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Carta del obispo de Coria-Cáceres: «Curso pastoral 2023/2024: “Salid a los caminos” (Lc 14)»

Queridos hermanos:

El pasado domingo, 8 de octubre, hemos tenido en la Catedral de Coria el inicio del curso pastoral 2023-2024. Es un momento adecuado para renovar la alegría del evangelio, una alegría que es misionera. Por eso nos proponemos nuevas metas, trazamos objetivos, programamos actividades, es una manera de apostar por el futuro con esperanza y con confianza en Dios…

El lema de nuestro plan pastoral es: “Salid a los caminos” (Lc 14). En la parábola de los invitados a la boda, por tres veces el Señor envía mensajeros. Primero los manda a los amigos y parientes, luego a las plazas de las ciudades y los pueblos, y la última vez los envía a los cruces de los caminos para invitar insistentemente a todos los que encuentren, buenos o malos hasta que se llene la sala del banquete.

En la pasada JMJ, el Papa Francisco puso en el candelero nuestro lema: «En la Iglesia, ninguno sobra. Ninguno está de más. Hay espacio para todos. Así como somos. Todos. Y eso Jesús lo dice claramente. Cuando manda a los apóstoles a llamar para el banquete de ese señor que lo había preparado, dice: «Vayan y traigan a todos», jóvenes y viejos, sanos, enfermos, justos y pecadores. ¡Todos, todos, todos! En la Iglesia hay lugar para todos. «Padre, pero yo soy un desgraciado, soy una desgraciada, ¿hay lugar para mí?». ¡Hay lugar para todos! Todos juntos, cada uno, en su lengua repita conmigo: Todos, todos, todos» (Ceremonia de Acogida).

Son unas palabras ciertamente llamativas, que nos piden conversión personal y pastoral. Quizás también a nosotros se nos hayan pegado las miras humanas, la “meritocracia” cristiana, por nuestra antigüedad, por nuestra formación, por nuestro compromiso…  “Nosotros llevamos años en la Iglesia, hemos tenido que hacer la catequesis, nos hemos esforzados en cumplir la moral, nos hemos preparado para recibir los sacramentos… y ahora el Papa nos iguala con ese “todos” general, con lo que nos ha costado ser cristianos de primera hora, comprometidos y nos ponen al mismo nivel que a los últimos recién llegados…”.

La vida cristiana no es una pesada carga que hemos soportado por años y que nos permite exhibir derechos adquiridos delante de Dios. Al contrario, es un tesoro escondido por el que vale la pena vender todo lo demás y que nos llena el alma de alegría y de paz. Bastante desgracia es encontrar el tesoro tarde en la vida, como san Agustín, que se lamenta diciendo: “¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”.

Si vemos la realidad con los ojos de Dios y no con los del mundo, no todos somos iguales: Dios pone en el centro a sus hijos más necesitados, más alejados. Estamos acostumbrados a decir: “Todos somos necesarios, pero nadie es imprescindible”. Pues, con los ojos de la fe es justo al revés: “Nadie es necesario, pero todos somos imprescindibles”. Solo Dios es necesario, los demás somos necesitados.  No nos da lo mismo porque si nos falta uno, solo uno, nos falta un hermano único e insustituible.

Si uno, solo uno, se extravía, es como si todos anduviésemos errantes. “Todos” significa que si falta uno estamos incompletos. “Todos” significa que no podemos convertir la Iglesia en un grupo de elegidos, de puros, de sabios, de exclusivos… En la Iglesia caben todos porque Cristo ha venido a buscar a los últimos, a los que estaban perdidos, y si el evangelio no llega a los últimos se lo estamos robando.

Este año me gustaría que en nuestra Iglesia diocesana fortaleciésemos nuestra pertenencia, la comunión, la participación y la misión. Ya hemos superado la etapa de la distancia y la ausencia física impuesta por el covid. El siguiente paso consiste en superar la desvinculación que nos impone nuestra cultura individualista. Cuánto me gustaría que quien entre en una Iglesia encuentre una atmósfera de amor, de familia. Que nadie pueda decir: Yo aquí soy forastero. Que todos puedan decir: Esta es mi casa… Aquí soy aceptado, acogido, respetado, cuidado, aquí me encuentro con Jesús, que es con mucho lo mejor, aquí tengo hermanos.

El amor de Dios nos lleva a tener una mirada amorosa de nuestra realidad diocesana que no puede olvidarse de los más alejados. Tenemos una diócesis de grandes extensiones, con periferias geográficas que nos invitan a llevar el anuncio del evangelio hasta el último rincón, hasta el pueblo más pequeño.

Vivimos en una sociedad secularizada, con periferias religiosas necesitadas de alegres misioneros: jóvenes que no han sido evangelizados, matrimonios que viven sin la gracia del sacramento… En nuestras comunidades también hay periferias sociales, que están esperando voluntarios que se hagan cercanos compañeros de camino, en las residencias y hospitales, en el centro penitenciario… Desgraciadamente también hay periferias eclesiales, personas que se quedan en los márgenes de la Iglesia, que no encuentran acogida en nuestra vida diocesana, porque no somos capaces de reconocer y acoger los dones y carismas del Espíritu… Necesitamos discípulos misioneros que quieran compartir su fe allá donde sea más necesario. Personas que movidas, por la alegría del evangelio, estén dispuestas a recorrer el mar y la tierra no para poner pesadas cargas sobre los demás, sino para compartir la riqueza del tesoro del Evangelio.

Contamos con todos, todos, todos… Con mi bendición,

+ Jesús Pulido

Obispo de Coria-Cáceres

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