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Bajada de la Virgen del Pino: «La Madre está ahí cuando la necesitamos»

Hablamos con Enélida Hernández de la diócesis de Canarias, que vivió el traslado de la imagen de María a Las Palmas de Gran Canaria y otros municipios con motivo del año jubilar

Hay tradiciones que, más que repetirse una y otra vez, se actualizan y se adaptan en cada generación con nuevos matices y preguntas. La Bajada de la Virgen del Pino es una de ellas: una manifestación de fe profundamente arraigada en el corazón de Gran Canaria que, este año, entre mayo y junio, se ha enmarcado en la vivencia del Año Jubilar. Para entender mejor su significado pastoral y espiritual, hablamos con Enélida Hernández, de la diócesis de Canarias, que nos cuenta lo que ha supuesto, una vez más, acercar a la Virgen a la ciudad.

—¿En qué consiste la Bajada de la Virgen del Pino?
—La Bajada de la Virgen del Pino es una de las tradiciones que en nuestra diócesis, en este caso en concreto en la isla de Gran Canaria, tiene mucho arraigo. Esta es la número 52. ¿Y por qué le llamamos bajada? Para quien no lo conozca, la Virgen está durante todo el año en un santuario, en la basílica de Teror, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, donde está la catedral. Entonces, la tradición cuenta que en épocas de plaga, de sequía, de guerra, los cristianos de entonces iban a Teror y bajaban a la Virgen del Pino a la ciudad. En señal de respeto, veneración, de promesa, clamando y pidiendo su auxilio ante esas calamidades. Además, con motivo de los años jubilares, también bajaba la Virgen. Bajó tanto en 1975 como en el año 2000. Y, ahora, en 2025, la Virgen bajó también a la ciudad para conmemorar y revivir el jubileo.
 

—En el marco de este año jubilar, ¿cómo se ha vivido la bajada?
Lo especial de este año fue que no solo se quedó en la ciudad, sino que se acercó a otros municipios de la isla. Bajo el siguiente criterio: la encarnación, la redención y la paz o la resurrección.

Con la encarnación bajó al municipio de Santa Lucía de Tirajana, donde confluyen más de 70 naciones. Todas las personas que vienen en busca de una vida mejor, han ido confluyendo en esa parte del sureste de la isla por el trabajo, la hostelería, el sector más industrial y laboral. Se han arraigado en ese municipio casi todas las nacionalidades que nos visitan. Es ahí, en ese sentir de la madre, donde se hace presente nuestro Señor Jesús, en esa realidad palpable de necesidad y de vulnerabilidad.

Después llegó a otro municipio donde se venera el Santo Cristo. Es esa Redención, toda esa cruz, todo ese sufrimiento, todas esas cruces que llevamos… la madre tiene ese encuentro con el Hijo. Se hizo también todo en clave del primer anuncio, de cómo María nos lleva a Jesús.

Visitó también el hospital comarcal de la zona materno-infantil, y tuvimos una sencilla celebración de la palabra con los enfermos que podían acceder. Fue muy emotivo también ese acercamiento a una realidad donde la vida se hace frágil. Fue también un guiño al cuidado de todo el mundo sanitario, todo ese trabajo que se hace por todos nuestros mayores y personas enfermas.

Y al final regresó de nuevo a la catedral, coincidiendo justo con Pentecostés, el 8 de junio. Con esa Iglesia renovada, esa Iglesia en salida que queremos hacer, donde a los pies de ella se dio a conocer toda la realidad pastoral de la diócesis, con distintas exposiciones, intervenciones, actividades pastorales de las distintas delegaciones. Siempre al servicio de anunciar a Jesús a una sociedad que poco a poco le ha ido dando de lado.

—¿Cómo se vive la Bajada en primera persona, desde dentro?
—Es muy emocionante. Yo lo llamo la bajada de la escucha. Porque la gente tiene mucha necesidad de ser escuchada con todo lo que está pasando, todos los problemas que ahora mismo afectan a la salud mental, las redes sociales, en el mundo líquido que vivimos. Es muy importante el estar y escuchar.

Creo que fue una oportunidad de decirle a toda la sociedad: estamos caminando por un camino equivocado; el camino que nos muestra el Señor es el verdadero. Y eso, poco a poco, se fue logrando, o al menos nuestra sensación es que quedó sembrado. No estamos para recoger frutos, ni tampoco lo pretendíamos, sino sembrar ese anuncio de que seguir a Jesús merece la pena, que vivir como Él nos enseñó a vivir es lo que tenemos que hacer si queremos que la sociedad avance y que no camine por el líquido, el relativismo que nos han hecho ver. Hay otro modo de estar en el mundo y otra forma de vivir.

Y eso es lo que yo le valoro a la Bajada: ese sentimiento de la gente cuando se acercaba, esas promesas, esas mochilas cargadas que venían trayendo cada uno con sus realidades.
Ese señor que escuchas, porque le han diagnosticado una enfermedad terminal, y lo primero que hace es venir a la iglesia, a la catedral, y ponerse en manos de la Virgen del Pino. Y la alegría por esas madres recién dadas a luz, que lo primero que hacían era traer a su niño o niña a presentársela a la Virgen del Pino. Quizás pueden ser gestos de pueblo, muy populares, pero en el fondo tienen una connotación de que la gente sabe que ahí hay algo. Aunque no sea el seguimiento directo de vida como cristiano, siempre hay algo en el fondo del corazón de cada persona que sabe que Dios está ahí, que la Madre está ahí para cuando la necesitamos.

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