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Afrontar la reducción en la vida consagrada

La biografía de una persona consagrada, nacida en España entre 1940 y 1950 —o sea, un integrante del grupo mayoritario de la vida consagrada en la actualidad— es análoga al itinerario de la Iglesia en las últimas décadas. Cuando nació, la religiosidad cristiana era una realidad omnipresente en la sociedad, cuyo influjo impregnaba de manera silenciosa todos los ámbitos de la vida. El horizonte transcendente no era una opción entre otras, sino el marco vital de todas; el catolicismo configuraba el patrón moral de la sociedad. 

En dicha sociedad, aspirar a ser sacerdote o religioso era natural; ser religiosa —entrar al convento, consagrarse— formaba parte de las opciones que cualquier mujer joven barajaba a la hora de decidir su futuro. Más aún, las familias consideraban una distinción que alguno de sus miembros se integrara en las instituciones eclesiales. No estamos hablando de un mundo perfecto ni idílico, pero sí de un entorno favorecedor de la religiosidad, en el que una cultura netamente cristiana se insertaba sin estridencias.

A esta generación correspondió también vivir la gran transformación eclesial del Concilio Vaticano II y el postconcilio. Muchos recuerdan la euforia con que se acogió el aggiornamento eclesial: una Iglesia que se abría al mundo, que pedía perdón y dialogaba, que descubría la frescura de la Palabra de Dios y el protagonismo del Pueblo de Dios.

Para las comunidades de vida consagrada, fueron años de búsquedas apasionadas y de tensiones fecundas, de crisis en el mejor y peor sentido de la palabra. El Concilio no creó los problemas que sobrevendrían, pero actuó como catalizador de procesos soterrados. En los primeros años de postconcilio, las comunidades, al igual que la Iglesia y una buena parte de la sociedad, empezaron a transitar la senda que conduce del mundo de la cristiandad al de la modernidad tardía y la posmodernidad. Podría decirse que se produjo una especie de explosión no controlada, cuyo estallido acentuó la sensación de un cierto caos difícil de reconducir. 

A esta generación también le ha tocado ver cómo los fieles envejecían al mismo ritmo que ellos, su experiencia es la de toda la Iglesia.

Sobre un plano inclinado: crisis y purificación

Los sesenta últimos años han sido pues un largo período de prueba que ha llevado a la purificación. Una experiencia de “crisis cronificada” que, a despecho de todos, parece haberse convertido en el clima ordinario de la vida consagrada en Occidente. ¿Qué ha ocurrido en este largo período? La iluminación bíblica es siempre oportuna. Siguiendo el texto de Elías en el Horeb, primero un viento fuerte produjo desorientación, un número de abandonos desalentador y una pérdida progresiva de relevancia social. Luego, el fuego fue consumiendo las fuerzas (y quemando a muchos) durante años de polémicas espirituales e intelectuales, desafecciones, disgustos, vacilaciones y posturas enfrentadas. Más tarde, el terremoto llegó cuando los noviciados se vaciaron, el proceso de envejecimiento obligó a cerrar casas, muchas ilusiones se derrumbaron al tiempo que los proyectos nuevos no terminaban de cuajar. Poco a poco, se impuso una triple constatación: la de ser menos, ser más ancianos y la de estar bastante desorientados. 

Si algo quedaba del supuesto idilio preconciliar, tardó poco en desvanecerse. Ante la situación creada, hubo quien abogó por un movimiento restauracionista, idealizador de un inexistente paraíso perdido. Otros, sin embargo, dejaron de lado las lamentaciones para buscar caminos y entretejer itinerarios de esperanza, convencidos de que seguía siendo necesario «buscar y hallar en Dios en todas las cosas». 

No nos quedamos pasivos. Durante décadas se sucedieron diagnósticos y reformulaciones: desde el aggiornamento y la accomodata renovatio postconciliares, pasando por los desarrollos eclesiológicos de la Lumen Gentium y los horizontes pastorales de la Gaudium et Spes. Seguidamente, Vita Consecrata (1996) quiso armonizar esas corrientes, consolidando una teología de los carismas y la comunión. A partir de ahí, sobre el mencionado plano inclinado se han ido escribiendo nuevas palabras que expresaran el afán de mantener viva la llama: refundación, nuevas formas de vida consagrada, nueva evangelización, re-estructuración, misión compartida, liderazgo, nuevo paradigma y familias carismáticas.

