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«Danos más fe» (Lc 17,5)

Cuando utilizamos la expresión «tener hacer» lo hacemos habitualmente para expresar confianza más que para referirnos a creer en algo que no podemos comprobar o demostrar con nuestra razón o con métodos científicos, tal y como los entendemos habitualmente. Y la confianza genera esperanza.

Para nosotros creyentes, la fe es el núcleo de nuestra relación con Dios. «A Dios, nadie le ha visto nunca: su Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, es quien le ha revelado.» (Jn 1,18) leemos en el prólogo del cuarto Evangelio o Evangelio según san Juan. A partir de la encarnación del Hijo de Dios, la fe en Dios adquiere una nueva dimensión: Dios se hace hombre a fin de revelarse a la humanidad, el mismo Dios que se ha revelado a través de su obra, la creación. Así el Dios creador, vinculado al pueblo escogido y que ha prometido una alianza escatológica con toda la creación, que vincula su divinidad a la historia de la humanidad creada por Él, se hace presente de manera definitiva en la persona humana concreta y singular, es decir única, que es un hombre con nombre y apellidos, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre

Es el Dios cercano, el Dios que comparte ilusiones, esperanzas, sufrimientos e incluso la muerte. La fe se concreta en aquel que murió y resucitó, para que compartiendo nuestra muerte, nosotros podamos compartir su resurrección.

La fe adquiere en Cristo toda su plenitud y así nosotros podemos experimentar su fuerza. Nos dice san Pablo «te recomiendo que procures reavivar la llama del don de Dios que llevas.» (2Tm 1,6). Este don que llevamos en nuestro corazón es la fe, pero si la fe no se demuestra con las obras, la fe sola está muerta. (Cf. Jm 2,17).

La acogida a quien llama a la puerta de nuestra casa, aquél que huye del hambre, de la guerra, de la falta de atención sanitaria, educativa o económica, que es tan hijo de Dios como nosotros y tan imagen suya como lo somos nosotros, bien merece que esta fe nuestra, don de Dios, se traduzca para él en caridad, en amor, en semilla de espera. Como nos dice el papa León XIV, «la conexión entre migración y esperanza se manifiesta claramente en muchas de las experiencias migratorias de nuestros días. Numerosos migrantes, refugiados y desplazados son testigos privilegiados de la esperanza vivida en la cotidianidad, a través de su confianza en Dios y su resistencia a las adversidades de cara a un futuro en el que vislumbran la llegada de la felicidad y el desarrollo humano integral.» (Mensaje del Santo Padre León XIV para la 111ª Jornada Mundial del migrante y del refugiado 2025).

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