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Cómo una familia religiosa responde al reto de la IA

La misión de la Iglesia no consiste únicamente en comprender la inteligencia artificial, sino en recordar constantemente que ninguna máquina podrá sustituir una conciencia, una vocación, una comunidad o una oración

Cuando Christopher Olah, cofundador de Anthropic y uno de los investigadores más influyentes del mundo en inteligencia artificial, tomó la palabra durante la presentación de Magnifica humanitas, concluyó su intervención con una frase que resume el momento histórico que estamos viviendo: «Hoy es solo el comienzo». No era una llamada al entusiasmo tecnológico, sino al discernimiento compartido. Olah invitaba a que comunidades religiosas, académicos, gobiernos y sociedad civil entraran en una conversación que ya no puede quedar únicamente en manos de quienes desarrollan esta tecnología. Ese mismo espíritu de diálogo es el que ha querido asumir la Familia Agustino Recoleta al elaborar el documento Uso de la tecnología hoy y presencia en el mundo digital. Porque la gran cuestión ya no es qué podrá hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de humanidad queremos construir con ella.

Los Agustinos Recoletos somos una familia religiosa nacida en España en 1588, en el seno de la Orden de San Agustín. Un grupo de frailes, entre los que se encontraba fray Luis de León, soñó con una nueva forma de vivir el carisma agustiniano, más recogida, más misionera y profundamente enraizada en la búsqueda de Dios. Desde hace más de cuatro siglos, la Familia Agustino Recoleta —frailes, monjas contemplativas, religiosas, laicos, Fraternidades Seglares Agustino Recoletas, profesores y jóvenes— ha intentado responder a las necesidades de cada época sin renunciar nunca al corazón del Evangelio. Hoy, ese desafío tiene un nombre concreto: la inteligencia artificial.

Con ese horizonte, la Comisión de Comunicación y Evangelización Digital de la Orden ha elaborado el documento Uso de la tecnología hoy y presencia en el mundo digital, un texto que no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir un camino de discernimiento compartido. Desde el primer momento, comprendimos que la cuestión no era preguntarnos qué hacer con la inteligencia artificial, sino responder a la pregunta que el papa León XIV plantea en Magnifica humanitas: «Estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿qué estamos construyendo?» (MH, 90). Esa pregunta terminó convirtiéndose en el verdadero eje de nuestra reflexión.

El verdadero riesgo

Con frecuencia, el debate sobre la IA se mueve entre el entusiasmo desmedido y el miedo apocalíptico. Sin embargo, la encíclica evita ambos extremos. León XIV no presenta la inteligencia artificial como un enemigo de la humanidad, sino que dirige la mirada hacia un peligro mucho más profundo: la posibilidad de construir una sociedad donde la persona termine reducida a un dato, una estadística o un simple recurso productivo.

El Papa lo expresa cuando advierte del riesgo de una nueva Babel: «Evitemos, por tanto, el síndrome de Babel: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias […] Este es el riesgo de la deshumanización» (MH, 10). No es una condena de la tecnología, sino una llamada a recordar que el progreso nunca puede medirse únicamente por la capacidad técnica, sino por la dignidad que es capaz de proteger.

Entre Babel y Jerusalén

Quizá una de las intuiciones más bellas de Magnifica humanitas sea precisamente la elección de dos imágenes profundamente agustinianas: Babel y Jerusalén.

Babel representa la tentación permanente del ser humano de construir desde la autosuficiencia, confundiendo el desarrollo con el dominio y la inteligencia con el poder. Jerusalén, en cambio, simboliza la ciudad edificada sobre la comunión, donde la técnica está al servicio de la persona y no la persona al servicio de la técnica.

No es casual que León XIV recurra constantemente a san Agustín. El obispo de Hipona enseñó que «dos amores edificaron dos ciudades» (Ciudad de Dios, Libro XIV, cap. 28): el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios y el amor de Dios hasta el olvido de uno mismo. La cuestión sigue siendo exactamente la misma en la era digital. No estamos llamados a decidir si utilizaremos inteligencia artificial; esa decisión ya la ha tomado la historia. La verdadera pregunta es otra: ¿la utilizaremos para construir Babel o para reconstruir Jerusalén?

Un documento para dialogar, no para prohibir

Ese convencimiento marcó profundamente nuestro propio documento de trabajo. Desde el principio quisimos evitar un texto construido a base de prohibiciones o sospechas. La vida consagrada siempre ha sabido dialogar con la cultura de cada tiempo, y también ahora creemos que la inteligencia artificial puede convertirse en una oportunidad extraordinaria para la evangelización, la formación, la traducción, la creatividad o la organización de la misión.

Pero también somos conscientes de que existen ámbitos que nunca podrán ser delegados en una máquina. Una inteligencia artificial podría y puede redactar una homilía, pero no puede orar, no puede expresar el sentimiento del corazón. Puede analizar miles de textos, pero no puede amar. Puede generar imágenes de una belleza sorprendente, pero jamás podrá contemplar el misterio. La fe, la fraternidad, el discernimiento o el acompañamiento espiritual pertenecen al ámbito irreductible de la experiencia humana.

Por eso, nuestro documento insiste en que la IA debe ayudarnos a ser más humanos, no simplemente más eficientes. Como recuerda León XIV, la tecnología nunca es neutral: adquiere el rostro de quien la diseña, la regula y la utiliza. También nosotros estamos llamados a darle un rostro profundamente evangélico.

Reparar las redes

Durante el Jubileo de los Misioneros Digitales, celebrado en julio de 2025, León XIV dejó una de las imágenes que nos puede ayudar. Invitó a los evangelizadores digitales a «reparar las redes». No hablaba únicamente de internet. Hablaba de las relaciones humanas, de la amistad, del encuentro y de una sociedad cada vez más fragmentada.

Ese es, en el fondo, el compromiso que queremos asumir como Familia Agustino Recoleta. No aspiramos a convertirnos en expertos tecnológicos ni a competir con las grandes empresas de inteligencia artificial. Nuestro deseo es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más exigente, más recoleto: ayudar a que esta herramienta sea utilizada con cabeza, con corazón y siempre al servicio del bien común.

Queremos que nuestros frailes, monjas, religiosas, laicos, Fraternidades Seglares, docentes y Juventudes Agustino Recoletas sean hombres y mujeres capaces de habitar este nuevo continente digital sin perder de vista el rostro concreto de las personas. Porque la misión de la Iglesia no consiste únicamente en comprender la inteligencia artificial, sino en recordar constantemente que ninguna máquina podrá sustituir una conciencia, una vocación, una comunidad o una oración. 

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