Un joven llevaba sobre los hombros a otro de su tamaño. Su peso, sumado al de la escayola que cubría una de sus piernas, le hacía tambalear. De repente, se cruzó con una persona que, al ver el gesto, le dijo: “pero hombre, ¿cómo te cargas con un peso tan pesado?”. El buen muchacho le contestó: “¡Es mi hermano!”.
Los que tenemos la suerte de sentirnos acompañados por una familia -muchos no la tienen o al menos no la disfrutan- sabemos bien que lo normal es que, a alguno de sus miembros, le sobrevenga algún tipo de fragilidad. Y comprendemos bien que no podemos dejarlo abandonado, así que salimos en su auxilio y nos hacemos cargo de él. Lo hacemos, además, con sano orgullo, puesto que vemos, más allá de la fragilidad, la grandeza de una persona a la que seguimos amando, si cabe, con mayor intensidad.
Los cristianos, por el bautismo, nos convertimos en hijos de Dios y, al mismo tiempo, miembros de una gran familia que es la Iglesia. En su secular historia, la comunidad cristiana que peregrina en Astorga ha vivido momentos gloriosos y otros con ciertas sombras, ha contado con santos y también con pecadores. Como madre, se siente orgullosa de aquellos, pero sin dejar de amar y de acoger misericordiosamente a estos. Y lo hace porque sigue los pasos de su fundador y maestro Jesucristo quien pasó entre nosotros atendiendo a los enfermos y a los pobres y acogiendo y perdonando a los pecadores.
En nuestra Diócesis, siguen su estela de servicio 195 sacerdotes, 171 religiosos y religiosas, 75 monjes y monjas de clausura, 271 misioneros (la cuarta diócesis en España), más de quinientos educadores y miles de voluntarios que dedican su tiempo y cualidades a atender a enfermos y necesitados, a apoyar escolarmente a los niños, a acompañar a víctimas de la trata, a liberar a adictos de sus dependencias. Muchos colaboran a través de los ministerios laicales como catequistas, moderadores de celebraciones dominicales en espera de presbítero, lectores y cantores, sacristanes… Otros ayudan con su oración y su aportación económica para sostener todos los proyectos en marcha e incluso para iniciar otros en favor de los hermanos. Nuestra Iglesia sirve también al Pueblo santo de Dios y a nuestra sociedad a través de instituciones benéficas como Cáritas, Manos Unidas, Fundación S. Genadio, Fundación CALS-Proyecto Hombre, Hogar San José, etc.
Desde aquí, y en nombre de esta Iglesia diocesana, quiero mostrarles mi gratitud y decirles que nos sentimos orgullosos de la fe que cada día los moviliza para construir la comunidad y para servir a los hermanos. En este sentido, permítanme que haga una alusión especial a los sacerdotes y a los consagrados, víctimas en estos días de una campaña premeditada de acoso por parte de un sector político y mediático puesto a su servicio que, lejos de dedicarles una sencilla palabra de gratitud por su servicio y lo mucho que ahorran a la Administración, pretende hacerles aparecer de forma generalizada ante la opinión pública como probables abusadores. Y, como no, les invito a sentir el sano orgullo de pertenecer a esta Iglesia que, siendo santa y pecadora a la vez, se hace cargo de los frágiles de este mundo a los que atiende maternalmente.







