Mañana celebramos la solemnidad de los apóstoles san Pedro y san Pablo; llamados columnas de la Iglesia. Personalidades distintas, como diverso fue su ministerio, pero unidos por su fidelidad a Cristo. Uno fue apóstol de primera hora, el otro de la última pero ambos fueron evangelizadores hasta dar su vida por el Evangelio. En su solemnidad se nos pone delante de los ojos una de las preguntas clave de la vida cristiana. Jesús no se interesa tanto por lo que dice la gente, ni por cuál es la opinión más extendida o más popular; lo que Jesús quiere saber es qué creen quienes Él ha llamado. Se dirige directamente a sus discípulos: «Vosotros, ¿quién decís que soy?». Es una pregunta personal que atraviesa los siglos y llega también a nosotros. No es una cuestión teórica, sino una invitación a tomar posición ante Cristo: ante Cristo nunca podemos ser tibios, debemos ser siempre radicales.
Simón Pedro responde con una confesión de fe que es el fundamento de la Iglesia: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Pedro reconoce en Jesús mucho más que un maestro, un profeta o un hombre sabio. Descubre que en Él habita la plenitud de Dios y que es el enviado que trae la salvación al mundo. Esta fe no nace simplemente de la inteligencia humana, sino de la apertura del corazón a la revelación de Dios.
Esta palabra del Evangelio adquiere una especial actualidad a la luz de la primera encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas . En este documento, el Papa reflexiona sobre la dignidad incomparable de la persona humana en un tiempo marcado por los grandes avances tecnológicos y por la irrupción de la inteligencia artificial, cuando parece que el valor de nuestra humanidad pierde peso. La encíclica nos recuerda que ningún progreso técnico puede hacernos olvidar quiénes somos ni cuál es nuestro destino. La persona humana no es un dato, ni un algoritmo, ni una pieza de un sistema productivo: es un ser creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a la comunión con Él.
Por eso, la pregunta de Jesús y la reflexión de la encíclica convergen en un mismo punto. Sólo cuando reconocemos a Cristo como al Hijo de Dios vivo descubrimos también la verdadera grandeza del ser humano. Si perdemos a Cristo de vista, corremos el riesgo de reducir a la persona a su utilidad, a su rendimiento oa su capacidad de producir. Pero cuando confesamos con Pedro nuestra fe, entendemos que cada hombre y cada mujer tienen una dignidad sagrada que no depende del éxito, de la fuerza o de la tecnología.
En una sociedad que a menudo busca respuestas rápidas y confía excesivamente en sus propias creaciones, Jesús sigue preguntándonos: «Vosotros, ¿quién decís que soy?». La respuesta que damos no es sólo una profesión de fe; es también una forma de entender la persona humana, la sociedad y el futuro. El cristiano está llamado a proclamar, con palabras y obras, que Jesucristo es el Señor, que hemos sido hechos hijos con el Hijo y que sólo en Cristo encontramos la verdad plena sobre Dios y sobre nosotros mismos.
Que los ejemplos de san Pedro y de san Pablo nos ayuden a renovar hoy nuestra fe. Y que, en medio de los retos de nuestro tiempo, sepamos anunciar con convicción que Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo, y que sólo en Él la magnífica humanidad a la que estamos llamados llega a su plenitud.







