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Hilo directo con Dios: la espiritualidad de las personas con discapacidad intelectual


ECCLESIA visita la Casa Santa Teresa para conocer cómo viven la fe las personas con discapacidad intelectual: «Conectan con Dios con gran facilidad»

A unos pocos pasos del bullicioso paseo de la Castellana y su plaza de Castilla, a tiro de piedra de las torres que vigilan el cielo de Madrid y los trenes que entran y salen de Chamartín sin descanso, entre chalets, colegios y alguna universidad, se halla la Casa Santa Teresa. La definición administrativa —está concertada por la Comunidad de Madrid— dice que es un centro ocupacional y una residencia, pero las palabras, en este caso, no le hacen justicia. Porque la Casa Santa Teresa es un hogar, una casa, como bien dice su nombre, un lugar donde se despliegan capacidades, más que para atender discapacidades, que también. En concreto, lo hacen 35 adultos con discapacidad intelectual, 31 mujeres y 4 hombres. 18 de las mujeres residen permanentemente allí, en grupos pequeños, en familia. Un hogar donde se cuidan todas las dimensiones de la persona —física, educativa, psicológica, de ocio y espiritual—, custodiado por las Hijas de Santa María de la Providencia, congregación fundada por san Luis Guanella a finales del siglo XIX para, y así reza su carisma, impreso en la casa, «revelar al mundo el amor providente y misericordioso de Dios Padre dentro de un ambiente familiar, promoviendo de manera integral a la persona, especialmente a los más desfavorecidos, a través de la pedagogía del amor y del corazón».

Son las 9:30 horas del 19 de diciembre —por cierto, cumpleaños de san Luis Guanella— cuando ECCLESIA cruza el umbral de la puerta de la Casa Santa Teresa. Nos adentramos así en una realidad, quizás desconocida, oculta para la mayor parte de la población, también de los creyentes, la de la espiritualidad de las personas con discapacidad intelectual. 

Lo primero que comprobamos, es que, en realidad, la Casa Santa Teresa son muchas casas: tres casas-familia, más la que hace las veces de la comunidad de las religiosas, que están presentes todos los días del año, y el centro donde se forman, crecen y trabajan. Como si fuera una pequeña ciudad, en las paredes de cada chalet hay placas con nombres especiales. Hay plazas —de la Familia Guaneliana—, calles —del Huerto o Don Guanella—, rincones —de Clara— y pasajes —de los Voluntarios—. Todo forma el barrio Santa Teresa. De un lado a otro corre un perro, Mombi, la mascota, uno más de la familia, con un papel importante.

En la casa principal nos recibe sor Luisa María López, hija de Santa María de la Providencia, responsable de la congregación en España y una de las tres religiosas que viven allí. Quedan pocos minutos para que comience la jornada de trabajo y formación, mientras el personal —hay 27 personas contratadas— va y viene a la espera de la llegada de los verdaderos protagonistas, los que vienen de sus casas y las que viven allí.

En una de las paredes se ancla como recordatorio permanente el ideario, donde la fe aparece en primer lugar y le siguen el «bien, bien hecho», el espíritu de familia, la vida, la atención personalizada, el valor de las capacidades, las cualidades y los dones espirituales, el servicio y la alegría y la sencillez. Se añade una máxima: que las personas vulnerables son los dueños de la casa.

Sor Luisa nos introduce en la espiritualidad de las personas con discapacidad intelectual. Parte de una realidad dolorosa. A veces, se las excluye porque se considera que «no entienden». Sin embargo, ella subraya que la fe no tiene que ver solo con el entendimiento, sino con la experiencia. «Tienen hilo directo con la trascendencia. Hilo directo. Ellos tienen hilo directo con ese Dios que está dentro y no necesitan entender nada, sino dejarse amar. Nosotros lo vivimos cada día. Lo palpamos. Dicen cosas de alta teología. ¿De dónde las sacan? Pues de la experiencia, porque Dios es experiencia. Conectan con Dios con una gran facilidad».

Al pedirle un ejemplo, sor Luisa nos cuenta una historia personal, vinculada a la muerte de su padre, en 2008. Entonces, como es normal, vivía momentos de sufrimiento, aunque intentaba que en la casa no se le notase. En una ocasión, mirando por la ventana, se le escapó una de esas lágrimas silenciosas que caen con todo el peso del dolor. Justo en ese momento apareció Bego, una chica con síndrome de Down, que la abrazó y le dijo: «Vamos a ver, Güisa —no era capaz de pronunciar bien su nombre—, tú nos dices en la matequesis —quería decir catequesis— que con Jesús siempre estamos bien y alegres. Deja de llorar, Papá está con Jesús». Sor Luisa pasó todo el día llorando, pero no de dolor: «Me dio una lección. Y esto es altísima teología».

