Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell,
Retomamos las cartas dominicales de profundización en el Concilio Vaticano II. Hoy quisiera presentaros el decreto Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo. Su título, «Restauración de la unidad», expresa un anhelo que nace del corazón de Cristo. Porque el Señor, la noche antes de entregar su vida, pidió al Padre «que todos sean uno». La división entre los cristianos es una herida espiritual que contradice el Evangelio y debilita el testimonio de la Iglesia ante el mundo.
El Concilio, con este decreto, nos invita a mirar el ecumenismo como una llamada a la conversión. Por eso, Unitatis redintegratio recuerda que el movimiento ecuménico nace de la acción del Espíritu Santo: él despierta el deseo de comunión, purifica la memoria, abre caminos de encuentro y sostiene la paciencia necesaria para caminar juntos.
La Iglesia confiesa con claridad que la plenitud de los medios de salvación subsiste en la Iglesia católica; y, al mismo tiempo, reconoce con gratitud que fuera de sus fronteras visibles hay muchos elementos de santificación y de verdad: la Sagrada Escritura, la fe en Jesucristo, el bautismo, la oración, dones espirituales y, a veces, incluso un testimonio heroico de santidad. Allí donde se invoca sinceramente el nombre del Señor, hay ya una verdadera comunión, aunque imperfecta, que nos llama a avanzar.
El ecumenismo auténtico consiste en vivir la fe con mayor profundidad. El Concilio nos enseña a distinguir entre el depósito de la fe y las formas históricas de expresarlo, y nos invita a buscar un lenguaje más comprensible, un trato más fraterno y una actitud menos defensiva. La unidad crece cuando se unen la verdad y la caridad.
Unitatis redintegratio señala caminos concretos. El primero es la oración: la «oración por la unidad» es el alma del ecumenismo. El segundo es la conversión interior: reconocer pecados, orgullo y prejuicios que han alimentado separaciones. El tercero es el conocimiento mutuo: superar caricaturas, estudiar la historia con honestidad, aprender a valorar lo que el Señor ha obrado en los demás. Y el cuarto es el diálogo teológico y pastoral, que busca claridad y acercamiento, con paciencia y fidelidad.
El ecumenismo se vive también en el día a día. Se vive cuando un cristiano católico habla con respeto de otros cristianos y no los desprecia con palabras fáciles. Se vive cuando colaboramos en obras de caridad y en iniciativas por la justicia y la paz, no compitiendo, sino sirviendo juntos. Se vive cuando, en un matrimonio mixto o en una familia con tradiciones diferentes, se cuidan el amor, la oración y la educación en la fe con delicadeza y discernimiento. Se vive cuando evitamos el escándalo de la división en lo pequeño: en nuestras propias comunidades, donde a veces nos separamos por gustos, sensibilidades o heridas no curadas.
Por eso, a la luz de Unitatis redintegratio, os propongo tres actitudes sencillas.
La primera: rezar con perseverancia por la unidad; algunas parroquias, como la de Santa María de Guissona, ya lo tienen en su programa pastoral.
La segunda: cultivar el respeto y el conocimiento. Si nos encontramos con otros cristianos, reconozcamos lo que nos une: un solo Señor, una sola fe bautismal, una sola esperanza.
La tercera: trabajar por la comunión empezando por casa. La unidad que pedimos para toda la Iglesia comienza en la reconciliación concreta, en el perdón, en la escucha, en la humildad de reconocer el bien del otro.
Que el Señor nos conceda ser artesanos de comunión, para que el mundo pueda creer.
De vuestro obispo y servidor,





