La iglesia vive un mes de especial intensidad misionera. Por una parte, como cada año, celebramos el Domund, Domingo mundial de la propagación de la fe, que hace de octubre el mes de las misiones. También el Sínodo, que en estas semanas se celebra en Roma, quiere disponer a la iglesia para una nueva etapa evangelizadora; la sinodalidad es una manera de responder a la llamada que el papa Francisco realiza en Evangelii Gaudium a “la conversión pastoral y misionera que no puede dejar las cosas como están. Ya no nos sirve una «simple administración». Constituyámonos en todas las regiones de la tierra en un «estado permanente de misión»”.
En nuestra Diócesis el mes de las misiones lo vivimos en el marco del año jubilar del Corazón de Jesús. Precisamente queremos escuchar la llamada del Señor que nos dice: “venid a mí”, para salir y decir con fuerza: “venga tu reino”, con la palabra y con el testimonio personal y comunitario.
El lema del Domund de este año nos dice: ‘Corazones ardientes, pies en camino’. Nuestros corazones solo pueden arder de pasión apostólica si se dejan llenar del amor que fluye del Corazón de Cristo. El fuego en el corazón sin duda movilizará nuestros pies para salir al encuentro de los demás y comunicar la alegría del Evangelio. De la abundancia del corazón, sin duda, hablarán nuestros labios. El fuego vivo que hace arder nuestros corazones abrirá también nuestras manos para hacer visible la fraternidad y el compromiso en favor de los hermanos más débiles.
De nuevo hemos de recordarnos cuánto precisamos cultivar esa “circulación menor” que nos pone en contacto con el Cristo vivo para que la “circulación mayor” transmita el fuego que hace nuevas todas las cosas.
Los pies en camino no conocen fronteras. En el Domingo Mundial de las Misiones tenemos especialmente cerca de nosotros a aquellos que, saliendo de nuestras comunidades, están en lugares lejanos de misión. El que nuestra sociedad sea ya tierra de misión no debe hacer que disminuya nuestra solicitud por la misión en muchos lugares del mundo donde apenas el Señor del Evangelio es conocido. Recibimos también con alegría el testimonio de las iglesias jóvenes, fruto maduro de la acción de miles de misioneros que salieron de las familias y comunidades cristianas en el último siglo. El testimonio de las iglesias jóvenes, en muchos casos muy empobrecidas y martiriales, es un revulsivo para nuestra iglesia vallisoletana. El celo apostólico que sólo el Corazón de Cristo puede dar, ha de romper nuestra mediocridad, también arrojar miedos y respetos humanos para dar testimonio valiente del Evangelio en nuestros ambientes más cercanos y ser solidarios con las misiones más lejanas.
La Eucaristía une cerca y lejos, la misión ad gentes y la nueva evangelización de nuestra sociedad. Al final de la celebración escuchamos: “id y haced discípulos”; sólo obedeceremos este mandato misionero si nuestro corazón arde del fuego de amor que Cristo derrama desde su costado abierto. Los discípulos de Emaús viven la experiencia del “arder del corazón” y transforman su regreso a casa, con el corazón entristecido y desesperanzado, en una salida definitiva de su casa nativa para dar testimonio del encuentro con Cristo Vivo al que reconocieron en la narración de la Escritura y al partir el pan.
Hermanos, ¡escuchemos la Palabra y adoremos la Eucaristía! para ser discípulos misioneros. Ningún bautizado puede ser ajeno a su responsabilidad misionera.