Mientras charlamos, se incorpora sor Elisete Elegeda, también religiosa guaneliana y responsable de Pastoral de la Casa Santa Teresa. Son las 10:00 horas. Es el momento en el que todos se juntan en el gimnasio, el espacio más amplio del complejo, para iniciar la jornada con una oración. Cada día hacen una cosa. El lunes recuerdan el Evangelio del domingo; el martes cuentan anécdotas de la vida de san Luis Guanella; el miércoles hay un cuento con moraleja; el jueves, peticiones; y el viernes, acción de gracias. Es viernes y, además, se despide una de las educadoras, un buen motivo para agradecer. Se reza a la Virgen y cada uno se dirige a la actividad que tiene programada, una de ellas, el trabajo. En la Casa Santa Teresa se hacen diversos talleres de manipulados, en colaboración con varias empresas. Por ejemplo, preparan los tapones para el agua oxigenada y envasan té. «Nos da la posibilidad de que los chicos y las chicas tengan una gratificación mensual, y esto para ellos es importantísimo», explica sor Luisa.

Mientras tanto, sor Elisete reúne para ECCLESIA a Carmen, Laurentina, Raquel y Olga Elvira. Ellas nos van a enseñar cómo se vive la espiritualidad en la casa, cómo la viven ellas, y cómo les ayudan herramientas como Godly Play. Elisete, que se ha formado en este método interactivo y visual para contar la historia de la salvación, las guía.

Así que subimos a la última planta de una de las casas-familia, un piso que podríamos definir como de cuidado integral. Porque allí está la sala Godly Play, pero también una habitación para el cuidado estético —Carmen nos enseña sus uñas rojo carmesí— y otra multisensorial, para la estimulación cognitiva.

Elisete sube aquí con cada grupo dos veces por semana para sesiones de hora y media, en las que se cuenta una historia de la Biblia, se juega y se reflexiona sobre ella. Como el grupo es siempre el mismo, se genera un ambiente de confianza, donde cada persona puede hablar con libertad y compartir lo que siente en el corazón. «Nosotras solo somos instrumentos de Dios para que surja en ellos lo que ya tienen dentro, para evidenciar lo que ya está dentro», explica sor Luisa. Elisete cuenta el caso de una de las chicas, que había conseguido poner nombre a lo que estaba viviendo: «Su historia es durísima. Había perdido al padre, a la madre y la casa y, entonces, propuse una historia sobre las cruces. Y, poniendo cruces encima de la mesa, de repente, dijo: “Ahora ya entiendo”. Repetía esta frase y se quedaba en silencio. Y otra vez. Yo no intervenía. “Ya entiendo. Cada uno tiene su cruz y la mía me ha tocado grande”, concluyó. Después de decir esto, sugerí ir a la capilla, donde está la presencia real de Jesús, para rezar. Y me dijo que no, que no hacía falta, que Jesús ya estaba allí. Y comenzó una oración: “Jesús, yo no puedo cargar esta cruz sola. Tú, que has cargado la tuya, échame una mano con la mía”».

El poder de las historias

Sentadas alrededor de la religiosa, estas mujeres nos ofrecen una aproximación a lo que sería una sesión de Godly Play, aunque esta es especial. Elisete les pide que muestren a ECCLESIA cuáles son sus historias favoritas. Carmen elige la de Noé y coge el arca para explicárnosla. Laurentina adelanta el misterio de la Navidad —cuando visitamos la casa todavía estamos en Adviento, como señala una especie de reloj litúrgico en la puerta—, con la Sagrada Familia en Belén, mientras que Raquel nos devuelve al Antiguo Testamento con el profeta Jonás y la ballena. Olga Elvira despliega ante nosotros una serie de tablas que narran toda la vida de Jesús, desde su nacimiento hasta la cruz, en cuyo reverso está la resurrección, porque no se pueden separar una de otra, dicen todas al unísono. En este recorrido hablan de las curaciones de Jesús, del Espíritu Santo —«no se ve ni se toca, pero se siente», explica Laurentina— o de la muerte —Olga Elvira perdió a su abuela hace poco. «Nos hace sufrir», añade Carmen—. 

Pero en esta sesión también aparecen respuestas. A preguntas, por ejemplo, de quién es Dios para ellas, formulada con torpeza por este reportero. Pero para eso está Elisete, que reconduce la conversación con delicadeza: «Y yo me pregunto… ¿Quién es Dios para mí?». «Dios es nuestro padre», responde Olga Elvira. Todas asienten. Dicen que nos quiere mucho. Y alguien añade que castiga si no somos buenos. «¿Dios castiga?», interpela la religiosa. Laurentina dice que es algo que se solía de decir, pero no, Dios no castiga, sino que perdona siempre. «Si él me ha creado, ¿cómo me va a castigar?», continúa Elisete. «Yo creo que nos va a abrazar, como el padre al hijo pródigo», apostilla Carmen.

Cita Carmen una párabola, y concluimos con otra, la del buen samaritano. Laurentina coge la caja y, entre todas, van construyendo la historia, hasta que la religiosa hace la pregunta clave. «¿Quién fue el prójimo de aquel que estaba tirado al borde del camino?». «El buen samaritano». Todas responden correctamente. «¿Y quién es mi prójimo?». «La persona que está a mi lado», añade Carmen.

