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No apartes tu rostro del pobre

Queridos hermanos:

Justo antes de la solemnidad de “Cristo Rey”, el Papa Francisco, en uno de esos significativos gestos e intuiciones que le caracterizan, ha instituido la Jornada del Pobre, es decir, la solemnidad de “Cristo Pobre”. El Señor reina en el cielo y en la tierra, pero de manera diferente. Aquí su trono es la cruz: se hizo pobre, siervo, esclavo, pasando por uno de tantos, humillado hasta la muerte y una muerte de cruz. “Por eso Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre” (Flp 2,9). Nos predicó no solo con su palabra sino también con su ejemplo, para que siguiéramos sus huellas: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). La pobreza en el evangelio es un camino de desprendimiento solidario, de renuncia generosa para seguir a Jesús y ser misericordiosos y compasivos como el Padre.

Nosotros vivimos en una sociedad de ricos, que tiene como meta defender y ampliar el estado del bienestar a toda costa. Es la promesa que nos ofrecen los políticos para mejorar cada vez más la vida aquí. Y, sin duda, vivimos mucho mejor que las generaciones anteriores. La pobreza es algo ajeno a nuestro imaginario: la vemos en pantallas, detrás de un cristal que nos defiende y nos aleja a la vez, que sirve de frontera exterior en el corazón de nuestras casas. Aunque nos conmueva lo que sucede más allá del cristal, la distancia es tan grande que difícilmente despierta compasión y sentido de la corresponsabilidad.

Hasta hace unos días, la catedral de Coria ha albergado la exposición “Al límite” de la fundación Spínola-Solidaria, sobre los migrantes. A la inauguración, vinieron dos senegaleses que llevaban ya unos años entre nosotros, uno con estatuto de refugiado y otro, de migrante. Me llamó mucho la atención que, en sus intervenciones, manifestaban más dolor por el rechazo en destino que por las penurias del camino. Las famosas “concertinas” que abren heridas en el cuerpo, no son nada en comparación con las heridas que dejan en el alma los insultos, los desprecios, las vejaciones, la discriminación y el racismo que encuentran en nuestros pueblos y ciudades. Y no solo los migrantes, hay entre nosotros personas necesitadas, víctimas de la trata, sin techo… que son aún más pobres y explotadas por la insensibilidad e indiferencia de nuestra sociedad que nada en la abundancia, que si estuvieran en una sociedad más empobrecida.

El grito de los pobres, su petición de ayuda, apoyo y solidaridad se debería escuchar con más virulencia por contraste en nuestro “primer mundo” opulento. Y, en cambio, se nos hace más “inaudito”, más irreal, y así no nos inquieta ni moviliza. Las ventanas digitales a través de las que vemos la realidad actúan a veces como unas gafas que lo banalizan y lo convierten en una realidad virtual más, en una “película” que nos emociona, pero no nos compromete.

Por eso el lema de este año nos viene muy bien: “No apartes tu rostro del pobre” (Tob 4,7). Cuando estamos ante una pantalla y salen imágenes escabrosas, ponemos la mano delante de la cara para no verlo, apartamos o volvemos la mirada hacia otra parte. A veces incluso los locutores nos avisan: “Estas imágenes pueden herir la sensibilidad de los televidentes”. Es la “censura” de nuestros días: ver solo las cosas “bonitas”, que no nos hieren, que son tolerables a nuestras “emociones”. Esta es una forma de “apartar nuestro rostro” y no “dar la cara” por las personas que sufren las guerras o la falta de trabajo, recursos y oportunidades, por las sequías o las inundaciones, por los que viven en soledad… Son muchas las pobrezas que nos rodean: trato discriminatorio, precariedad, accidentes, aumento de costes, familias en situación precaria por salarios bajos, suicidios en el mundo juvenil, desorientación y soledad.

Para no quedarnos en los números anónimos y evitar caer en la retórica sobre los pobres y la pobreza, el Papa nos invita a entrar en contacto directo, en concreto a invitar un domingo a casa a una persona necesitada. Después de compartir la mesa de la eucaristía que anticipa el banquete con “Cristo Rey”, compartir la mesa de la casa con “Cristo Pobre”. La caridad cristiana no se agota en una limosna apresurada, nos lleva a establecer relaciones personales, a estrechar la mano, a compartir. La justicia superior de la caridad no se queda en mínimos. No consiste simplemente en dar lo que nos sobra, sino en estar atentos a las necesidades reales y concretas de los otros. En definitiva, a ver a todas las personas como hijos del mismo Padre Dios y habitantes de esta “casa común” que es el mundo en que vivimos.

La pobreza es más dura, por ser más injustificada, cuando nadamos en la abundancia, y con una pequeña parte de lo que nos sobra no habría nadie que pasase necesidad.

Intentar mantener la mirada del pobre cuando lo tenemos delante, sin apartar el rostro es el ejercicio que hoy nos pide esta Jornada para ver en sus ojos a “Cristo pobre”.

Con mi bendición,

+ Jesús Pulido

Obispo de Coria-Cáceres

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