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«Toc, toc … ¿quién vive al lado?»

“Toc, toc, ¿quién vive al lado?”. Vivimos en un mundo individualista, aislados del resto, no conocemos a nuestros vecinos y los juzgamos. Si llamásemos a la puerta de los que viven a nuestro lado, de conocidos, y abriesen su puerta, seguramente nos llevaríamos sorpresas agradables. Descubriríamos a personas buenas, nobles, cercanas y responsables. Personas disponibles y serviciales. Personas a las que, poniendo un termómetro de bondad, las podríamos considerar santas. Y simplemente con llamar a su puerta, con un sencillo “toc, toc” y preguntar quién vive al lado, encontraríamos a personas buenas, a personas santas, las protagonistas del 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos.

Tenemos un falso concepto de la santidad. Estamos convencidos que los santos son personas extraordinarias, alejadas de nuestra realidad, protagonistas de milagros y de acontecimientos prodigiosos. Admiramos sus milagros, sus obras, sus prodigios, pero podemos llegar a creer que la santidad es algo reservado a unos pocos. Muchas veces estas imágenes nos llevan a desistir de intentar una vida santa, pues la vemos inalcanzable para nosotros. Vemos una meta demasiado elevada para quienes vivimos entre prisas, preocupaciones, obligaciones familiares, trabajos, enfermedades y dificultades.

Como nos recordaba el Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate, el Señor nos llama a todos —a ti y a mí, en medio de nuestras debilidades, ocupaciones y fatigas— a esa «santidad de la puerta de al lado», la de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios. Señala Francisco «Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: los padres que crían con tanto amor a seus hijos, en los hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. Esa es muchas veces la “santidad de la puerta de al lado”, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, “la clase media de la santidad”» (Gaudete et exsultate, n. 7). Esa santidad la podemos descubrir con un “toc, toc” en la puerta de al lado de nuestra casa, de nuestro piso. O quizás en algún familiar cercano o amigo conocido.

El día 1 de noviembre, festividad de Todos los Santos, la santidad nos convoca, nos llama y también nos interpela a revisar nuestra vida. Vivimos en un tiempo en que medimos la felicidad, como nos dice el Papa León XIV en Dilexi Te (11), por el éxito, el prestigio y el poder, y nos llama a un cambio de mentalidad, a redescubrir una vida auténtica en el evangelio de lo cotidiano, de lo sencillo, no de los milagros, sino del día a día. La santidad está alejada del prestigio, del poder, de los reconocimientos públicos. La santidad que celebramos cada 1 de noviembre, es la santidad de quienes no aparecen en grandes titulares, ni reciben grandes reconocimientos en la sociedad ni en la Iglesia. Es una santidad humanizada, de pisar tierra, una humanidad que sufre y goza, que padece y disfruta.

Una santidad que se cae y se levanta. Que acierta y fracasa. Pero es una santidad que el amor de Dios le va modelando, transformando. Una santidad que tiene como espejo las Bienaventuranzas. Porque toda santidad nos lleva a la felicidad, a ser dichosos, bienaventurados. La santidad que celebramos los creyentes se apoya en el evangelio, por eso el Papa Francisco nos recordaba que «La santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración» (Gaudete et exsultate, n. 147). La oración no nos aparta de las personas, sino que nos ayuda a reconocerlas en el día a día. Nos lleva a descubrir al mismo Cristo en las personas de “la puerta de al lado”, que con un simple “toc, toc” las podemos descubrir.

No nos engañemos, pues no necesitamos aparentar que somos perfectos. No necesitamos demostrar que no caemos, no necesitamos mostrarnos infalibles, nos alejaríamos de la santidad. Esa no es la santidad que celebramos el 1 de noviembre. No nos esforcemos en ocultar nuestra humanidad, es nuestro camino a la santidad. Dios ve más allá de nuestro horizonte “tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt. 6, 18). Nada, por insignificante que sea, quedará sin recompensa a los ojos de Dios.

Volvamos a escuchar la pregunta inicial “Toc, toc, ¿quién vive al lado?”. Este día de Todos los Santos es una oportunidad para valorar la gente que vive a nuestro lado, la que comparte espacios y tiempo con nosotros, la familia, compañeros de trabajo o de ocio, entre ellos están los nuevos santos, no los de los milagros, sí los de las bienaventuranzas, no los que son protagonistas, si de los que “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt. 6, 3). ¡Tú también estás llamado a la santidad.

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