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Adviento: resumen del plan creador y salvador de Dios

Queridos hermanos:

Siempre me ha impresionado la monición de entrada de la misa del “gallo” en la medianoche de la Navidad. Es un anuncio portentoso de la Buena Nueva del nacimiento del Hijo de Dios. Dice así: “Millones y millones de años después de la creación, cuando la tierra era materia incandescente, rotando sobre su eje; millones de años después de brotar la vida sobre la faz de la tierra; miles y miles de años después de que aparecieran los primeros humanos capaces de recibir el Espíritu de Dios; unos mil novecientos años después de que Abrahán, obediente a la llamada de Dios, partiera de su patria sin saber a dónde iba… El Hijo de Dios Padre, habiendo decidido salvar al mundo con su venida, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y transcurridos los nueve meses de su gestación en el seno materno de la Santísima Virgen María, nació hecho hombre en Belén de Judá en la persona de Jesucristo”.

El tiempo de adviento, que ahora comenzamos, de alguna forma resume toda la historia del mundo previa a la llegada del Mesías concentrada en cuatro semanas. Todo lo anterior, desde el primer día de la creación, estaba pensado en vistas de la plenitud de los tiempos, la encarnación del Hijo de Dios. Y todo ha ido misteriosamente sucediendo para que llegase este momento que es el centro del tiempo y del universo, de la historia y de la naturaleza, su sentido y su meta.

Han pasado periodos y periodos desde la creación del mundo hasta que se encarnó la Palabra de Dios. La naturaleza ha experimentado un proceso de evolución guiado por el Espíritu, en el que ha ido encontrando los caminos para desplegar sus mejores posibilidades, que tenía ya en semilla desde el principio. La creación lleva dentro de sí un designio y está expectante hasta alcanzarlo, desarrollando poco a poco su capacidad de trascendencia, de superación, de dar siempre un paso más allá desde el caos inicial. Salida de la bondad y de la sabiduría divina, toda la naturaleza participa de su belleza y perfección. Y nuestra inteligencia, desde la humildad y admiración al Creador y su obra, tiene la capacidad de entender no solo las leyes que la rigen, sino también de atisbar el sentido y la voluntad salvífica que el Señor ha querido plasmar en ella.

Han sido edades y edades de maduración desde que apareció la primera persona humana en el séptimo día hasta el nacimiento del Hijo de Dios. La humanidad ha ido creciendo no solo en estatura sino también en sabiduría y en gracia. El ser humano ha desarrollado cada vez más sus capacidades técnicas, de comunicación… alcanzando logros y metas cada vez mayores, preguntándose siempre, más allá de sus posibilidades, por su origen y por el destino que le espera, y anhelando la vida en plenitud después de la muerte. Dios ha puesto en el corazón de cada persona el deseo de descubrir la verdad y, en definitiva, de encontrarse a él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo.

Llevamos siglos y siglos de espera desde que Abrahán, nuestro Padre en la fe, recibió la promesa de la tierra, la descendencia y la bendición de todos los pueblos, hasta que se cumplieron en el Mesías. Por medio de profetas, reyes y sacerdotes, el Señor ha ido concretando todas esas promesas en la venida del Mesías, salvador de todos, y en la instauración del Reino universal.

La historia de la creación, de la humanidad y del pueblo escogido es como un río de gracia que nos conduce a la venida del Mesías. Nosotros vivimos ya la plenitud de los tiempos, hemos conocido el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, y por eso somos dichosos: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron» (Lc 10,23-24).

En Jesús de Nazaret, nacido de María Virgen, culminó todo el plan creador y salvador de Dios, y comenzó la plenitud de los tiempos. En él se reveló definitivamente el propósito, la voluntad amorosa de Dios desde la creación del mundo, el rostro verdadero del ser humano, y su vocación divina como hijo de Dios.

Recorrer en cuatro semanas esta maravillosa historia de expectación guiada por el Espíritu nos ayuda a reencontrarnos armónicamente con nosotros mismos, con nuestra naturaleza física, con nuestra historia humana y con nuestras raíces espirituales. Jesús es la plenitud de toda la creación, por medio de él fueron creadas todas las cosas, es la imagen perfecta del ser humano, el primer Adán, y el primogénito de entre los muertos.

Damos gracias a Dios por su providencia en la historia del mundo y le pedimos en este tiempo que apresure la llegada de este Reino de justicia y de paz, que ha irrumpido en la historia con la venida del Mesías, y que acaben todas las guerras, divisiones y desigualdades entre nosotros, y se manifieste plenamente lo que ahora, en vigilante espera, deseamos alcanzar y confesamos en la fe.

Feliz Adviento del Señor. Con mi bendición,

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