El año nuevo vuelve a situarnos ante la llamada permanente a la conversión y a la santidad. Sin este horizonte, y sin caminar juntos con Cristo, corremos el riesgo de perdernos lo más valioso de nuestra existencia: el encuentro vivo y personal con el Señor, la vida nueva que Él nos regala y que nos impulsa constantemente a «volver al amor primero», manteniendo firme nuestra esperanza en Cristo. Necesitamos de la gracia, de esa vida nueva que solo el Señor puede concedernos y que sostiene nuestra esperanza incluso en medio de las dificultades. Por ello, un año nuevo ha de estar marcado necesariamente por la llamada a la conversión, entendida no como un gesto puntual, sino como una actitud permanente del corazón que se deja modelar por el Evangelio.
Este tiempo que se abre ante nosotros quiere estar iluminado por los «proyectos de su corazón», que en nuestra Archidiócesis se concretan de manera especial en tres grandes referencias pastorales: el XXVI Sínodo Diocesano, la celebración del octavo centenario de la Catedral gótica de Toledo y el crecimiento en la comunión y en la unidad del Pueblo de Dios.
- XXVI Sínodo Diocesano: caminando juntos con Cristo. El camino sinodal continúa avanzando con esperanza. Se siguen sumando grupos sinodales que enriquecen la llamada del Obispo a caminar juntos, escuchándonos mutuamente y discerniendo comunitariamente cómo responder a los desafíos que hoy se presentan a la evangelización. No debería existir ninguna parroquia, movimiento, cofradía, comunidad de vida consagrada o asociación que no participe como grupo sinodal, pues este proceso es una expresión concreta de la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios en la misión.
El Sínodo nos está ayudando a tomar el pulso de nuestra realidad personal y comunitaria, a mirarla con verdad y con fe, para descubrir cómo situarnos en un tiempo marcado por crisis culturales, sociales y espirituales, pero también por un profundo anhelo de sentido y de retorno al Amor primero, que tiene un nombre y un rostro: Jesucristo, presente de modo eminente en la Eucaristía y también en los pobres, en los que sale a nuestro encuentro.
Desde esta experiencia brota con fuerza la llamada universal a la santidad, que nace del bautismo y
se despliega en la vida concreta de los sacerdotes, de las personas consagradas y de los fieles laicos.
- Octavo centenario de la Catedral de Toledo. Por primera vez se celebrará un jubileo propio de la Catedral, unido a la venerable tradición según la cual la Virgen María impuso la casulla a san Ildefonso, pastor y doctor de nuestra Iglesia toledana. Deseo vivamente que hasta la última y más pequeña parroquia de la archidiócesis pueda peregrinar y entrar por la Puerta Santa para alcanzar la gracia jubilar. Que todos, sacerdotes, consagrados y fieles laicos, se sientan invitados a vivir este acontecimiento como una auténtica experiencia de conversión, reconciliación y renovación espiritual.
La Catedral no es solo un monumento admirable; es, ante todo, la sede del Obispo, la iglesia madre desde la que se proclama la fe en Jesucristo, que nos ha revelado el amor del Padre y nos ha dado el Espíritu Santo. Que cuantos la visiten puedan descubrirla como un lugar donde la fe se celebra, se anuncia y se vive, y donde se renueva la llamada a la santidad.
- Unidad y pluralidad: un don y una tarea. Caminamos juntos hacia Cristo para vivir la unidad en la pluralidad y la pluralidad en la unidad, conscientes de que la diversidad de carismas, vocaciones y sensibilidades no es una amenaza, sino una riqueza cuando se vive en comunión. Este año ha de ser un tiempo de gracia que nos ayude a sanar heridas, a superar divisiones y a potenciar todo aquello que nos une como miembros de un mismo Cuerpo. Estamos llamados a crecer en una comunión más profunda, sincera y misionera, que se traduzca en actitudes concretas de acogida, diálogo, perdón y colaboración. Solo así podremos ofrecer al mundo un testimonio creíble del Evangelio y responder con esperanza a los desafíos de nuestro tiempo.
Con María, Madre de Dios y Madre nuestra, ponemos este nuevo año en manos del Señor. Que ella, nos acompañe en el camino de la conversión, nos enseñe a vivir en comunión y nos sostenga en la esperanza. Bajo su mirada maternal, iniciamos este tiempo nuevo confiados en que el Señor hará fecundos nuestros esfuerzos





