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Manel Gash i Hurios: «Montserrat se está abriendo espiritualmente al mundo» 

La visita del papa León XIV, sostiene el abad de Montserrat, vuelve a situar al monasterio como un lugar relevante en la Iglesia universal

Desde las cumbres de Montserrat, Manel Gasch i Hurios (Barcelona, 1970) encarna la paradoja del monje del siglo XXI. Mientras el monasterio benedictino acaba de celebrar los 1.000 años de historia, asume, como abad, el reto de gestionar un santuario donde el 60 % de los visitantes son ya extranjeros. Aparte de custodio de la Virgen, lidera y organiza una comunidad de 45 hombres en una misión de mística radical. Ante la inminente visita del papa León XIV a su casa, el abad Gasch reflexiona sobre la naturaleza y el simbolismo de Montserrat como epicentro de la identidad catalana. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona, tras ingresar en el monasterio en 1996, realizó su profesión solemne en 2002 y fue ordenado sacerdote en 2011. Su especialización teológica se desarrolló en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo la licencia en Teología Dogmática en 2005, año en el que también se incorporó como profesor de esta materia en Montserrat. Antes de ser elegido abad el 15 de septiembre de 2021, desempeñó responsabilidades clave en la gestión de la comunidad, sirviendo como prefecto de la Escolanía entre 2005 y 2010, y como mayordomo-administrador desde 2011.

—¿Qué puede decirle esta comunidad al Papa que no escuche en otros lugares?
—Lo primero que quiero decir es que el Santo Padre, y así me lo ha comentado personalmente, estuvo una vez en Montserrat antes ya de ser elegido en el cónclave. Aquí, el Papa va a escuchar el testimonio mariano a través de la presencia e intercesión de la Virgen. Aparte de que esto —que no es poca cosa— se puede encontrar en otros lugares, Montserrat tiene la naturaleza propia de ser, al mismo tiempo, monasterio y santuario. Acabamos de celebrar los 1.000 años del monasterio, cuya misión ha sido siempre cuidar y ser custodios del santuario, de la imagen de la Virgen y de toda la devoción que conlleva. Además, somos referente cristiano y creyente de Cataluña. Difícilmente el Papa encontraría otro lugar donde ver este simbolismo y este centro de la fe de las diócesis catalanas, que tienen a María por patrona.

—¿Cuáles son sus expectativas sobre esta visita?
—Tenemos como única referencia la visita de san Juan Pablo II en 1982, que marcó mucho la historia de Montserrat. Sin duda, fue uno de los peregrinos más ilustres. Queremos repetir esa experiencia… Esperemos que con mejor tiempo que en el año 82, que fue horrible. Para nosotros, esta visita es muy importante, porque vuelve a situar a Montserrat como un lugar relevante en la Iglesia universal. Personalmente, queremos continuar con esa bonita tradición de sentirnos Iglesia, poder acoger a León XIV y ofrecer toda esta vivencia a la gente. Por último, la visita será una gran alegría también para los peregrinos, que podrán unir lo que Montserrat y el Papa representan para ellos.

—¿En qué han cambiado el monasterio y la vida monástica en estas décadas desde la visita de san Juan Pablo II?
—No en muchas cosas. En cuanto al monasterio, han pasado 45 años, con sus restauraciones y mejoras en las estructuras, pero no ha habido grandes cambios. En cuanto a la comunidad, esta sigue su vida benedictina, si bien es un poco más pequeña que en el año 1982. Aunque el contexto social es bastante distinto, los monjes seguimos fieles a nuestra misión de acogida, que es el ADN de Montserrat. Una buena muestra de esa fidelidad es el milenario que hemos celebrado recientemente. En esencia, somos monjes y cambiamos muy poco a poco.

