una sensibilidad especial. La propia comisión de la causa, además de sus actividades ordinarias, está preparando un encuentro de relativa importancia en Bogotá el próximo mes de octubre. Nos va a servir para ponernos en relación con otros episcopados de América y dar un impulso a la causa, que necesariamente debe pasar porque los obispos españoles y latinoamericanos expresemos este deseo.








