Nuestro país tiene el orgullo de ser el primer país del mundo en número de misioneros en activo y es el segundo en recaudar dinero para las misiones
Si la Iglesia católica está de celebración este 2026 por el centenario del Domingo Mundial de las Misiones —que en los países de lengua española conocemos como Domund—, proclamado por el papa Pío XI, España tiene un motivo añadido para celebrar con alegría esta efeméride: ¡es el centenario también del nombramiento del primer director nacional de las Obras Misionales Pontificias! De la institución encargada de hacer realidad la celebración de esta jornada misionera.
Fue en el año 1922 cuando Pío XI instituyó en Roma las Obras Misionales Pontificias, como servicio de la Santa Sede para la atención espiritual y material de los territorios de misión. Para ello contó con tres iniciativas que existían desde el siglo XIX y que nacieron en Francia: la Asociación de Propagación de la Fe; la Santa Infancia y la Asociación de San Pedro Apóstol. Poco a poco, en cada nación se fueron formando las distintas «sucursales» de esta institución recién fundada. En concreto, en España se propusieron responsables para cada una de estas tres obras, y fue en 1926 cuando se nombró al primer director nacional, responsable de las tres y de cada una de ellas.
Se trata de don Ángel Sagarmínaga Mendieta, natural de Vizcaya y sacerdote de la diócesis de Vitoria. Gracias a ese nombramiento, recorrió toda la geografía peninsular organizando los servicios de Propaganda Fide en cada diócesis. Visitó a todos los obispos españoles, pero también fue invitado a dar charlas, retiros y conferencias en Hispanoamérica. Se preocupó, con convicción y determinación, de ir a todos los seminarios diocesanos para hablar de las misiones a los seminaristas que se preparaban para la ordenación sacerdotal, con la seguridad de que, si los sacerdotes descubrían la grandeza de la misión y de la tarea evangelizadora de los misioneros, serían ellos transmisores del entusiasmo misionero en las comunidades cristianas a las que eran enviados como pastores.
Se puede decir que ya en 1931 la celebración del Domingo Mundial de las Misiones era una realidad en todas las diócesis de España. Su mayor éxito fue convertir esta jornada en una oportunidad para que los cristianos, todos, se sintieran parte de la misión que los misioneros estaban realizando en Asia, África o América. No se trataba de colaborar con una limosna al sostenimiento de las obras de la Iglesia, sino de ayudar a todos los bautizados a sentir el peso sobre sus hombros de la Iglesia en aquellos lugares donde los cristianos eran minoría o donde la Iglesia no estaba ni siquiera implantada.
Por ello, lo que se promovió de modo asombroso fue la alegría de saber que estábamos consiguiendo, entre todos, que la Iglesia existiera en tantos sitios que parecería imposible humanamente hablando. La oración, la ofrenda de los sacrificios y de las limitaciones y sufrimientos de los enfermos y la colaboración económica iban cogidos de la mano en una animación misionera en la que se quería transformar esta jornada anual.
En 1943, don Ángel tuvo la brillante idea de hacer un acrónimo del DOmingo MUNDial de las misiones, que, desde entonces, sería conocido, en España y en los países de habla hispana, como Domund, ideando también el anagrama de esta denominación. Puede parecer una simpleza, pero ello fue también un gran paso en la promoción de esta jornada.
Los niños salían a las calles a hacer, con huchas, cuestación económica, los enfermos ofrecían sus situaciones por las misiones, los colegios repartían unos sobres para que las familias contribuyeran en esta cuestación, en las parroquias se ofrecía la colecta dominical para esta causa… parece que todo se agitó.
Unos años más tarde, en 1956, Pío XII incorpora la Unión Misionera del Clero como una Obra Misional Pontificia más, con el nombre de la Pontificia Unión Misional, con el fin de promover entre los católicos una espiritualidad y una formación verdaderamente misionera.
Un año más tarde, este mismo papa, Pío XII, tuvo dos intuiciones importantes. Por un lado, escribió la encíclica Fidei donum (21 de abril de 1957), animando a promover la vocación misionera entre los sacerdotes diocesanos. Lo que provocó que las diócesis españolas se repartieran, en cierto modo, los países de Hispanoamérica para enviar sus sacerdotes. Y, por otro lado, ese mismo año, hizo un llamamiento a las Iglesias locales a enviar seglares cristianos a las tierras de América y colaborar, así, en la evangelización, educación y promoción de sus gentes… Estas dos llamadas provocaron el nacimiento de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana como canal para enviar a los sacerdotes diocesanos a los vicariatos y prelaturas del continente americano, y, por otro lado, animado por el empeño apostólico de las Mujeres de Acción Católica de Madrid, nació la Obra de Colaboración Apostólica Seglar Hispanoamericana.
Todo ello ayudó a que en España se renovara el entusiasmo misionero entre todos: religiosas, religiosos, sacerdotes y seglares. Y a que la promoción de vocaciones misioneras y apostólicas creciera enormemente.
En 1968 falleció este gran sacerdote y misionero de las OMP que fue don Ángel Sagarmínaga, y lo hizo de forma trágica, en un accidente ferroviario, volviendo de Santiago de Compostela a Madrid.
Tras él, las Obras Misionales Pontificias han tenido siete directores, tres de ellos obispos. Creo firmemente que todos nos hemos beneficiado del trabajo de don Ángel, pero todos también han contribuido a que la misión siga estando en el corazón de los cristianos españoles.
Hoy, España tiene el orgullo de ser el primer país del mundo en número de misioneros en activo, aunque hay que reconocer la verdad y no podemos engañarnos: muchos de estos misioneros son ya muy veteranos y necesitaríamos un relevo objetivo. Podemos también decir que el número de jóvenes españoles que dedican su tiempo de vacaciones o, incluso, que piden unos meses de excedencia para ir a ayudar a los misioneros es espectacular… ¡Seguramente de más de 10.000 cada año! Contamos con un gran número de hombres y mujeres que rezan y ofrecen sus dolores y limitaciones por las misiones, como enfermos misioneros. Son alrededor de 40.000.
Y, económicamente, España es el segundo país en recaudar dinero para las misiones, tras Estados Unidos. Aunque en la Obra de San Pedro Apóstol (Jornada de Vocaciones Nativas) y en la Obra de la Infancia Misionera somos muchos años los que más recaudamos. Todo lo que se recauda se pone a disposición del Dicasterio para la Evangelización, para que la Iglesia sea capaz de realizar su tarea pastoral ordinaria en aquellos lugares que nosotros llamamos de misión.





