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Jornada Mundial por el trabajo decente

La Jornada mundial por el trabajo decente, el próximo 7 de octubre, invita a reflexionar sobre el trabajo. El trabajo no es solamente un medio para obtener unos ingresos. Es antes de nada una dimensión propia de toda persona. Como nos recuerda León XIV en su encíclica Magnifica humanitas, “creados a imagen del Creador, mediante nuestras obras prolongamos de algún modo la suya: contribuimos al progreso de la sociedad y a la construcción del bien común, ponemos en práctica las capacidades recibidas, mejoramos y embellecemos el mundo, sostenemos a nuestras familias, entablamos relaciones de cooperación y aprendemos a construir juntos, en la escucha y el diálogo, algo que nadie podría realizar por sí solo” (n. 148).

Al hablar de trabajo, hemos de poner en el centro siempre a la persona. Detrás de cada contrato, de cada jornada laboral y de cada salario hay un hombre o una mujer que desea vivir con dignidad, sacar adelante a su familia y mirar al futuro con esperanza. Y un trabajo es decente cuando respeta la dignidad propia de toda persona. Esto exige salarios suficientes, estabilidad y seguridad en el trabajo, y unas condiciones laborales que respeten los derechos de quienes trabajan. Y exige también hacer posible la conciliación entre la vida laboral y familiar.

La Doctrina Social de la Iglesia enseña que el trabajo y la economía deben estar al servicio de la persona y no al revés. La actividad laboral y económica alcanzan su verdadero sentido cuando contribuye al desarrollo integral de las personas y al bien común. El beneficio económico es legítimo y necesario, pero no puede convertirse en el único criterio que determine las relaciones laborales y económicas. La persona nunca puede ser reducida a un instrumento de producción.

En este sentido hay que reconocer y agradecer el compromiso de tantas empresas, trabajadores, sindicatos, organizaciones sociales, comunidades cristianas y personas que trabajan cada día para construir unas relaciones laborales más humanas, dignas y justas. Al mismo tiempo no podemos ignorar las situaciones de precariedad que todavía afectan a muchas personas: empleos inestables, salarios insuficientes, falta de seguridad, jornadas que dificultan la conciliación familiar o dificultades de acceso al mercado laboral. Estas situaciones pueden verse incrementadas con la aplicación de la automatización, la robótica y la inteligencia artificial al mundo del trabajo.

Ante estas realidades, nuestra respuesta no puede ser la indiferencia. Como sociedad y como comunidad cristiana estamos llamados a poner a la persona en el centro y a acompañar especialmente a quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad. También estamos llamados a promover una cultura del trabajo que reconozca el valor de cada persona y que favorezca la solidaridad, la responsabilidad y la justicia. El trabajo decente es una tarea de todos.

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