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Cardenal Re: el silencio que nos ha acompañado

En los días solemnes que han marcado el funeral del papa Francisco y la celebración del cónclave, el foco mundial ha estado, como es natural, en la figura del Papa difunto y en la acogida al nuevo pontífice, el papa León XIV. Sin embargo, para quienes hemos escuchado con atención y nos hemos lanzado a vivir estos momentos con espíritu de fe, hemos podido encontrar la fuerza del cardenal Giovanni Battista Re, decano del colegio cardenalicio, como verdadero protagonista espiritual de este momento eclesial. Debo de confesar que ha sido un verdadero descubrimiento. Su voz, fuerte, aunque vencida por sus 91 años, ha ayudado a crear un clima de comunión y un verdadero testimonio eclesial. 

En sus dos homilías —la del funeral del papa Francisco y la de la Misa previa al cónclave—, el cardenal decano no se ha limitado a rendir homenaje o cumplir una función litúrgica. Ha ofrecido a todo el Pueblo de Dios un verdadero alimento espiritual, una teología viva de la comunión y de la unidad centrada en la figura de Pedro. En un momento donde muchos pueden estar tentados de mirar a la Iglesia a partir de claves humanas o geopolíticas, sus palabras han recordado que la Iglesia es, ante todo, misterio de fe, cuerpo místico de Cristo, guiada por el Espíritu, edificada sobre la roca de Pedro. El Cardenal Re ha sabido acompañar y dirigir la barca de la Iglesia desde la experiencia de un verdadero padre y pastor. 

En la homilía del funeral, Re no solamente presentó un retrato profundamente humano y pastoral del papa Francisco, sino que lo insertó en la gran corriente del ministerio petrino. Subrayó su entrega, su sencillez evangélica, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su incansable labor por una Iglesia en salida, misionera. Pero lo más notable fue cómo estas características fueron interpretadas no como opciones personales, sino como expresión específica de lo que significa hoy ejercer ese ministerio: ser piedra desde la fidelidad humilde al Evangelio y no desde la dureza.

En la misa Pro eligendo Romano Pontifice, extendió la mirada hacia la Iglesia universal y al futuro. No fue una homilía política, ni un diagnóstico de crisis, sino una profunda meditación sobre lo que el Señor pide a su Iglesia en este tiempo: volver a Pedro, no como figura aislada, sino como centro de unidad visible, como signo y garantía de comunión para todos los fieles. Recordó que la elección de un papa no es un acto de estrategia humana, sino un discernimiento espiritual, una escucha del Espíritu que sigue hablando a través de la historia y de los signos.

En ambas homilías se trasluce una visión profundamente eclesial: la Iglesia no es simplemente una institución con un jefe, sino una comunión enraizada en la fe apostólica, una unidad que se manifiesta en la sucesión de Pedro. El cardenal Re nos ha regalado dos bellísimas catequesis sobre la naturaleza del papado, no como poder, sino como servicio de unidad, y sobre la Iglesia, no como estructura, sino como pueblo de Dios reunido en torno a la Palabra y la Eucaristía.

En estos días intensos y cargados de significado, las palabras del Cardenal Re han sido el silencio que habla y el padre que acompaña. Por eso, siento necesario reconocer su valor y trascendencia. Aunque ahora dé un paso atrás, en el silencio propio de quien ha cumplido su misión, no podemos ignorar que el verdadero protagonista espiritual de estos días ha sido él. No por afán de protagonismo, sino por la profundidad y claridad con que nos ha hablado de Pedro, de la comunión y del misterio vivo de la Iglesia.

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