Una metamorfosis en clave pascual

Este recorrido deja entrever que la vida consagrada en Europa y España ha experimentado y está inmersa en un doble y complejo proceso: el de reducción y el de metamorfosis radical, donde se entrelazan lo personal, lo espiritual, lo carismático, lo institucional y lo estructural. Se trata de un camino que la vida consagrada no recorre en soledad; lo comparte con la Iglesia entera y con las vocaciones estables de nuestro tiempo.  Hoy en día, el término metamorfosis se plasma en una compleja dinámica de reducción que vivenciamos casi cotidianamente. Si me lo permiten, enuncio cuatro aspectos determinantes:

  • Una fe cristiana puesta a prueba. Nuestra fe se pone a prueba, la cruz pesa, se genera ansia, dolor y a veces angustia. No hablo solo de la oposición de ateos y anticlericales. Incluso nuestro hábitat inmediato pone a prueba nuestra fe. Tener menos vocaciones, cerrar casas, no ver más horizonte que el de vivir con personas mayores y enfermas puede afectar a nuestra fe. Por ello, es relativamente fácil caer en la falacia de pensar que el elemento específico de nuestros carismas no interesa ni atrae a nadie. Aunque seamos conscientes de nuestro ser minoría, de nuestra debilidad y mantengamos el impulso espiritual, la fe se siente concernida ante una reducción como la que vivimos. 
  • Una llamada vocacional puesta a prueba. Más de un consagrado se pregunta: «¿Tiene sentido proponer hoy este modelo de vida?» Esta expresión refleja un malestar del alma y evoca un desarrollo inconsciente que tiene reflejos conscientes. 
  • Una misión puesta a prueba. La falta de éxito pastoral afecta a los más jóvenes, pero no solamente a ellos… Lo nuevo no se prolonga y lo tradicional no se sostiene. Cuando terminan los recorridos pastorales, la gente desaparece, no responde con continuidad. Entre lo que se es (identidad carismática) y lo que se hace (misión) a veces se genera un vacío y otras se produce un cortocircuito. Las obras tradicionales —escuelas, hospitales, casas de espiritualidad— ya no garantizan por sí mismas la presencia significativa del Evangelio.
  • Una fraternidad puesta a prueba. La fraternidad, núcleo profético de la vida religiosa, también atraviesa su purificación. Las comunidades envejecidas evidencian la necesidad de nuevas relaciones intergeneracionales, interculturales e intercarismáticas. La fraternidad ya no es sociología comunitaria, sino un signo escatológico que anticipa el Reino. No se trata de convivir por mera supervivencia, sino de «hacer comunión» desde la limitación y eso no es fácil.

Nos estamos quedando en los huesos

Antes nos ha ayudado Elías, ahora lo hace el profeta Ezequiel. Permitidme citar la homilía del cardenal Pizzaballa en la Vigilia Pascual del pasado sábado: 

¿Podrán estos huesos volver a vivir? (Ez 37,3) es una pregunta que también nosotros nos hacemos hoy, contemplando los escombros a nuestro alrededor y en nuestro interior. Y la respuesta de la fe pascual es clara: sí, pueden volver a vivir. No porque Dios haga milagros mágicos, sino porque Dios es fiel a la vida en su realidad más concreta. No a una vida sin contradicciones, sino a una vida que puede atravesar la contradicción y salir transformada. Y esto ya es un juicio pascual sobre la historia: la muerte, con sus aguijones (Cf. 1Cor 15,55) no es dueña, no es soberana.

En las ciencias de la religión se habla de un «eclipse de Dios» (M. Buber) o de una «noche cultural de la fe» (J.-B. Metz). Sin embargo, la categoría teológica más fecunda no es la de eclipse, sino la de Kairós: un tiempo oportuno para discernir los signos del Espíritu. Cada «reducción» encierra una promesa de fidelidad creadora. 

La vida consagrada sigue siendo un signo de Dios en una cultura que ha perdido el horizonte de lo eterno. Su aparente debilidad tiene valor hermenéutico: como el grano de trigo, solo fructifica muriendo (Jn 12,24). Quizá también nosotros hemos tenido que perder presencia, fuerza e influencia para descubrir a Dios en lo pequeño, en el resto fiel (del que habla la Escritura. La «reducción» que hoy afrontamos —numérica, estructural y simbólica— puede entenderse como un proceso de kénosis eclesial. En ese vaciamiento, la vida consagrada está llamada a reencontrar su forma más evangélica: la debilidad como lugar teológico, la pobreza como signo, la comunión como profecía.

El desierto habitado 

Esta Semana —como las cincuenta y cuatro anteriores— quiere ser un ejercicio de discernimiento eclesial. Frente al desánimo o el activismo, la vida consagrada está llamada a reaprender la activa pasividad del Espíritu, a confiar más en la fecundidad de Dios que en la eficacia de sus programas, en los tiempos de Dios que en los plazos de ejecución. Ya hemos aprendido que Dios no estaba en el terremoto, el fuego y viento fuerte, sino en el susurro de una brisa suave.

Habitar el desierto de la reducción no es instalarse en la resignación, sino descubrir su potencial teológico. El desierto ha sido siempre lugar de paso y de revelación: allí arde la zarza, se escucha la voz, se aprende la obediencia, se camina como pueblo. En un contexto cultural de aceleración, el desierto se convierte en espacio de lentitud, serenidad y fuerza escondida. No es metáfora de muerte, sino de gestación

No se trata de un desierto condenado a la esterilidad, sino del lugar de un nuevo nacimiento, un espacio paradójico donde el árbol y la hierba crecen hacia abajo. El desafío consiste en discernir qué semillas de Reino están germinando bajo la arena.

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