Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La vida de fe de Gaudí

La vida de Gaudí es una vida de unión con Dios en un proceso espiritual que crece y se desarrolla a medida que transcurren los años de su existencia. El arquitecto focaliza, entre 1914 y 1926, fecha de su muerte, toda su actividad creativa en una única obra: la basílica de la Sagrada Familia. Gaudí creía de manera absoluta en la providencia divina. Por eso, estaba convencido de que otros continuarían y acabarían la basílica. El la definió, la plasmó en maquetas y en algunos planos, buscó las mejores soluciones para las naves (elaboró hasta tres proyectos de ellas). Reconocía sin ninguna falsa humildad que había recibido de Dios unos dones que tenía que hacer fructificar, pero que era designio divino que él no acabase la Sagrada Familia. Gaudí se convirtió al tiempo de Dios, que es distinto del tiempo de los hombres. 

En lo que respecta a las prácticas espirituales en la vida de Gaudí, hay que mencionar la plegaria, personal y litúrgica, y los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la penitencia. Gaudí, además, era un gran oyente de la Palabra de Dios, y saboreaba los libros bíblicos, particularmente los Evangelios, con entusiasmo. El arquitecto tenía muy arraigada la devoción a la Virgen, a quien llamaba «la mareta» (la madrecita). Llevaba siempre en el bolsillo del traje unos rosarios y en el cuello colgado un escapulario de la Virgen del Carmen, según explica la Madre Rosa Ojeda, fundadora de las Hermanas Carmelitas de San José, que atendían a Gaudí en su domicilio del Park Güell. Gaudí pasaba largos ratos cada día rezando y leyendo libros piadosos. La iglesia de San Felipe Neri de Barcelona, muy cerca de la Catedral de Barcelona, fue su refugio espiritual durante muchos años, desde que, probablemente por indicación del obispo Torras i Bages, empezó a confesarse y a recibir dirección espiritual de los padres oratorianos. 

La fe de Gaudí pasaba por la caridad. El arquitecto acogió en su domicilio a dos enfermos graves, dos amigos suyos: el escultor Carles Mani, fallecido en 1911, y Llorenç Matamala, jefe de los modelistas de la Sagrada Familia, que murió en 1927. Mani, un solitario, hombre de temperamento y hábitos difíciles, tenía el cuerpo deforme y enfermó de lepra. Gaudí se ocupó de él durante un año y lo ayudó en todo momento, también económicamente. Matamala contrajo una enfermedad en la nariz que resultó ser un cáncer incurable. Gaudí no le dijo nada para no alertarlo y continuó teniéndolo en su casa hasta que la enfermedad entró en una fase avanzada. Gaudí comentó: «Lo único que hago es lavarme en el grifo en lugar de hacerlo en el lavabo, para que el señor Llorenç pueda continuar lavándose ahí y no sospeche la gravedad de la enfermedad que tiene». 

Gaudí era un hombre libre y sin ataduras. Después de una juventud en la que le atrajeron las cosas de este mundo, sin que perdiera nunca la fe, a partir del ayuno de 1894 empezó a tener una única preocupación: las cosas espirituales. Decía: «Nadie podrá ir al cielo por sus propios medios, sino que, para llegar, nos hemos de valer los unos de los otros, y con el ejemplo de los santos hemos de subir hacia arriba como si fuéramos los xiquets (torres humanas) de Valls». Con el paso de los años, Gaudí se rebela contra la dependencia de las cosas terrenales, y se desvincula cada vez más de afectos nostálgicos. El aspecto exterior de Gaudí en los últimos años de vida es el de un hombre que rehúye vanidades y halagos. Viste tan modestamente que es fácil confundirlo con el sacristán de la Sagrada Familia o incluso con un mendigo. Así lo testifica el sacerdote Gil Parés, capellán de la basílica. Liberado de todo, Gaudí vive como un hombre espiritual, inmerso en la oración y en la proximidad a Dios. 

Nos preguntamos si Gaudí puede ser considerado un místico. La primera vez que a Gaudí se le aplicó el término «místico», aunque fuera de forma figurada, fue en el año 1900. El poeta Joan Maragall escribió por aquel entonces un artículo en el Diari de Barcelona en el cual afirmaba que, en la manera de ser de Gaudí, late el ensueño de un místico y el refinado deleite de un poeta. Cien años después, Josep M. Aragonès, canónigo de Barcelona, declara, de modo parecido, que Gaudí merece ser considerado un místico: «El contemplativo Gaudí, trabajado por el tiempo y por el espíritu, llegó a ser un místico, uno que hace la experiencia íntima de Dios, lo siente y lo vive como la presencia trascendental y la fuerza impulsora de su vida. Y traduce esa experiencia con el lenguaje que tiene a mano: la obra arquitectónica». En Gaudí hay una experiencia íntima de Dios y una vida que crece en su presencia. El día después del entierro de Gaudí, en junio de 1926, Manuel Trens escribe un artículo que lleva por título El arquitecto de Dios, en el cual se encuentra esta frase: «El gran arquitecto no hacía nada sin Dios».

Efectivamente, Gaudí, un hombre ampliamente dotado en capacidades y habilidades superiores, un genio de la arquitectura, no ha situado su arte —ni, obviamente, sus cualidades ni su creatividad— en el centro de su proyecto vital. El centro lo ocupa su experiencia del Absoluto. Gaudí va más allá de un discurso intelectual y estético, y se adentra en una percepción de la misericordia divina. Gaudí vive unido a Dios. La unión con él se convierte, en los últimos 12 años de su vida, en su eje existencial, alrededor del cual gira la Sagrada Familia, la casa del Dios vivo y que da vida. Existe un vínculo innegable entre la focalización exclusiva de su actividad como arquitecto de la basílica entre 1914 y 1926 y el anhelo espiritual que lo embarga, propio del místico, aquel que busca a Dios y anhela encontrarlo.

Cuatro son los elementos que apuntan a la vía mística como expresión de la santidad de Gaudí: la providencia, la ascensión, el sacrificio y la gloria. El arquitecto tiene el firme convencimiento de que «existe una providencia que vela por nosotros». Como el beato Ramón Llull, Gaudí es un místico de las cosas concretas, no de oscuridades especulativas ni de fenómenos extraordinarios. Los pies en el suelo y la luz del Mediterráneo configuran su visión espiritual, su experiencia de la realidad. En consecuencia, Gaudí mantiene, por un lado, la conciencia de la fragilidad del ser humano, y, por el otro, desarrolla una excelencia artística con base en un trabajo insistente y persistente. En expresión de Benedicto XVI, la vía mística de Gaudí podría ser llamada la del corazón que ve. Es, pues, perfectamente congruente que el papa Francisco, de venerada memoria, le declarase «venerable» y propusiera a la Iglesia sus virtudes heroicas. 

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now