El tiempo de vacaciones –de descanso, de estar con la familia, con quienes amamos de verdad– debe convertirse en una oportunidad para que la esperanza se haga realidad. No como un simple deseo, sino como una virtud teologal, como una gracia a la que nos abrimos para crecer interiormente y así poder servir mejor exteriormente. También en verano estamos llamados a vivir la caridad.
Tres son los caminos que nos permiten vivir un verano con esperanza, un tiempo que verdaderamente nos renueve y nos prepare para servir con alegría. Porque cuando estamos agotados, nuestra esperanza se debilita y se vuelve más difícil transmitir el gozo de una vida plena al servicio de los demás.
- Naturaleza en familia: escuela de asombro. Siempre estaré agradecido a mis padres por enviarme a campamentos y convivencias, experiencias que me permitieron tener un contacto directo con la naturaleza. Fue allí donde descubrí el asombro: noches de oración bajo los cielos estrellados de Gredos, momentos en los que aprendí a encontrarme con Dios a través de la creación.
San Juan de la Cruz lo expresa con belleza: «El Señor todo lo dejó prendido de su hermosura». Ese contacto con la naturaleza, acompañado por educadores y guías espirituales, abrió mi corazón al amor de Dios. Todo lo creado me parecía entonces –y lo sigue siendo– como una gran cesta de Navidad, con una nota que dice: «De parte de tu Padre Dios, con cariño».
Aprovechemos las oportunidades que ofrecen parroquias, comunidades, colegios y asociaciones: campamentos, convivencias, salidas… Son espacios seguros para nuestros niños, adolescentes y jóvenes. Verdaderas escuelas de formación, descanso y sana diversión
- Silencio y oración: alimento para la esperanza. Dedicar unos días al silencio y la oración es como respirar esperanza. Sin ese crecimiento interior, el descanso del cuerpo es estéril, y nuestra vida no encuentra plenitud. A lo largo de los años, los Ejercicios Espirituales han sido para mí fuente de renovación. En ellos he experimentado el encuentro con Jesús, y desde allí he aprendido a valorar la meditación, el silencio y la contemplación.
Nuestra archidiócesis ofrece diversos espacios para vivir esta experiencia transformadora: la Casa del Buen Pastor, en Toledo, el Centro de Espiritualidad de Urda, junto a la basílica, la Casa de la Iglesia, en Talavera de la Reina, y la Casa de la Iglesia, en Mora. Busca y apúntate a alguna de estas propuestas. Son una invitación a vivir el verano desde el interior, con esperanza renovada.
Desde hace treinta años ofrezco e invito a participar en el mes ignaciano desde el Corazón de Cristo. Puede hacerse por etapas. Es una oportunidad única. En la casa del Buen Pastor de Toledo, desde el 31 de julio hasta el 25 de agosto.
- Convivencia familiar: lo esencial compartido. La convivencia familiar es, sin duda, la mejor forma de pasar las vacaciones. Aunque con sus dificultades y retos –que no debemos idealizar ni ignorar– estos momentos en familia marcan nuestras vidas profundamente.
Dedicar tiempo a los tuyos sin prisas, compartir alegrías sencillas, sentarse a la mesa sin agobios… Todo eso construye vínculos, fortalece la unión y nos permite descubrir en nuestros hijos, pareja o padres esas luces y sombras que a veces la rutina oculta.
Escuchar con atención, orar juntos, descansar en compañía… todo esto forma parte de una espiritualidad cotidiana y necesaria, que hace del verano un verdadero espacio de encuentro, tanto con Dios como con los demás.
El verano puede ser mucho más que una pausa en el calendario. Puede ser un tiempo de gracia, donde la esperanza no se toma vacaciones, sino que se fortalece. Ya sea en el silencio de un retiro, en una excursión con los hijos, o compartiendo una comida sencilla en familia, cada momento puede ser una oportunidad para crecer, descansar y vivir con el corazón abierto a Dios y a los demás.
¡Santa María del descanso ayúdanos a descansar de veras con Jesús!







