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Tú, Esperanza

María San Gil es codirectora del 27 Congreso Católicos y Vida Pública, que se clausura este domingo

Hay momentos en los que uno siente que todo se tambalea. Que las certezas del ayer han sido sustituidas por relatos efímeros, que el bien se diluye en la corrección política y que el nombre de Dios ha sido borrado del espacio público. Este tiempo nuestro, tan cargado de incertidumbre, parece uno de esos momentos. Y, sin embargo, también es el tiempo propicio, porque, como advertía el poeta austríaco Hölderlin, «allí donde está el peligro, crece también lo que salva».

El 27 Congreso Católicos y Vida Pública quiere alzar su voz, precisamente, en este cruce de caminos, y lo hace desde una convicción cristiana radical: la esperanza no es un estado de ánimo ni una postura evasiva. Es una virtud teologal. Y, por tanto, una certeza activa: Dios no abandona su obra.

Sin verdades absolutas, de espaldas a Dios y normalizando su abandono en la vida pública, seguiremos en caída libre hacia el abismo. Por eso, los católicos tenemos la obligación de identificar la Verdad en todos y cada uno de los hechos que vivimos, por incómodo que sea el diagnóstico del contexto que nos ha tocado padecer. Se ha sepultado la fe con exageración, y los relatos, siempre en plural, han prevalecido en demasiadas ocasiones sobre la Verdad, en singular.

Y justo por eso, el testimonio de los católicos no puede ser el de la resignación ni el del silencio. Lo propio del cristiano es salir al encuentro, dar razones de su fe, comprometerse con la vida pública y aportar una palabra clara, aunque resulte incómoda. Una palabra que no nace del voluntarismo ni del cálculo, sino de la promesa irrevocable hecha por Cristo: «Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará».

«¿Somos realmente cristianos?», nos interpelaba el filósofo francés Fabrice Hadjadj en una edición anterior del congreso. Una pregunta sencilla, pero radical. Porque ser cristiano no es solo adherirse a un conjunto de ideas o valores, sino dejarse configurar por una esperanza que se traduce en acción, en presencia, en valentía. No se trata de negar la oscuridad del mundo. La vemos, la sufrimos, nos preocupa. Pero sería un error quedarnos ahí.

El mensaje de León XIV al recibir el anillo del pescador, recogido en el manifiesto del congreso, resume con claridad esta actitud evangélica: no se trata de sobrevivir, sino de lanzar las redes. Aunque las aguas estén revueltas y la noche sea larga, seguimos navegando. Porque la barca de Pedro no se sostiene por la fuerza de sus remeros, sino por la fidelidad del que la guía.

El Congreso Católicos y Vida Pública, en esta edición de 2025, ha querido ser eso: una luz en el mar agitado. No una evasión espiritualista ni una plataforma ideológica, sino una palabra de aliento, firmeza y claridad para todos aquellos que saben que la fe no puede vivirse al margen de la cultura ni de la responsabilidad histórica.

No sabemos cuán largo será este invierno espiritual. Pero sí sabemos que no estamos solos, y que la historia no está entregada al caos. En medio de la tormenta, los cristianos estamos llamados a no esconder la luz, sino a dejarla brillar con más fuerza. Porque si el mundo parece hoy más oscuro que nunca, es porque tiene más necesidad que nunca de esa esperanza que no defrauda.

Este congreso, bajo el lema Tú, Esperanza, ha querido sembrar una semilla. Una semilla que, como todas las del Reino, es pequeña, aparentemente frágil, pero portadora de una fuerza imparable. Que esta palabra de esperanza, arraigada en la cruz, pueda ser el inicio de una verdadera renovación espiritual de España. No desde las imposiciones, sino desde el testimonio. No desde el lamento, sino desde la alegría serena de saberse amados y enviados. Como nos recuerda la Escritura, «la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones». 

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