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«Jesús, acuérdate de mí, cuando llegue a su Reino» (Lc 23,42)

Llegamos al último domingo del año litúrgico, día en el que la Iglesia nos propone celebrar a Cristo como rey. A lo largo de estas últimas semanas y coincidiendo con la solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos, la liturgia nos pone delante lecturas dedicadas a reflexionar sobre el fin de la vida y el fin de los tiempos.

Son temas y lecturas que a veces intentamos rehuir, que nos resultan a menudo incómodos y que intentamos pasar por alto. Son certezas, como sabemos, pero sobre las que no apetece reflexionar. El mismo título de Cristo como rey puede parecernos hoy algo de otros tiempos y poco adecuado para los nuestros.

La realeza de Cristo no expresa una realeza en el uso del mundo, expresa su soberanía sobre nuestros corazones. Cristo es rey, pero en un reino de amor. Él mismo nos dejó dicho que su reino no es de ese mundo. Cristo no es, por tanto, un rey como los señores del mundo; más bien todo lo contrario. Ni ejércitos por imponerse, ni leyes para oprimirnos, ni caprichos para satisfacer, ni afán por enriquecerse a costa de los demás, caracterizan su reinado.

Lo que Cristo quiere de nosotros es que amamos, no a la fuerza sino de agrado, libremente. Que le amemos a Él ya los hermanos con todo el corazón.

El Evangelio de este domingo, un texto de san Lucas que ha sido el evangelista que nos ha acompañado todos los domingos a lo largo de este año litúrgico, nos presenta las dos actitudes que podemos tener ante Dios: el rechazo e incluso la sorna, o la adhesión. Rechazar o amar son las dos alternativas frente a Dios y también frente a los hombres.

Ciertamente, viéndole colgado en la cruz y abandonado de todos, resulta difícil reconocer en Él al Mesías. Si ni siquiera parecía un hombre, como podía ser capaz de salvarse a Él mismo. Así también nos resulta difícil reconocer su reino, porque no responde a los parámetros humanos.

Nuestro mundo se ve alborotado por las decisiones de los poderosos. Hacen y deshacen en desdijo, a tenor de sus intereses, sin tener presente muchas veces que hacer el bien debería ser la norma de su conducta. Olvidando de amar a Dios ya los demás como a nosotros mismos, olvidando los mandamientos de Dios, a raíz de los derechos de toda persona, se pueden llegar a cometer barbaridades y, lastimosamente, tenemos ejemplos cada día.

Ojalá que todos dejáramos reinar al Señor en nuestros corazones; el Reino de los cielos estaría más cerca.

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