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Piero Pioppo, el hombre del Papa en España

Desde que aterrizara el pasado día 5 de diciembre, quien según la normativa canónica es el legado pontificio, ya se ha ganado el corazón de la razón histórica eclesial

El hombre del Papa en España ya está con nosotros. Por más que a los periodistas nos atraiga el juego de las especulaciones sobre a qué obispo patrio hay que atribuirle tal unción, la realidad es que su identidad está clara. Su nombre es Piero Pioppo, un avezado misionero que nos llega de sembrar el Evangelio en las tierras del sudeste asiático. No hay más que recurrir a los cánones 363, 364 y 366 del Código de Derecho Canónico para saber quién es y quién ejerce de hombre del Papa en España.  

Desde que monseñor Pioppo aterrizara el pasado día 5 de diciembre, quien según la normativa canónica es el legado pontificio, ya se ha ganado el corazón de la razón histórica eclesial. Lo hizo en el primer acto público de su misión apostólica, la celebración de la Eucaristía, bajo la luz de la Inmaculada Concepción, en la que es su sede de presencia y palabra, la pontificia basílica de San Miguel.  

Al final de la celebración, monseñor Piero Pioppo, en un perfecto español, tuvo algunos interesantes guiños a la memoria viva de la Iglesia, guiños que son mucho más que una captatio benevolentiae. En una acción de gracias añadida a la acción de gracias que es la Eucaristía, se refirió a una serie de nombres que están en nuestro imaginario personal y eclesial. 

Citó a los españoles que habían sido sus profesores en la Universidad Gregoriana, y a quienes de ellos le habían marcado: Julio Manzanares, que fue rector de la Pontificia de Salamanca, y el reputado cardenal jesuita Urbano Navarrete, ambos canonistas. Pero de forma muy especial hizo mención de monseñor Luigi Dadaglio, quien «fue el que sugirió hace muchos años mi nombre para que yo me formara en el servicio diplomático», para añadir, a renglón seguido, que «fue un gran nuncio en tiempos no fáciles para servir a todos nosotros». 

No podía haber sacado monseñor Pioppo mejor carta credencial de presentación que evocar con un solo nombre otros muchos nombres; recordar un tiempo real e idealizado que ahora se está dilapidando; convocar un momento mágico de la historia reciente de nuestro país al que la Iglesia contribuyó como factor de reconciliación, de unidad, de común unión ante un proyecto esperanzador de vida en común entre los españoles. 

Es cierto que el primer nuncio del Papa en España, en su calidad de colector de bienes de la Cámara Apostólica, fue Francisco Desprats, que ejerció su cargo de 1492 a 1503, quien prestó además a los Reyes Católicos otros buenos servicios. Su sucesor, Cosimo Pazzi, obispo de Arezzo, no fue aceptado por Isabel y Fernando. La reforma de la Iglesia propuesta por Isabel llegaba hasta negar el plácet a un eclesiástico nombrado por el Papa, con evidentes razones, por cierto. Fue Giovanni Ruffo dei Theodoli, obispo de Bertinoro, en 1506, quien no tuvo problemas y ejerció sus funciones de representante pontificio hasta 1520. A partir de esta fecha, hay constancia histórica ininterrumpida de una larga lista de nuncios hasta nuestros días. En esa lista hay hombres beneméritos que llegaron a Papas, por ejemplo, Urbano VI, Inocencio X y Clemente IX. 

Pero acerquémonos a monseñor Dadaglio. En la época contemporánea no podemos olvidar a quien estuvo de nuncio en la Restauración, la dictadura de Primo de Rivera y después en la II República, Federico Tedeschini, al que más tesis doctorales se le han dedicado de todos los nuncios entre nosotros. Después de Tedeschini, Filippo Cortesi (VI-XII, 1936), Silvio Sericano e Isidro Gomá y Tomás, como encargados de negocios, más tarde el recordado Ildebrando Antoniutti —primero, como encargado de negocios (1937-1938) y, luego, como nuncio (1953-1962)—, Gaetano Gicognani (1938-1953), Antonio Riberi (1962-1967) y, por fin, Luigi Dadaglio (1967-1980), el nuncio de la Transición política española, ahora que estamos en tiempo también de transiciones segundas, terceras, cuartas…, internas y externas. 

Dadaglio llegó a España de Venezuela, donde su principal logro había sido la renuncia del Gobierno de aquel país al derecho de presentación de obispos, reto que tenía que conseguir en España en el camino de la aplicación plena del Concilio Vaticano II. Monseñor Dadaglio, que luego fue nombrado cardenal por san Juan Pablo II una vez estuvo en Roma, fue quien formó un tándem perfecto con el que llegó a ser arzobispo de Madrid, monseñor Vicente Enrique y Tarancón, en el proceso de recepción también institucional del Concilio. Le tocó la gran renovación del episcopado español y la negociación de los Acuerdos entre la Iglesia y el Estado una vez que España ya fue democrática. 

De fondo, tuvo algunas otras tareas no menores. Como recuerda Marcelino Oreja en su libro de memorias, en los últimos años del franquismo se había enquistado una mentalidad «antivaticanista», no solo en quienes gobernaban, en los que se denominaron después del «búnker», y también en ciertos sectores de la Iglesia. Por parte del nuevo Gobierno de la democracia, con la experiencia de Antonio Garrigues, de Areilza y del citado Oreja, trabajó a fondo monseñor Dadaglio para que se disipara esa mentalidad, que lo era también de sospecha por lo que, se entendía, había sido un pontificado, el de Pablo VI, que a los nostálgicos no les parecía justo con España. Como relata el historiador Fernando de Meer Lecha-Marzo, en su libro sobre Antonio Garrigues, embajador ante Pablo VI, a monseñor Dadaglio los últimos estertores del franquismo le costaron más de una subida de tensión.  

Después de Dadaglio, cómo no recordar a monseñor Mario Tagliaferri, el hombre de san Juan Pablo II, de sus viajes a España y del siguiente gran cambio episcopal; de Lajos Kada, envuelto en demasiadas historias que están en las hemerotecas; al portugués Manuel Monteiro de Castro, un hombre servicial y entrañable, al que se le recordará por sus «calditos» con Rodríguez Zapatero; al meteórico Renzo Fratini; y, por último, a nuestro querido monseñor Bernardito Cleopas Auza, de sutil inteligencia y memoria prodigiosa, que ha dejado una estela de aún sentido agradecimiento. Todos ellos han preparado la llegada de monseñor Piero Pioppo, un nuncio que ya nos ha ganado el corazón al citar un solo nombre. 

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