—¿Cómo se sitúa la Abadía de Montserrat dentro de la Iglesia universal?
—Sin buscarlo, nos hemos convertido en un santuario muy internacional, ya que el 60 % de nuestros visitantes son extranjeros. Esto nos sitúa como un lugar conocido a nivel universal al nivel de Fátima o Lourdes, y nos plantea el reto pastoral de acoger a muchísimos grupos que vienen con sus propios sacerdotes a celebrar la Eucaristía. En este sentido, Montserrat se está abriendo religiosa y espiritualmente al mundo. Obviamente, una visita del Papa al santuario y monasterio no hace sino reforzar esta visibilidad ante toda la Iglesia.

—Como usted ha recordado, el Papa conoce Montserrat. Pero, ¿cómo describiría su comunidad a alguien que no la conoce?
—Somos una comunidad monástica benedictina con 1.000 años de estabilidad en este lugar. Nuestra misión permanente es la vida monástica y la acogida pastoral a los peregrinos. En total, somos 45 monjes, de los cuales 35 vivimos aquí, en Montserrat. La comunidad está al servicio del santuario, rezando con los peregrinos tres veces al día; incluso proyectamos y amplificamos nuestras oraciones a través de internet. Quien venga encontrará una comunidad que reza con dignidad, que está en el corazón de la Iglesia y de la tierra de Cataluña, que cuida la liturgia tanto en catalán como en latín. También ponemos el santuario a disposición de los grupos —especialmente extranjeros— que vienen a celebrar y rezar. Para nosotros, es importante mantener el equilibrio entre el turismo y la gran cantidad de peregrinos que vienen por motivos religiosos.

—¿Qué preguntas sobre Dios escucha más a menudo en los buscadores que llegan?
—Estamos en contacto con mucha gente, sobre todo a través de la hospedería. Hay personas con fe, personas que buscan y otros que, habiendo abandonado la tradición católica, sienten nostalgia de ella. También hay lo que se denomina analfabetos religiosos, personas muy abiertas, a las que sorprende la belleza y profundidad de la fe. La vida monástica es radical; todo se justifica por ese cara a cara con Dios en la oración, y eso llega a las personas. Nuestra misión es llevar a todo el mundo hacia el interior y hacia ese fundamento de la existencia. La realidad es que hay una sed de descubrir la fe cristiana. Como ha dicho el cardenal Radcliffe: «Los jóvenes nos van a exigir la belleza de la fe y no se conformarán con menos».

—¿Qué es lo que más les cuesta entender a estos jóvenes de la vida religiosa?
—Los tiempos, quizás. La vida religiosa y la fe requieren tiempo, preparación antropológica y un proceso paso a paso. Vivimos en una sociedad de inmediatez y satisfacción absolutas, en un ambiente hedonista donde no siempre cuaja una fe profunda y reflexionada, como la benedictina. El testimonio monástico explica que la vida es larga y la fe pasa por muchas etapas. Nosotros acompañamos ese proceso para que todo se asiente y la persona incorpore dimensiones intelectuales y culturales a su sentimiento inicial. Hay algo incuestionable: la gente sigue encontrando a Dios a través del silencio, la belleza y la buena música.

—¿Sigue la belleza jugando un papel fundamental en la evangelización de nuestro tiempo?
—Completamente fundamental, aunque debe equilibrarse con la ética. Los benedictinos, por nuestra forma de vivir el tiempo y los procesos, cuidamos mucho la estética. En Montserrat, por ejemplo, cuidamos la tradición musical de la escolanía, que tiene más de 700 años y sigue emocionando a los peregrinos. Espero que el Papa pueda gozar de ella cuando venga.

—¿Qué buscan los hombres que deciden seguir hoy su vocación hasta Montserrat?
—Las vocaciones actuales suelen ser de jóvenes adultos con experiencia personal previa. A diferencia de lo que sucedía hace 50 años, hoy son vocaciones casi de generación espontánea. Junto a la vocación, hoy en día se da con bastante frecuencia un proceso de conversión o reconversión. Estas personas buscan un sentido que el mundo no les ofrece. Desde mi elección, he subrayado el reto de que se vea que Montserrat es un monasterio donde se vive la Regla de san Benito en su plenitud, más allá de los aspectos simbólicos o turísticos. A los jóvenes les atrae enormemente cruzar los muros y ver cómo vivimos realmente.