A veces se equivocan, otras responden con dificultad, pero la profundidad espiritual se puede palpar en una sesión con ellas. Elisete, que tiene que estar acostumbrada, exclama admirada con algunas de las respuestas de las chicas. Y mientras todo vuelve a su sitio, sor Luisa anima desde la puerta a que alguna exprese cuáles son sus sueños. Olga Elvira tiene dos, aunque uno ya lo ha cumplido. Era su sueño ver al Papa y lo ha conseguido. El otro deja con la boca abierta. «Ser santa», dice.

De la sala Godly Play nos vamos a la acogedora capilla de la comunidad. Allí, algunas de las residentes se suman a los rezos diarios de las religiosas. Sobre el altar, una reliquia de san Luis Guanella. Le cantan el cumpleaños feliz a toda voz. A los pies, un hermoso belén. Es tiempo para rezar, para que cada una ponga sus peticiones. La familia, la santidad y la paz. También encomiendan al que escribe estas líneas y a Carlos, nuestro fotógrafo, para que hagamos «el bien, bien hecho», propone sor Luisa, retomando uno de los puntos del ideario. A la salida, las chicas, con una sonrisa en la cara y tras acariciar a Mombi, que sigue por allí, se incorporan a sus tareas diarias. 

La fe, explica sor Luisa, vertebra la vida de la casa. No podía ser de otra forma y traspasa sus puertas. Muchos de los chicos forman parte de grupos de Fe y Luz, para personas con discapacidad intelectual, y los que viven en la casa y se quedan los fines de semana van a Misa juntos con la ayuda de voluntarios, que vienen expresamente para llevarlas.

«Es un lujo vivir con ellas. No es fácil, porque hay momentos muy duros, pero a su lado hago experiencia de Dios, que me dice que existe y que está aquí. Lo veo en esa fe pura, en ese abrazo, en ese quererte de verdad. Es una experiencia única y que me pone en crisis. Es como si Dios me dijera, en cada momento, tienes que ser como Olga, tienes que ser como Laurentina, como Carmen, ojalá seas como Raquel. Ellos y ellas son el prototipo que Dios quería para el hombre y la mujer. Tan auténticos, tan puros», explica sor Luisa con emoción. Pero, como decía antes la religiosa, no es una vida fácil, más bien una vida de sacrificio: «Pronto va a entrar en la congregación una chica que es profesora en la Universidad Pontificia Comillas. Nosotros no le ofrecemos un camino de rosas, sino una vida de sacrificio, pero plena», explica.

Cuando concluye la conversación, la actividad sigue en la casa. Mombi corretea y los pasos nos devuelven otra vez al bullicio de la gran ciudad. Nos alejamos con una certeza: que derribar las barreras que impiden a las personas con discapacidad intelectual desarrollarse de forma integral es posible. Y, por tanto, una tarea urgente. 

De hecho, esta convicción ya está muy presente en el ámbito académico y pastoral, no en vano, el pasado mes de octubre, la Universidad Pontificia Comillas acogió la I Jornada de Espiritualidad y Discapacidad Intelectual, en la que también participó la Casa Santa Teresa. Un encuentro en el que se puso de manifiesto que las personas con discapacidad intelectual tienen derecho a desarrollar la espiritualidad y que esta es un elemento clave para su inclusión social. «Son uno de los rostros de Dios en nuestro mundo, un lugar de comunión, de construcción de la paz y para el crecimiento espiritual», explica a ECCLESIA Ana Berástegui, directora de la Cátedra Familia y Discapacidad Fundación Repsol de la Universidad Pontificia Comillas. Y añade: «Pero tienen que ser incluidos no por lo que aportan, sino por lo que son, hijos de Dios».

Esta jornada, pionera, junto con numerosas iniciativas surgidas en el seno de la Iglesia para facilitar la inclusión, ofrecen esperanza para que, como rezaba el lema de la jornada, se alcance una espiritualidad sin barreras. 

Retos

Porque, como comparte Berástegui, todavía hay retos a los que responder. Desafíos como falta de reconocimiento de la propia persona con discapacidad intelectual, pero también de su espiritualidad. Porque si no se mira a esta dimensión, esta se hace cada vez más pequeña y tiene dificultades para crecer. En segundo lugar, la barrera de la exclusión de determinados espacios —catequesis, sacramentos, escuela…—, que «afecta al desarrollo de las conexiones que nos ayudan a construir vínculos que nutren la espiritualidad». Y, finalmente, algunas barreras de formación o tecnológica, de comprender cuáles son las herramientas para hacer accesible el desarrollo espiritual de las personas con discapacidad, esto es, «la falta de conocimientos prácticos o técnicos de catequistas, profesores de Religión o párrocos, que impide que sea más sencilla la inclusión eclesial.

Como hemos visto en la Casa Santa Teresa, se pueden sortear estas barreras para garantizar un derecho que es fundamental y, a la vez, cumplir el mandato evangélico de cuidar a los más pequeños. Porque las personas con discapacidad intelectual son hijos de Dios y hermanos nuestros, y, concluye Berástegui, «un lugar teológico privilegiado para comprender que todos somos personas limitadas, que Dios nos quiere tal y como somos, y que nos busca, nos llama, nos acoge y nos necesita». A todos, todos, todos. 

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