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El Jueves Santo de Benedicto XVI: «Comer la Eucaristía es el comienzo de la participación en la Cruz y la Resurrección»

En la antología El Señor nos lleva de la mano, la homilía del 28 de marzo de 2013 nos ofrece, con la precisión de un genio teológico, una visión magistral: «Jesús también espera nuestra Pascua»

La publicación del libro El Señor nos lleva de la mano por parte de la editorial Encuentro ha puesto al alcance del público un tesoro espiritual inédito: las homilías privadas de Benedicto XVI, que despliegan sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico toda la erudición y profundidad del papa teólogo, aderezadas de la sencillez e intimidad que dan los foros muy reducidos. Y es que estas reflexiones, alejadas de las multitudes y las cámaras, fueron pronunciadas ante una «pequeña familia espiritual» en la intimidad de su capilla.

Este Jueves Santo, su homilía del 28 de marzo de 2013 —apenas 15 días después de que Francisco fuera elegido Sumo Pontífice— en el monasterio Inmaculada Concepción en Albano Laziale resuena con la precisión de un genio teológico que se prepara para el encuentro definitivo con la Verdad, ofreciendo una visión magistral de que «Jesús también espera nuestra Pascua». Ante una pequeña comunidad de fieles, y despojado de los protocolos de los grandes auditorios, el entonces Papa emérito se adentró en la profundidad de este Triduo Pascual con la sencillez del sabio que habla desde el corazón, «testimoniando hasta el final su pasión por el Evangelio».

En su reflexión de la Misa in Coena Domini de hace 13 años, Benedicto XVI comienza destacando del Evangelio lucano que «Jesús tiene un ardiente deseo (…) de nuestro amor, de nuestro “sí”». Y en este deseo de Cristo «está el deseo de Dios»: «Por eso el Hijo de Dios bajó del cielo, se hizo hombre para encontrarse con nosotros y amarnos (…), porque quiere comer esta Pascua con nosotros». El Papa teólogo explica también que, aunque «evidentemente pensamos en la Última Cena con los discípulos, la Pascua de Jesús no es solo una, y cada Pascua de Jesús es una única Pascua».

Establecido que Dios nos desea a cada uno de nosotros y que Jesús también espera nuestra Pascua, cabe deducir que el Creador que arde de amor por su criatura «ha escrito en cada corazón humano un deseo de él». «El hombre tiene ese deseo de infinito, de amor infinito, de alegría», prosigue, determinando que, a su juicio, «ser creado a imagen y semejanza de Dios es precisamente esto: tener el deseo de Dios». «Por eso somos a imagen de Dios y no podemos ser a imagen de nosotros mismos; para ir más allá, hemos recibido este deseo de amor infinito», concluye.

Por mucho que el hombre ignore o se olvide de su Creador, este deseo no se puede apagar, y «todas las cosas absurdas de los hombres de nuestro tiempo son fruto de este deseo, equivocado en la forma». Al subsistir siempre ese deseo infinito del gran amor de Dios, en ocasiones se encuentran en nuestro interior el deseo de Dios y el de la propia persona. Tras recordar el ejemplo de santa Clara, quien renunció a su belleza y a su noble posición en Asís siguiendo este anhelo, ante un reducido auditorio de fieles religiosas, Benedicto XVI advirtió de que «existe el peligro de que en la costumbre, en la rutina de cada día, este deseo se achate, se desvanezca», por lo que propone pedir un encuentro «con el primer amor de Jesús», «la llama del amor por él».

Posteriormente, el Papa alemán abordó el concepto «Pascua» etimológicamente, resaltando que, tras esta palabra, aparecen otros dos términos clave en las parábolas de Cristo: cena y bodas. Con respecto a la primera, Jesús «quiere hacerse nuestro alimento», material y del Espíritu, del pan y la Palabra. Cuando comemos su pan, «no es una comida normal», sino «algo totalmente distinto: entramos en comunión con Cristo, con Jesús resucitado». «Pero, ¿cómo lo hacemos? ¿Qué es este comer? Es un encuentro de amor».

Citando las Confesiones, Benedicto XVI recuerda a san Agustín cuando escucha: «No me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí». Al comer, recuerda el Papa emérito, «tomamos un trozo de la materia de este cosmos, que se transforma, en el proceso de la digestión, en una parte de mí: una parte de la realidad entra en mí y se transforma en una parte de mí». Pero al comulgar al Señor sucede exactamente lo contrario: «Jesús no es atraído hacia mí y transformado en mí (…): en esta cena, el Señor me saca de mí y me asimila a sí mismo. Soy transformado en Jesucristo». Por eso, apreciamos en esta Última Cena que aquí «está ya la realidad de la Cruz: la renuncia del salir de uno mismo y del ser transformado en el cuerpo y la carne de Cristo».

En este proceso de transformación de nosotros mismos se halla también el elemento de las bodas, la unión esponsal. Recorriendo la carta de san Pablo a los Efesios, el Papa teólogo recuerda que queremos llegar a ser «un solo cuerpo y un solo Espíritu» con Jesucristo. «Esta transformación en un único cuerpo, en un único espíritu con el Señor, es el verdadero proceso de la Pascua, es la verdadera cena, el verdadero esponsalicio, las verdaderas bodas», concluye.

Finalmente, Benedicto XVI pide a su pequeña comunidad que se dirijan al Señor con esta plegaria: «Sácame de mí mismo, ayúdame a no permanecer en mí y a ser transformado en ti, de modo que me una a ti, sea transformado en mi interioridad e insertado en el proceso de la Cruz y de la Resurrección. Así, comer la Eucaristía será el comienzo de la participación en la Cruz y la Resurrección. Señor, gracias por habernos hecho este regalo, ayúdanos a ser dignos de tu presencia, transfórmanos en ti».

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