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Amemos y profundicemos la liturgia que celebramos (2)

Celebrando los 60 años de la aprobación de la Constitución sobre “La Sagrada Liturgia”, primer fruto de la gran asamblea eclesial del Concilio Vaticano II, nos hace bien releer la Carta del Papa Francisco “Desiderio desideravi” con la que desea ofrecer algunos elementos de reflexión para contemplar la belleza y la verdad de la celebración cristiana (cf. n. 1). “Nos convendría –dice el Papa– llevar a cabo un renovado trabajo de pastoral litúrgica –similar al del postconcilio– para revitalizar la acción litúrgica y su vivencia por medio de un trabajo de formación en todos los ámbitos. La liturgia surgida de la reforma del Vaticano II, no es una nueva liturgia, sino una renovación o revitalización de la propia liturgia católica de siempre. No podemos ser nostálgicos y querer recuperar las formas litúrgicas de antes del Concilio y, menos aún, negarlo o ser contrarios”. Necesitamos “sentir con la Iglesia” (“sentire cum Ecclesia”) para vivir el Misterio pascual desarrollado en la liturgia, que es acción de Cristo y del Pueblo de Dios, y el centro de la vida cristiana. Ella «constituye la cima hacia la que tiende la acción de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana su fuerza vital» (SC 10; Catecismo, 219). Si en la fase del anuncio, la liturgia se muestra como «cima», en la fase de la actuación, la misma liturgia se propone como «fuente». De ella, en efecto, brota la gracia y se obtiene con la máxima eficacia la santificación del Pueblo de Dios. Así, la liturgia mueve a los fieles a traducir a la vida lo que han recibido por la Palabra. Si la evangelización culmina en la liturgia, de la liturgia nace y saca la fuerza la misión evangelizadora y el servicio al mundo (cf. SC 10).

Mantengámonos diligentes en el compromiso de seguir profundizando en el surco de la dignidad y la belleza de la liturgia y el canto, conociendo y rumiando la Palabra revelada, y cultivando el “ars celebrandi”, el arte de celebrar rectamente, y al mismo tiempo la «actuosa participatio«, la participación plena, activa y fructuosa de todos los fieles. Debemos seguir fomentando el más profundo sentido de la vida litúrgica de las parroquias y las comunidades cristianas a lo largo del año litúrgico.

Joseph Ratzinger aplicando a la liturgia una reflexión de Gandhi, reconoce bellamente los tres espacios vitales del cosmos y cómo cada uno de estos espacios vitales, tienen también su propia forma de ser. En el mar viven los peces y callan. En la tierra, los animales gritan; pero las aves, cuyo espacio vital es el cielo, cantan. Lo propio del mar es el silencio; lo propio de la tierra, es el grito; y lo propio del cielo, es el canto. El ser humano participa de las tres dimensiones y por eso le pertenecen las tres propiedades: callar, gritar y cantar. La liturgia rectamente entendida, la liturgia de la comunión de los santos, devuelve la integridad al hombre que ha perdido la dimensión de trascendencia. Le enseña de nuevo a saber callar y cantar abriéndole la profundidad del mar y enseñándole a volar, que es la forma de ser del ángel; al elevar su corazón, y hacer resonar de nuevo el canto sepultado. Y podemos afirmar que la liturgia bien entendida se reconoce porque nos libra de un obrar genérico y nos devuelve la profundidad y la altura, el silencio y el canto. La liturgia bien entendida es cósmica: canta con los ángeles, calla con la profundidad del expectante universo, y acepta y redime la tierra. (cf. J. Ratzinger, Obras completas IX. Teología de la liturgia). No nos cansemos de proponer la profundización en la belleza de los textos y en la participación humilde, activa y fructuosa de las comunidades de los fieles.

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