El obispo lanza un mensaje de cercanía a las familias desalojadas y a quienes lo han perdido todo, y confía en que parroquias y comunidades les acompañen en estos meses futuros.
Ante la emergencia provocada por los incendios que han golpeado a numerosos municipios de la diócesis de Getafe, Mons. Ginés García Beltrán, ha querido trasladar en un videomensaje su cercanía a quienes han sufrido las consecuencias del fuego y agradecer la respuesta generosa de las muchas personas e instituciones que han ofrecido su ayuda estos días.
La Sierra Oeste madrileña, territorio de la diócesis, ha sido una de las zonas más castigadas por las llamas, que han obligado a evacuar o confinar a miles de vecinos y han dejado tras de sí hogares y negocios destruidos, además de familias que afrontan ahora un futuro incierto.
«El fuego ha vuelto a convertirse este verano en protagonista, protagonista que no alumbra, sino que destruye», lamenta el prelado, que reconoce que la tragedia «no tenía que sorprendernos», porque «en los últimos años venimos sufriendo estas catástrofes del fuego».
El obispo describe el drama humano de quienes han tenido que abandonar sus casas o han permanecido recluidos en ellas por miedo a las llamas, y de quienes, al regresar, se han encontrado su vivienda arrasada. «Hay gente que lo ha perdido todo», afirma. Entre las localidades afectadas figuran Aldea del Fresno, Navas del Rey, Chapinería, Colmenar del Arroyo, Rozas de Puerto Real, Cadalso de los Vidrios, Cenicientos, Villa del Prado, Pelayos de la Presa y San Martín de Valdeiglesias.
«Lo mejor del corazón humano»
Frente al dolor, García Beltrán pone en valor la respuesta ciudadana e institucional. «Es cuando se manifiesta la solidaridad, lo mejor del corazón humano», señala, agradeciendo a cuantos «han salido al monte para apagar el fuego» e impedir que llegara a las zonas habitadas. El prelado recuerda también los gestos de cercanía —«una mano amiga, un abrazo»— que han aliviado el sufrimiento de los damnificados, y los enlaza con la reciente visita del Papa a España, que invitaba a «alzar la mirada» para extraer lecciones de estos momentos.
El obispo pide no quedarse solo en la respuesta inmediata, sino mirar también el día después. «Cómo me gustaría que la Iglesia, nuestras parroquias, nuestras comunidades, puedan atender material y espiritualmente a aquellos que lo necesitan en estos meses futuros», afirma, recordando que hará falta tanto ayuda material como escucha, porque «hay mucha gente que necesita ser escuchada, volcar todo lo que lleva dentro». Y hace un llamamiento a que el compromiso no dependa de la actualidad informativa: «Que no nos apaguemos cuando se apague lo mediático, sino que sigamos ahí cerca, cercanos a los demás, para ser una mano amiga, un rostro fraterno». Insiste, además, en que «es mejor construir puentes que no muros».
El prelado cierra reconociendo los tres sentimientos que atraviesan estos días en la diócesis: «Dolor por el incendio y la destrucción; alegría por la colaboración y la solidaridad; y esperanza en que podamos ser cada día mejores». «Que Dios bendiga a todos los que sufren esta desgracia natural —concluye— y también a los que lo han hecho más llevadero con su ayuda».








