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«Abra una ruta al Señor, aplane el camino» (Mt 3,3)

Estamos en el tiempo de Adviento, aquél que nos ofrece la posibilidad de preparar nuestros corazones para la llegada del Señor. Repetir cada año el ciclo litúrgico puede llevarnos a la monotonía, a la sensación de que de nuevo nos encontramos ante los mismos misterios. En parte, esto puede ser cierto, pero deberíamos tener presente que nosotros, un año por otro, no somos los mismos. La dinámica de la vida, los hechos que sucesivamente vivimos hacen que cada año sea en cierto modo diferente, y por eso mismo es necesario que vivamos Adviento y Navidad de una manera siempre diferente, siempre nueva.

Podemos aprovechar este tiempo, que nos habla del advenimiento del Señor como hombre hace más de dos mil años, pero que también nos habla de su advenimiento en nuestros corazones, particularmente en el de cada uno de nosotros. Y para poder recibirlo como debemos debemos prepararnos, debemos allanar el camino, sacar el herbazal que dificulta su paso y que Él llegue hasta nosotros, allanarle el camino abriendo nuestros oídos a su voz, que siempre nos llama por nuestro nombre.

María, la Virgen María concebida inmaculada, nos es un modelo. Ella dudó, aunque fuera unos segundos, pero venció enseguida cualquier duda en base a su confianza en que cumplir la voluntad de Dios era la mejor opción. María abrió una ruta al Señor, con su concepción allanó el camino para que haciéndose hombre como nosotros, pudiera cumplirse el plan de Dios.

Son muchas las hierbas y las rocas que hoy entorpecen el camino de Dios hacia nosotros; tantos son los obstáculos, que el camino se convierte en empinado y difícil. Tenemos demasiado ruido a nuestro alrededor, un ruido tal que nos impide poder escuchar con nitidez la palabra que viene de Dios. Escucharla como hacía María, depositándola en su corazón y meditándola.

Se acerca ya la Navidad, el tiempo de la ternura y también de la esperanza. Debe ser también para nosotros el tiempo de la escucha, escuchar a Dios a través de su Palabra, y escucharle a través de los hermanos. Dios nos habla también hoy, Dios se acerca a nosotros también hoy, y para escucharle y recibir en nuestros corazones su voz para meditarla, es necesario desbrozar el camino, arrancar las malas hierbas del egoísmo, del odio o de la pereza; sacar las rocas de la indiferencia y del rechazo a todo lo que no encaja con nuestras preferencias.

Hacerlo con esa sencillez de María, con la disponibilidad de María y sobre todo, con el amor de María.

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