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«¿Habéis entendido todo esto?». Le responden: «Sí que lo hemos entendido» (Mt 13,51)

Escuchamos muchas veces la Palabra de Dios, a veces con atención, a veces de forma rutinaria sin hacerle demasiado caso. Para que la Palabra de Dios nos llegue al corazón es necesario tener una actitud de escucha, abrir nuestras orejas y hacer una escucha atenta y paciente.

La escucha es la actitud de acogida de la Palabra, porque si la Palabra no es acogida, si no es escuchada, si no es recibida, si tan sólo es oída, no puede dar fruto. Ésta es la profundidad del camino por el que el cristiano es invitado a avanzar, escuchando la Palabra para poder vivir una nueva creación. El cristiano está por encima de todo el discípulo de la Palabra. Pero ni siquiera es suficiente con acogerla con oreja atenta, es necesario que sea escuchada con la oreja sedienta de nuestro interior para que pueda arraigar dentro de nosotros y dar fruto. Si sólo paramos la oreja nos puede entrar por una y salir por la otra, sin dejar rastro alguno. Todas las dificultades de la vida espiritual, las enfermedades del alma vienen del cierre voluntario a la escucha al tener la oreja del corazón atenta a otras cosas, ensordecida por el ruido del mundo y de nuestros egoísmos. Hay que dejar entrar la Palabra en nuestro interior, dejarla arraigar reconociendo las malas hierbas de nuestras limitaciones, nuestras debilidades tanto físicas como morales, y no dejarlas crecer sino arrancarlas de pura cepa dejando que la buena semilla se haga, sin sucumbir bajo la mala hierba o los cardos, que ahogan.

No es suficiente tampoco con saber, con comprender, con escuchar la Palabra: hay que actuar, hacer, llevarla a la práctica, cumplir lo que la Palabra nos dice. Tan sólo cumpliéndola podremos entender su sentido profundo, desconocido y escondido, para percibir así que es bueno estar en la presencia del Señor, sentirlo cercano, buscando hacer su voluntad. «Buscar la voluntad de Dios significa buscar una voluntad amiga, benévola, que quiere nuestra realización, que desea sobre todo la libre respuesta de amor a su amor, para convertirnos en instrumentos del amor divino. En esta vía amoris es donde se abre la flor de la escucha y la obediencia.» ( Hagamos tuam, Domine, requerimos ).

Es éste un camino donde no tiene ninguna importancia quien seamos, tan sólo hay que tener presente la renuncia a los propios quereros y para poder hacerlo es necesaria la ayuda de Dios, que pedimos mediante la oración, que es la única ayuda válida al empezar a hacer cualquier cosa buena y poder poner nuestros migrados dones y talentos a disposición de los demás. La oración, nos dice san Juan Crisóstomo «es luz del alma, conocimiento verdadero de Dios, medio entre Dios y los hombres» ( Homilía 6 sobre la oración ) .

Que ese tiempo de verano sea para todos un tiempo propicio a la escucha a través de la lectura atenta de la Palabra y de la oración; un tiempo de vacare Deo , es decir de dejar espacio a Dios en nuestras vidas para poder entender mejor que quiere Dios de nosotros.

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