El comienzo de un nuevo curso académico y escolar nos sitúa ante una de las tareas más decisivas: educar. No se trata solamente de transmitir conocimientos, adquirir competencias o preparar buenos profesionales. Educar significa ayudar a cada persona a descubrir quién es, para qué vive y cómo puede poner los dones recibidos al servicio de los demás. El pasado 5 de septiembre, en la Misa del Espíritu Santo con la que la Universidad de Sevilla inauguraba el curso 2026-2027, recordaba que la Universidad nació históricamente de una pasión: buscar la verdad. Cuando una institución educativa renuncia a las grandes preguntas —qué es el hombre, cuál es el sentido de la vida, dónde se fundamenta la dignidad humana, qu
El próximo sábado, 26 de septiembre, seremos partícipes en nuestra Santa Iglesia Catedral de un acontecimiento que llena de alegría y esperanza a toda la Archidiócesis. Por la imposición de las manos y la plegaria de ordenación, Pedro Lu recibirá el orden del presbiterado, y Carlos Javier Corento Calado, Javier Garrido Iglesias, Fabio Martarelli y Elder Joao Tavares Fortes serán ordenados diáconos. Cinco jóvenes que, después de un largo camino de discernimiento, formación, oración y acompañamiento, han pronunciado su sí al Señor. Detrás de ese sí hay muchas horas de silencio y de escucha, momentos de claridad y quizá también de incertidumbre; hay familias, parroquias, sacerdotes, formadores y comunidades cristianas que han acompañado su camino. Sobre todo, está la iniciativa amorosa de Dios, porque toda vocación comienza en su llamada. Él es quien llama, consagra y envía.
En una sociedad que invita tantas veces a asegurar la propia comodidad, a reservar espacios para uno mismo y a medir cuidadosamente lo que se entrega, estos cinco jóvenes han elegido otra lógica: entregar la vida. Han comprendido que la felicidad verdadera no consiste en guardarse, sino en darse; no en vivir para uno mismo, sino en hacer de la propia existencia un don para Dios y para los hermanos. El Señor continúa llamando. También hoy llama a jóvenes concretos a dejarlo todo para seguirle en el ministerio ordenado. No hemos de pensar que la vocación sacerdotal pertenece a otra época. Cristo sigue pasando por nuestras familias, parroquias, comunidades, hermandades, movimientos y asociaciones, grupos juveniles, colegios y universidades, y sigue diciendo: «Sígueme» (Mt 9,9). La cuestión es si ayudamos a nuestros jóvenes a hacer el silencio necesario para poder escuchar su llamada.
La ordenación de Pedro nos recuerda el inmenso regalo que supone el sacerdocio para la Iglesia. Los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial y configurados con Cristo Sacerdote para actuar en nombre de Cristo Cabeza (cf. Presbyterorum ordinis, 2). El sacerdote es enviado a anunciar el Evangelio, celebrar los misterios de la salvación, perdonar los pecados, acompañar al Pueblo de Dios y hacerse especialmente cercano a los pobres, los enfermos, los que sufren y cuantos necesitan encontrar un rostro que les muestre la misericordia del Padre. Junto a él cuatro hermanos recibirán el diaconado. Conviene que nuestras comunidades conozcan y valoren la riqueza de este ministerio. Los diáconos reciben la imposición de las manos «no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio» y, fortalecidos por la gracia sacramental, sirven al Pueblo de Dios «en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad» (Lumen gentium, 29).
Son tres dimensiones inseparables. La Palabra anunciada debe conducir al altar, y la Eucaristía celebrada ha de prolongarse necesariamente en la caridad. El diácono proclama el Evangelio, sirve en la liturgia y se hace particularmente cercano a quienes necesitan consuelo y ayuda. Esta dimensión adquiere una importancia particular en nuestro tiempo. Hay muchas pobrezas junto a nosotros: personas que no llegan a final de mes, ancianos que viven en soledad, enfermos necesitados de compañía, migrantes que buscan acogida, familias heridas, jóvenes desorientados, hombres y mujeres que han perdido la fe. Precisamente hacia ellos debe dirigirse con especial solicitud la Iglesia. El ministerio ha de conducir hacia los pobres, los enfermos, los ancianos y quienes han perdido la esperanza.
La Iglesia necesita sacerdotes santos, alegres, profundamente enamorados de Jesucristo y entregados sin reservas a su pueblo. Necesitamos hombres de oración que celebren la Eucaristía con fe viva, anuncien con valentía el Evangelio, gasten tiempo en el confesionario, acompañen a las familias, busquen a quienes se han alejado y estén cerca de los pobres. Necesitamos ministros que hagan visible a Cristo, el Buen Pastor. Por eso pido especialmente a las familias cristianas: hablad con naturalidad de la vocación sacerdotal en vuestros hogares. No tengáis miedo si un hijo manifiesta que se siente llamado. Acompañadlo, rezad por él y ayudadle a discernir con libertad. Pido también a sacerdotes, catequistas, profesores y responsables de pastoral juvenil que sepamos proponer la vocación sin complejos. El Señor sigue llamando, pero necesita corazones y comunidades en las que su llamada pueda ser escuchada. Pidamos al Dueño de la mies que continúe enviando obreros a su mies. Que Nuestra Señora de los Reyes proteja a quienes van a ser ordenados y alcancen para nuestra Archidiócesis muchas y santas vocaciones sacerdotales.





