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Jornada Mundial de la Vida Consagrada: ¿Para quién eres?

Queridos hermanos:

El próximo día 2 de febrero celebraremos la XXX Jornada mundial de la Vida
Consagrada, que este año lleva por lema “¿Para quién eres?”.

Esta Jornada se celebra el día de las Candelas, fiesta de la Presentación del Señor, 40 días después de su nacimiento en Belén. Sus padres, José y María llevan al Niño al templo de Jerusalén para cumplir con la ley de Moisés que pedía consagrar a los hijos primogénitos a Dios en recuerdo de la liberación de Egipto.

José y María, más que ningún otro padre y madre, saben de quién es ese niño. No es suyo, es un regalo y un encargo de Dios, que ha puesto en sus manos para que lo quieran, lo cuiden, lo protejan… No es su propiedad sino su tarea. Y van a presentarlo, a consagrarlo a Dios reconociendo que lo han recibido de él y a él le pertenece.

Y allí en el Templo, la convicción que los padres tenían cambia: ya no importa la respuesta a la pregunta: “Niño, ¿de quién eres?”. Las palabras del anciano Simeón responden a la cuestión: “Niño, ¿para quién eres?”. Ese Niño es para todos los pueblos, “luz para las naciones” y “gloria de Israel”. Será una bandera discutida, para que muchos caigan y se levanten, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones.

También la consagración religiosa es una presentación, un ofrecimiento a Dios reconociendo que somos suyos: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos Señor lo torno, disponed de ello a toda vuestra voluntad.

Dadme vuestro amor y vuestra gracia que ésta me basta”. Así lo expresaba San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Cuando una persona se consagra a Dios reconoce que no se pertenece, que es de Dios, de su propiedad, que su vida es un don para que le dé gloria con ella.
Y, del mismo modo que María y José en el Templo, los consagrados, al poner en manos de Dios su propia vida, reciben una nueva pregunta: ya no es “¿de quién eres?”, sino “¿para quién eres?”. Quien se consagra al Señor es destinado a los hermanos, como luz, esperanza, fortaleza, consuelo, servicio… Entregarnos a Dios siempre nos remite al prójimo, nos lanza a la caridad perfecta y a la ofrenda alegre cada día.

La misión que tenemos en la vida nos viene de la relación con Dios, no de la mirada egoísta a nosotros mismos. La vida consagrada tiene una predilección irrenunciable por los más necesitados. Es la prueba de que está animada por el amor infinito de Dios que llega a los últimos. Habitados de Dios, la presencia de los religiosos en la sociedad no se reduce nunca al funcionalismo o a la gestión de obras, sino que es signo profético del “más allá” y de una interioridad que es levadura en medio de la superficialidad reinante en el mundo.

La “levadura” es un trozo pequeño de masa ya fermentada que, al mezclarse de nuevo con harina y agua, hace que todo el conjunto fermente. Los religiosos son personas como los demás que han conocido al Señor y contagian su amor infinito con lo que hacen y con lo que son.

Esta Jornada nos invita a todos a volver al corazón, a redescubrir la chispa que nos llevó a consagrarnos, a entregarnos totalmente. En la interioridad echan raíces los mejores frutos de bien en el orden del amor. Lo que brota del corazón fecundado con el amor de Dios es lo que hace santas y agradables a Dios a las personas, porque del corazón sano salen pensamientos bondadosos, la defensa de la vida, la fidelidad, la pureza, la generosidad, la bendición, la alabanza.

Con mi bendición.

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