El Papa ha dedicado su catequesis de los miércoles a desgranar la relación entre la esperanza pascual y la responsabilidad social y ambiental
León XIV ha continuado hoy con las catequesis del ciclo jubilar «Jesucristo nuestra esperanza», un marco heredado del papa Francisco por el que el Pontífice está guiando a la Iglesia en una profunda reflexión sobre los desafíos contemporáneos, uniendo la esperanza pascual con la responsabilidad social y ambiental.
La audiencia general de esta semana se ha diferenciado de las anteriores —en las que abordó temas de gran calado social, como la fraternidad— por un enfoque novedoso y atrevido, centrado en la «espiritualidad pascual y la ecología integral». Así las cosas, y ante unos 40.000 fieles congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre ha invitado a los peregrinos a meditar sobre la figura de María Magdalena en el jardín de la Resurrección, subrayando el profundo simbolismo de este lugar.
Tras centrar la reflexión, el Papa ha explicado que la esperanza cristiana responde a los desafíos a los que hoy está expuesta la humanidad entera. En esta línea, León XIV ha remarcado que el drama de la Pasión no culmina en la oscuridad de la muerte, sino «en la paz del sábado y en la belleza de un jardín». Esta imagen del jardín de la Resurrección, donde el crucificado fue depositado «como una semilla», remite directamente al espacio prístino de la creación mencionado en el Génesis.
El Pontífice también ha enarbolado la idea de que el sacrificio de Cristo cumple la obra del creador y Señor de la historia: la restitución del Paraíso perdido. Llegados a este punto, León XIV ha subrayado que las palabras finales de Cristo, «Todo se ha cumplido», no representan un final, sino el destino de esa obra, un altísimo cometido que «se confía ahora a cada discípulo».
Sobre este Paraíso recobrado, el Santo Padre ha señalado que tenemos una «extrema necesidad de una mirada contemplativa» y, retomando la encíclica Laudato si’ de Francisco, ha advertido de que, cuando el ser humano abdica de su rol de custodio, inevitablemente «deviene en devastador de la casa común».
Por este motivo, León XIV ha establecido un nexo fundamental entre la fe y la ecología, pues el seguimiento de Jesús en su muerte y resurrección es «fundamento de una espiritualidad de la ecología integral». Fuera de esta relación, ha señalado, «las palabras de la fe se quedan sin conexión con la realidad y las palabras de la ciencia se quedan fuera del corazón».
Más allá de meras soluciones urgentes
Movido por esta convicción, el Papa ha planteado una definición amplia y profunda de lo que debe ser la cultura ecológica, diferenciándola de las meras soluciones urgentes. De este modo, ha indicado que «la cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación». Por el contrario, ha indicado que «debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia».
Y no caben, a su juicio, medias tintas: «Los cristianos no pueden separar de ese cambio de dirección que les requiere seguir a Jesús». La conversión, que es espiritual y comienza en el corazón, «modifica la historia, nos compromete públicamente, activa solidaridad que desde ahora protegen personas y criaturas de las ansias de los lobos, en el nombre y fuerza del Ángel Pastor».
La relación entre fe, creación y ecología se inscribe de esta forma en el magisterio de León XIV, que está abarcando los grandes desafíos de la humanidad. Y ha enfatizado que la esperanza cristiana y la conversión son la respuesta tanto a las divisiones humanas como a la crisis ambiental, ya sea mediante la fraternidad o la ecología integral, respectivamente.
Al concluir su reflexión, el Papa ha destacado que los hijos de la Iglesia pueden encontrar hoy a millones de hombres y mujeres de buena voluntad que «han escuchado el grito de los pobres y de la tierra dejándose tocar el corazón». Y ha pedido que «el Espíritu nos dé la capacidad de escuchar la voz de quien no tiene voz», recordado que solo nos acercamos a ese jardín o Paraíso recobrado «acogiendo y cumpliendo cada uno su propia tarea».