—¿Cómo se vive la duda dentro de una comunidad?
—La duda nos asalta a todos, forma parte del camino de la fe y no es ni más ni menos que la inteligencia preguntando los porqués de las cosas. Lo importante es poder hablarlo a través del acompañamiento espiritual. Personalmente, a mí me ha ayudado mucho la formación intelectual y el estudio de la teología para dar objetividad a la fe cuando el sentimiento falla. Ver que formas parte de una tradición de 2.000 años de personas que también dudaron ayuda mucho. Luego, es muy bello ver cómo algunos ancianos llegan a una pacífica posesión de la fe, una total naturalidad con Dios, que no exige saber todo y acepta y acoge.

—¿Hablaría de crisis de vocaciones o, más bien, de una transformación? ¿Cómo ve el futuro del monasterio dentro de 30 años?
—No sé cómo estaremos de aquí a entonces, pero tenemos esperanza y varios candidatos. El número, obviamente, es menor que en los años 40 o 50, pero la continuidad no se ha roto y eso es lo importante. La situación no es ni más ni menos que proporcional al estado de la fe en la sociedad. Hoy, la gente entra con más madurez y hace opciones radicales más tarde. Por otra parte, Montserrat es el único monasterio benedictino en Cataluña, lo que nos convierte en un referente cultural y espiritual —junto a los hermanos cistercienses de Poblet—, y eso es motivo para la esperanza.

—¿Cómo dialoga Montserrat con la Cataluña actual? ¿La identidad y la cultura siguen siendo un puente de entendimiento con la sociedad?
—Somos monjes catalanes y nuestra lengua es el catalán, lo cual nos da una mayor connaturalidad con la gente. Por supuesto, somos conscientes de la complejidad de Cataluña y acogemos a todas las personas, sin exclusiones por razón de lengua. Nuestra defensa de la cultura y la lengua catalana nos ha dado prestigio y nos ha servido de puente con sectores que comparten esa sensibilidad cultural, aunque no compartan la fe. Pero, sobre todo, intentamos que nuestras opciones no alejen a nadie de Montserrat.

—¿Diría que la Iglesia sabe escuchar las preguntas incómodas de hoy?
—La Iglesia escucha las preocupaciones de la gente y de los jóvenes. El Papa, sin ir más lejos, está dando respuestas firmes en favor de la paz frente al sinsentido. Ahora bien: escuchar no significa dejarse llevar o no permanecer firme en las verdades que creemos buenas para el ser humano. No se puede olvidar que el cristianismo es la religión de lo humano y la propia Regla de san Benito, un ejemplo de humanismo.

—¿Qué Iglesia se va a encontrar León XIV en Cataluña? ¿Qué cree que se busca en la complementariedad entre Montserrat y la Sagrada Familia? 
—Somos varias Iglesias diocesanas. La Iglesia urbana de Barcelona, por ejemplo, es muy cosmopolita y europea. Por otro lado, está la Iglesia de las parroquias y romerías que recibimos en Montserrat. Al visitar Montserrat, en mi opinión, el Papa deslocaliza el centro de Barcelona para encontrarse con una Iglesia diversa, muy en la línea de España y Europa. La combinación de Montserrat con la Sagrada Familia y el Estadio Olímpico busca unir símbolos distintos. Mientras que la Sagrada Familia representa la modernidad y la fascinación mundial, Montserrat ofrece 1.000 años de historia, devoción e identidad.

—¿Qué le gustaría que un peregrino entendiera tras visitar Montserrat?
—Me gustaría que entendiera el núcleo del mensaje cristiano: Cristo es la salvación del mundo, y vino a él a través de María. En esta fe hay un sentido para la vida individual, así como un mensaje de paz y amor para toda la humanidad. Trabajamos para transmitir todo esto a través de la montaña, la imagen de la Virgen, la liturgia y nuestra presencia, buscando la conversión al Evangelio y al sentido cristiano de la vida. 

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