Queridos hermanos:
Comienza el mes de noviembre, el mes de la oración por nuestros familiares y seres queridos difuntos. Pensando en ellos, la palabra esperanza, central en este año jubilar, cobra su última dimensión: “Si nuestra esperanza en Cristo no va más allá de esta vida, somos los más miserables de todos los hombres” (1Cor 15,19). En último término, la esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, tener, cuando parece que todo acaba, la certeza de que, gracias al amor de Cristo, «la vida no termina, sino que se transforma» para siempre.
Cristo “fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación” (Rom 4,25). Por nosotros pasó por el drama de la muerte y el Padre lo resucitó como la primera criatura de la nueva creación, el primogénito de entre los muertos (Col 1,12-20). Y si bien, frente a la muerte nos sentimos impotentes y desconcertados, este Año Jubilar nos invita a redescubrir la esperanza a la que hemos sido llamados, capaz de iluminar nuestras tinieblas.
En virtud de la esperanza firme en el amor de Dios, tenemos la certeza de que el destino de las personas y de la historia de la Humanidad no es terminar engullidos por un agujero negro o caer en un abismo ciego en el que todo se acaba, sino llegar juntos al encuentro pleno con el Señor de la gloria por toda la eternidad.
¿Qué será de nosotros después de la muerte? Lo que ahora vivimos en la fe y la esperanza, después lo veremos hecho realidad. Ahora vivimos en esperanza la fraternidad con todas las personas; entonces será una realidad que todos seremos hermanos. Ahora vivimos en esperanza la paz entre los pueblos; entonces será una paz duradera y completa, en la que la lanzas se convertirán en podaderas para cultivar el jardín del Paraíso. Ahora vivimos en la fe, a tientas y en medio de dudas, la relación con Dios; entonces lo veremos tal cual es y seremos semejante a él.
En el cielo experimentaremos un género de felicidad que no será pasajera, como en esta tierra, donde nada acaba de llenarnos plenamente. Es la alegría mayor que hay en dar más que en recibir. Es la felicidad que sentimos aquí anticipadamente cuando perdonamos de corazón a los que nos ofenden como Dios nos perdona a nosotros. La bula Spes non confundit describe esa alegría eterna del cielo con estos términos: “Una felicidad que se realice definitivamente en aquello que nos plenifica, es decir, en el amor, para poder exclamar, ya desde ahora: Soy amado, luego existo; y existiré por siempre en el Amor que no defrauda y del que nada ni nadie podrá separarme jamás”.
Esta es la felicidad que pedimos para nuestros familiares y seres queridos difuntos y para cuantos se purifican en el purgatorio para llegar al encuentro definitivo con Dios. Llevaremos flores al cementerio, ofreceremos misas por los difuntos, pero, además, este año jubilar tenemos la oportunidad de ganar la indulgencia plenaria para que obtengan plena misericordia. La indulgencia aplicada por los difuntos es un acto de caridad cristiana que traspasa los límites de este mundo, mediante esa misteriosa comunión de los santos. Todos tenemos ya un tesoro en el cielo con tantos amigos, seres queridos y familiares que han vivido un tramo de la vida con nosotros y ahora duermen el sueño de la paz. Con ellos también podemos tener no solo un recuerdo sino también un regalo con la indulgencia.







